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“Universidad entre invención y herencia”: resistir las soluciones demasiado rápidas CULTURA|OPINIÓN

“Universidad entre invención y herencia”: resistir las soluciones demasiado rápidas

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Mauro Basaure
Por : Mauro Basaure Director Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual UNAB.
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Quizá esa sea hoy una de las tareas centrales de la universidad: no resolver sus paradojas eliminando uno de sus polos, sino aprender a habitarlas con reflexividad e inteligencia crítica. Ahí, entre invención y herencia, todavía puede haber universidad.


Quisiera presentar este libro contándoles mi decisión de lectura. “Universidad entre invención y herencia: el trabajo de las ciencias sociales y humanidades”, editado por José Joaquín Brunner y Mauricio Bravo, reúne a un conjunto muy destacado de autoras y autores.

En ese contexto, el orden alfabético de los capítulos es una decisión editorial comprensible: evita jerarquizar explícitamente las voces por prestigio, disciplina o posición institucional. Pero esa neutralidad tiene un costo: la letra distribuye los nombres, no organiza los problemas. Un capítulo decisivo puede quedar al final por una simple razón alfabética, y otro puede abrir el volumen sin cumplir una función inaugural.

Por eso, mi lectura no seguirá el índice. Tampoco intentaré resumir cada capítulo. En un volumen tan amplio, y una presentación tan breve como esta (hemos acordado que intervenga en torno a los 10 miunutos) eso sería injusto con los textos y poco útil para ustedes. Lo que propongo, más bien, es reconstruir una cartografía interna en cinco constelaciones problemáticas, para hacer visible una de las posibles conversaciones que el orden alfabético oculta.

La tesis que quisiera proponer es la siguiente: este libro muestra, aunque sea indirectamente, que no es recomendable pensar la universidad contemporánea a partir de elecciones entre oposiciones simples. No basta elegir entre Estado o mercado, autonomía o regulación, humanidades o utilidad, paper o libro, inclusión o transformación. La universidad actual exige aprender a lidiar reflexivamente con ambivalencias que no se resuelven de una vez y para siempre, sino que más bien se habitan, se tramitan, se vuelven objeto de reflexión.

Siguiendo esta tesis, identifico una primera constelación, que reúne los textos de Marcelo Arnold-Cathalifaud, Mauricio Bravo, Carlos del Valle, Carla Fardella, Francisco Ganga, Walter Sáez, Patricio Viancos, María Inés Picazo y Claudio Sapelli. Visto de conjunto, este grupo discute la universidad desde sus formas de gobierno, regulación, prestigio, evaluación, productividad, internacionalización y desigualdad.

El dilema que atraviesa este bloque podría formularse así: ¿cómo gobernar la universidad sin convertirla en una pura máquina de gobierno? La universidad necesita reglas, evaluación, acreditación, calidad, prestigio y formas de coordinación institucional. No puede operar como pura espontaneidad académica. Necesita decidir, medir, ordenar, financiar, comparar y priorizar. Pero esos mismos dispositivos pueden producir efectos perversos: la regulación puede devenir burocracia que daña la autonomía; la búsqueda de excelencia puede transformarse en fatiga y autoexplotación; el prestigio puede volverse culto al ranking; la internacionalización puede reproducir privilegios; la productividad científica puede aumentar publicaciones de modo ritualístico, y sin asegurar relevancia pública.

Por eso, el problema no es estar simplemente a favor o en contra de medir, regular o internacionalizar. El problema es más difícil: qué formas de medición, regulación, prestigio y autonomía permiten sostener una universidad orientada al bien público. Este primer grupo me permite decir que gobernar no es solo administrar. Gobernar implica decidir qué cuenta como valor universitario.

Propongo distinguir una segunda constelación, que reúne los textos de José Joaquín Brunner, Rodrigo Karmy, Aldo Mascareño, Teresa Matus, Carlos Ossa y Mauro Salazar. Aquí el problema ya no es solo cómo se gobierna la universidad, sino qué está ocurriendo con la universidad como forma histórica, como herencia si se quiere.

