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RockOut 2026: Música incómoda para tiempos incómodos CULTURA|OPINIÓN Crédito: José Onetto

RockOut 2026: Música incómoda para tiempos incómodos

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Francisco Veloz Rojas
Por : Francisco Veloz Rojas analista de sistemas, Co Fundador de Live And Noise y creador de contenido digital. Su trabajo mezcla tecnología, música y comunicación creativa, destacándose por desarrollar proyectos digitales con enfoque cultural e independiente. Además de su experiencia en programación, participa activamente en la escena musical y eventos alternativos.
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El evento postó por el punk y el hardcore como algo vivo, no como recuerdo. No es solo una decisión musical, también es una postura: dejar espacio para lo incómodo, lo directo, lo que no viene suavizado.


No se sintió como un festival cualquiera. Antes de que cayera el sol, el Estadio Santa Laura ya estaba en movimiento: gritos que no eran solo coros, empujones que no eran solo pogo, y una energía que no calza mucho con la idea de “ir a ver un show”. RockOut 2026 se vivió más como una descarga que como un espectáculo. Y ahí está la diferencia.

En un circuito donde muchos eventos buscan ser para todos, RockOut fue para otro lado. Apostó por el punk y el hardcore como algo vivo, no como recuerdo. No es solo una decisión musical, también es una postura: dejar espacio para lo incómodo, lo directo, lo que no viene suavizado.

Bad Religion. Crédito: José Onetto

Arriba del escenario eso se notó. Bad Religion sostuvo su historia con un show firme, sin adornos, donde cada canción todavía pega. Evaristo Páramos convirtió su presentación en un momento de memoria colectiva, con el público cantando todo como si fuera propio.

La intensidad subió con Soziedad Alkoholika y Non Servium, que empujaron todo hacia un lugar más crudo: rápido, tenso y sin filtro.

2 Minutos. Crédito: José Onetto

Pero no todo fue confrontación. 2 Minutos conectó desde el oficio y la cercanía, mientras que Eterna Inocencia abrió un espacio más emocional sin bajar la intensidad.

Desde lo local, Los KK, Mano de Obra, Machuca y Tenemos Explosivos aportaron cercanía y una lectura directa de lo que pasa acá.

Evaristo. Crédito: José Onetto

También hubo otros matices. La Vela Puerca llevó todo hacia lo colectivo, mientras que A.N.I.M.A.L. empujó el sonido hacia algo más pesado, pero con la misma energía.

Abajo del escenario, todo eso se mezclaba. El pogo no era solo desorden: era gente chocando, levantándose y siguiendo juntos. Hay algo ahí que no se explica tanto, se vive.

Soziedad Alkoholika, Crédito: José Onetto

En lo técnico, el festival funcionó bien. La producción de Transistor entendió algo clave: acá lo importante era no cortar la energía.

Pero hay un punto que cruza todo esto. Lo que se vive hoy, tanto en Chile como afuera, no queda fuera de la música. Hay tensión social, desgaste, rabia acumulada, y eso termina apareciendo de una u otra forma en los escenarios. En muchos géneros se filtra, se maquilla o se vuelve más abstracto. En el punk y el hardcore, en cambio, sale directo: sin metáfora, sin rodeos.

Por eso también este tipo de festivales importa. Porque le da espacio grande a músicas que muchas veces quedan encasilladas como “de nicho”, pero que en contextos como este demuestran otra cosa: que hay una conexión real, transversal, con lo que se está viviendo.

Lo que pasó en Santa Laura no es nostalgia. Es presente y futuro. Y si incomoda un poco, es porque probablemente está diciendo algo que no todos quieren escuchar, pero que igual está ahí.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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