CULTURA|OPINIÓN
“El arte del exilio” de Martín Burgos: la osada labor de revisitar la infancia
Martín escribe con frescura. Pareciera, aún, desde la avidez por registrar las pequeñas y modestas cosas de los días del exilio, de los días del encuentro con sus orígenes, de los días previos y aquellos que se desprenden del retorno. El libro logra, a través de sus apartados, integrar la historia política desde una mirada particular que alterna elaboraciones desde la infancia, reflexiones provenientes de un saber de economista experto, análisis futbolísticos, referencias a películas y músicos, intensas poesías de la adolescencia.
Cuando Martín me envió la portada del libro para participar de su presentación, me quedé dando vueltas alrededor del título: ¿Qué sugiere la idea del exilio como arte? ¿Es un arte, el exilio? Les comparto aquí cuatro pensamientos que me surgieron al respecto.
La memoria y sus artes
Rememorar la propia infancia entraña una compleja y osada labor. Requiere de un esfuerzo por ordenar retazos, escenas, ecos de otros discursos, lecturas desde el presente, valoraciones políticas y también morales. Supone volver a tocar los afectos que guardan las experiencias infantiles para, en algunos casos, convertirlos en preguntas. Propone el movimiento de poner en valor la propia experiencia infantil como otra lente para narrar la historia. Revisitar la propia infancia es, por lo tanto, un arte. Y aún más si se trata de experiencias infantiles atravesadas por la sórdida violencia de la dictadura.
La memoria sobre la experiencia del exilio convoca así una creación propia, una obra del arte memorial: la construcción de un lugar donde alojar la propia historia. La infancia rememorada coloca, como en este libro, su propia lectura y su lugar también como protagonistas de la historia y de recuerdos propios. Son relatos que interpelan, proponen otros prismas y versiones alrededor de los acontecimientos del pasado y permiten ver los daños intergeneracionales que imprimió y aún imprime la ferocidad de la dictadura y el exilio como alternativa urgida.
El arte de construir un lugar propio
El exilio ha sido una experiencia compleja para recordar en nombre propio. En primer lugar por el dolor, por las pérdidas, por la añoranza que la modela. En segundo lugar, por la dificultad y demora de escucha social en torno a la misma: los estigmas, las acusaciones, las urgencias respecto al tratamiento de los crímenes perpetrados por el terrorismo estatal. Y en un tercer lugar, por la posibilidad de colocar en ella la experiencia de la generación de los niños y niñas de entonces. Generación de la cual asistimos a su propio tiempo, “el tiempo de los hijos” como señalara Arfuch, respecto al desplazamiento en la mirada generacional hacia la búsqueda de un lugar protagonista de la historia.
La emergencia de la mirada infantil, como la que este libro es también representante, en los bordes de las escenas principales de la historia, ofrece sentidos que permiten comprender el nivel íntimo, privado, de las tramas vinculares y generacionales de los traumas sociales.
En este sentido, la narrativa biográfica, también como un arte, expone el proceso en el que se historiza la propia inscripción en el pasado al cual el sujeto pertenece (familiar, político, colectivo). La relevancia de este libro, para comprender los sucesos de la historia, no redunda en su verdad, sino en la hondura que ofrece la experiencia subjetiva de un niño durante el exilio y de un adolescente al momento del retorno. El enfoque sobre las historias con la pequeña “h”, en lugar de las grandes narrativas de la historia con mayúscula, permite enraizar los acontecimientos a la micropolítica de la vida cotidiana, a las pequeñas formas de rebeldía, a las relaciones intergeneracionales y sus afectos. Por ello son tan valiosas las tramas sensibles que se despliegan entre los apartados.
El libro recupera y organiza las memorias del exilio y del retorno que, como sus secciones, son fragmentarias, enredan memoria e imaginación, ofrecen los inventarios que menciona Martín en cada nueva estación espacial de su biografía. Todos estos ingredientes se conjugan en el arte de narrar la propia historia para habitarla.