El dilema que identifico es este: ¿cómo pensar la universidad cuando sus antiguas promesas siguen siendo necesarias, pero sus condiciones históricas parecen haberse erosionado? En estos textos, la universidad aparece bajo figuras distintas: racionalización weberiana, máquina de subjetivación managerial, fórmula de contingencia, espacio exigido por la policrisis, institución teleológica enfrentada a una sociedad fragmentada, o herencia poshumboldtiana sin herederos claros.

Lo que me interesa de este grupo es que la universidad aparece en una tensión entre ruina y promesa. Por un lado, está racionalizada, gestionada, fragmentada, algoritmizada, sometida a métricas y a formas de subjetivación productiva. Por otro lado, sigue siendo tal vez uno de los pocos lugares desde donde esa misma situación puede pensarse críticamente. La pregunta, entonces, no es cómo volver simplemente a Humboldt, a Córdoba o al viejo humanismo universitario. Tampoco es celebrar toda innovación. La pregunta es qué puede heredar la universidad de sus tradiciones cuando las condiciones que sostenían esas tradiciones han cambiado radicalmente.

Si, como se abrán dado cuenta, las dos primeras constelaciones responden más directamente a la idea de universidad, la tercera se acerca al subtítulo del libro: el trabajo de las ciencias sociales y las humanidades. Esta tercera constelación reúne a Javier Agüero, Jaime Antúnez, Jacqueline Dussaillant, Joaquín Fermandois, Arturo Fontaine y Marcos García de la Huerta. El foco aquí es el lugar de las humanidades, la formación y el sentido del saber.

El dilema central que veo es este: ¿cómo defender las humanidades sin reducirlas ni a nostalgia cultural ni a utilidad aplicada? Este grupo me parece especialmente importante porque no defiende las humanidades como un simple conjunto de disciplinas amenazadas. No se trata solo de proteger la filosofía, la historia, la literatura o las artes porque “también” deberían tener un lugar en la universidad. La cuestión es más profunda: las humanidades son el tipo de saber que pregunta por el sentido de los saberes. Preguntan para qué se conoce, cómo se interpreta, qué significa comprender, qué diferencia hay entre explicar y juzgar, entre calcular y deliberar, entre describir una conducta y comprender una acción.

La ambivalencia, entonces, no es simplemente entre humanidades útiles o inútiles. Es más interesante: las humanidades tienen consecuencias públicas precisamente porque no se dejan definir por la aplicabilidad inmediata. Si se las defiende diciendo que sirven para innovar, emplearse mejor o mejorar competencias, se acepta el marco que las subordina. Pero si, por otro lado, se las defiende solo como herencia cultural, se las convierte en nostalgia o museo. El desafío es sostenerlas como saberes vivos de comprensión, lectura, juicio, interpretación y libertad.

Yo diría, entonces, que este bloque no defiende las humanidades contra la ciencia ni contra la técnica. Las defiende contra la reducción de todo saber a rendimiento y aplicación. Las humanidades no sustituyen a las ciencias, pero impiden que la universidad confunda conocimiento con información, formación con capacitación, lectura con consumo, juicio con medición y persona con recurso humano.

La cuarta constelación reúne a Matías Ayala, Niklas Bornhauser, Rodrigo Cordero, Francisco Salinas, Juan Manuel Garrido, Julio Labraña y Elisabeth Simbürger. Inscribo mi propia contribución en este grupo. Aquí el foco se desplaza desde el contenido del saber hacia sus formas de producción, circulación y reconocimiento.

El dilema que identifico es este: ¿cómo se produce conocimiento bajo formatos que lo hacen circular más, pero que también pueden empobrecerlo? El paper indexado permite comparación y evaluación, pero puede estrechar la escritura. El libro permite profundidad, pero es castigado por los sistemas de incentivos. La divulgación abre públicos, pero puede quedar subordinada a algoritmos de atención. La digitalización democratiza el acceso, pero reemplaza la escasez por la superabundancia y la desorientación. La narración puede parecer menos científica, pero sin narración las ciencias sociales pierden capacidad de hacer inteligible la experiencia social.

