CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Cedida
La hora de la once
El siguiente texto se refiera a la muestra de Alicia Rinsche inaugurada este jueves en la Galería Aninat.
Hay obras que no ocupan un espacio: lo alteran. No ocupan un lugar, sino que lo reescriben con una delicadeza perturbadora. En el trabajo de Alicia Rinsche, ese gesto ocurre desde lo mínimo: una taza, un plato, una tetera. Objetos hechos de papel de algodón plegado y bordados en punto cruz que convierten la fragilidad en una forma silenciosa de persistencia.
La artista transforma lo doméstico en una escena suspendida entre memoria y evocación. Una mesa servida para la hora de la once revive los rituales heredados de las familias alemanas del sur de Chile, de las cuales desciende. Pero lo que aparece aquí no es exactamente un recuerdo: es más bien su resonancia. Algo que permanece aun después de haber desaparecido.
Las piezas reproducen objetos cotidianos, aunque despojados de toda función. Son tazas que no contienen y platos que no sirven. Han sido desplazados desde el uso hacia otra zona: la emoción, la contemplación, aquello que no logra decirse del todo. El bordado sobre papel —frágil, preciso, irreversible— lleva la técnica al límite y convierte cada puntada en un gesto decisivo.
Más que representar una escena familiar, la obra reconstruye una manera de habitar: un espacio donde los objetos guardaban afecto, pertenencia y una cierta idea del orden.

La artista Alicia Rinsche. Crédito: Cedida
La mesa aparece contenida en una vitrina. Y la vitrina introduce una distancia irrevocable. Lo íntimo queda protegido de lo externo; el pasado puede observarse, pero ya no tocarse. Aquello que alguna vez estuvo disponible para el uso entra en el territorio de la contemplación. La mesa deja de ser un lugar de reunión y se transforma en escena, casi en aparición. Como si el museo no sólo conservara los objetos, sino también la ausencia que dejan.
Los colonos alemanes no trajeron únicamente técnicas agrícolas o modelos de organización: trajeron también maneras de habitar el tiempo. La hora de la once era una de ellas. Una pequeña coreografía doméstica donde circulaban relatos mínimos, silencios, repeticiones; un momento donde el tiempo parecía espesarse y la conversación —incluso la más leve— confirmaba una forma de estar juntos. Hoy, esa pausa parece haberse retirado de la vida cotidiana. Ya no hay tiempo para perder el tiempo.
En el trabajo de Rinsche, bordar también es resistir. La lentitud del punto cruz se opone a la velocidad del presente y a la lógica de la productividad permanente. Cada puntada exige una dedicación improductiva, casi anacrónica. En un mundo donde todo tiende a acelerarse y desaparecer, el bordado introduce una forma de desobediencia silenciosa. Algo mínimo, obstinado y vulnerable.
Así, la hora de la once deja de ser sólo una costumbre desaparecida para transformarse en una reflexión sobre el tiempo, la memoria y la fragilidad de aquello que sostiene nuestra vida cotidiana. Hay en esta obra una manera de mirar que no impone ni subraya, pero que sobrecoge en su insistencia. Sin estridencia, Alicia Rinsche genera un espacio sagrado donde lo mínimo deja de ser accesorio y se vuelve esencial.
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