Un niño como artista
Un hilo que parece conectar los diferentes apartados que componen el libro tiene que ver, creo, con el esfuerzo singular que supone la construcción de pertenencias en donde tiene lugar el trabajo de “ser parte” en una cotidianeidad signada por el exilio. En los relatos que componen el libro, se pone en juego la condición de la diferencia/de la pertenencia como un rasgo constitutivo de la experiencia biográfica (en el lenguaje, en jugar “un mismo fútbol”, en las escuelas y en los nuevos vínculos y amigos que en cada instancia se nombra y se recuerda con mucho cariño, en las estrategias que asume la traducción cultural e idiomática, en las comidas, entre otros…). Así, aparecen descritos modos de arraigo, de apropiaciones, de desarraigo y de nuevos arraigos que descubren su lugar como niño de entonces, no como mero acompañante de sus padres sino como activo gestor y regulador de los modos de construir familiaridad en los diferentes cotidianos por los que ha transitado: en Lyon, en París, en Catamarca, en Tucumán, en Buenos Aires.
Este rasgo puede ser también un modo de arte: el arte de construir un modo propio entre apropiaciones y críticas, entre pertenencias y diferencias, entre Francia y Argentina, entre Maradona y Platini, entre Los Redondos y Noir Désir. En este sentido, los detalles más pequeños, las anécdotas que podrían resultar triviales son iluminadas para reconocer en ellas los “adoquines”, ahora propios, con que Martín narra los desplazamientos entre las geografías que lo constituyen.
Sobre el arte del arte del exilio
Martín escribe con frescura. Pareciera, aún, desde la avidez por registrar las pequeñas y modestas cosas de los días del exilio, de los días del encuentro con sus orígenes, de los días previos y aquellos que se desprenden del retorno. El libro logra, a través de sus apartados, integrar la historia política desde una mirada particular que alterna elaboraciones desde la infancia, reflexiones provenientes de un saber de economista experto, análisis futbolísticos, referencias a películas y músicos, intensas poesías de la adolescencia.
Así escribe Clarice Lispector: las palabras son como cebos que pescan espacios entrelíneas. Al morder el anzuelo, algo se escribe. Martín logra, en el zurcido de todos estos registros convocar más de lo que las palabras dicen: atmósferas peculiares de la experiencia exilar, colores particulares de la ensoñación infantil, deseos y contradicciones de la adolescencia. Pienso que esa referencia a la humildad en sus palabras es, en cambio, una riqueza. Imprimen al texto un modo muy genuino para entramar las fuentes de su memoria que, deliberadamente o no, nos convoca como interlocutores también a imaginar las patrias de su infancia y adolescencia.
Como escribe en una carta que integra en el libro: “quiero morder la vida… pero con un mordiscón de muerto de hambre”. Y en un vivaz tarascón, parece morder con gentileza el pasado para descubrir el propio rumbo. Y rinde homenaje ese pasado respetando la “h” devorada por los deslizamientos de su lenguaje, (así como también lo evidencia el acento o las palabras que aún usa para nombrar las verduras en la verdulería). Lo nuevo y lo viejo, el aquí y el allá, forman parte de una continuidad, que también se expresa en el paisaje. Esas fronteras que resultan por momentos “infranqueables”, como señala doblemente en su poesía atesorada, son, en la narración, superficies intercaladas. Las postales de esas geografías imaginadas se desplazan como una sola. No es casual que dos eventos relevantes como lo fueron el Mundial del ‘78 y la guerra de Malvinas ofrecieran sus primeras aproximaciones a la Argentina, incluso sin la intermediación adulta, como señala. Ambos sucesos portaron “mensajes argentinizadores”, al decir de Silvina Jensen, para quienes debieron exiliarse. Estos mensajes, con sus tensiones y contradicciones en la cotidianeidad de las familias del exilio fueron también captados por los entonces niños y niñas, como tan sensiblemente narra el libro: todos elementos para configurar una Argentina propia, al igual que las instancias de visita. Los paisajes se mueven a través de los tiempos y las hogares crecen a través de las rutas singulares que encontró cada familia que debió partir al exilio.
A modo de síntesis: estas posibles figuraciones sobre el exilio en tanto arte no pretenden más que invitarles a leer este libro: en estos bellos, hondos y elocuentes relatos reunidos sobre una experiencia infantil singular encontrarán algunas claves para comprender de qué se trata el arte del exilio.
*Este texto fue elaborado para la presentación del libro el “Arte del exilio”, de Martin Burgos, en el Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, Argentina, el 25 de abril de 2023.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.