En mi lectura, este grupo no invita a elegir entre paper o libro, especialización o divulgación, acceso digital o lectura lenta. Invita a preguntar cómo habitar esas mediaciones sin quedar gobernados por ellas. Defender las ciencias sociales y las humanidades no consiste solo en defender la validez y relevancia de sus contenidos. También exige defender sus condiciones materiales de existencia: tiempos de lectura, géneros de escritura, lenguas, públicos, instituciones y formas de validación.

Por último, bien distinta a las anteriores, identifico una quinta constelación, que reúne a Alejandra Castillo, Nicole Darat, Karen Glavic y Nelly Richard. Este grupo piensa la universidad desde exclusiones, cuerpos, feminismos y saberes situados.

El dilema que me parece decisivo aquí es: ¿cómo incluir y democratizar sin simplemente asimilar?, ¿cómo transformar la universidad sin que la diferencia sea neutralizada por la propia institución?

Estos textos obligan a preguntarse: ¿qué universidad defendemos?, ¿quiénes han podido hablar en ella?, ¿qué cuerpos han sido autorizados?, ¿qué archivos han sido reconocidos?, ¿qué saberes han sido tratados como menores, precarios o impropios? El problema no es simplemente agregar mujeres, diversidades o feminismos al espacio universitario ya dado. El problema es si esa incorporación altera o no sus formas de autoridad, sus modos de citar, sus criterios de validación, sus archivos y sus jerarquías.

Aquí la ambivalencia entre inclusión y transformación se vuelve decisiva. Incluir puede ser necesario, pero no suficiente. Una universidad puede volverse más inclusiva en sus discursos y seguir reproduciendo sesgos de reconocimiento. Puede abrir cupos y cerrar archivos. Puede aceptar cuerpos distintos pidiéndoles que no incomoden. Se evidencia de este modo un llamado a la reflexión crítica acerca de de la arquitectura misma del conocimiento universitario.

Habiendo identificado estos cinco grupos, vuelvo entonces al título del libro: Universidad entre invención y herencia. Podría parecer que se trata de elegir entre conservar o innovar. Pero el libro muestra algo más complejo. La herencia no llega intacta: está dañada, burocratizada, masculinizada, mercantilizada, fragmentada. Y la invención tampoco es inocente: puede ser imaginación pública, pero también managerialismo, ranking, algoritmo o mera adaptación competitiva.

Por eso, la reflexión que cabe conducir no debe quedar enclaustrada simplemente en elegir entre invención y herencia. De lo que se trata, en mi visión, es de aprender a habitar reflexivamente la tensión entre ambas. Necesita autonomía, pero también rendición pública. Necesita regulación, pero no asfixia burocrática. Necesita prestigio, pero no culto al ranking. Necesita productividad, pero no sin relevancia. Necesita internacionalización, pero no sin equidad. Necesita humanidades, pero de alta calidad y no como nostalgia. Necesita innovación, pero no como mera obediencia al mercado y a la aplicación tecno-comercial. Necesita inclusión, pero no como neutralización de la diferencia y la disidencia.

Es cierto que en el libro hay quienes optan por un polo más que por otro, y son los capítulos con que yo guardo profundas diferencias. Pero el conjunto y el balance permite ver esas ambivalencias y darse cuenta que no se pueden simplemente reducir. En ese sentido, yo no diría que el libro ofrece una teoría unificada de la universidad. Puede ofrecer algo quizá más interesante: una cartografía de sus tensiones.

Y tal vez el trabajo de las ciencias sociales y las humanidades consista precisamente en eso: resistir las soluciones demasiado rápidas, nombrar las tensiones, abrir distinciones, incomodar los consensos y permitir que la universidad se piense a sí misma sin refugiarse ni en falsa nostalgia heróica ni en la sobre adaptación cínica a las exigencias de un presente tecno-mercantil.

Quizá esa sea hoy una de las tareas centrales de la universidad: no resolver sus paradojas eliminando uno de sus polos, sino aprender a habitarlas con reflexividad e inteligencia crítica. Ahí, entre invención y herencia, todavía puede haber universidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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