CULTURA|OPINIÓN
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¡Dejen dormir! ¡No metan bulla”
Piazzollita se quedó en silencio y cerró sus ojitos…mi corazón se volvió un volcán y pensé que en ese momento había partido.
-Oye Piazzolla…pero si duermes todo el día, no seas fresco…
-Me merezco ese sueño, es el sueño de los imprescindibles.
-Tienes razón Piazzolla, perdona, eres nuestro imprescindible…siempre lo serás, pero por favor no andes maullando a las cuatro o cinco de la mañana pidiendo desayuno.
-Uhmm…bueno, trataré, pero no puedo prometer nada…me pasa cuando sueño con polillas que me abren el apetito.
-Te damos una excelente comida, para qué andas cazando polillas…
-Es que…mira papi…a mí nadie, incluso ustedes que son mis amores, me dice qué debo comer o no comer, y qué debo hacer o no hacer…
-Es que te cuidamos Piazzollita…te cuidamos sobre todo con tu comida que es excelente.
-Amo esos cuidados y ese cariño inmenso que me dan y que yo correspondo, pero yo tengo una personalidad de roca…soy un individuo único de cola y bigotes.
-Oye Piazzolla…me gustó eso que dijiste…eso de individuo único…
-Los gatos también somos misteriosos…transitamos por nuestros propios laberintos, no aceptamos que nadie nos domestique. Podemos amar, y amar mucho a quienes nos tienen, pero somos autónomos, amamos la autonomía felina. Como dije, los felinos tenemos una personalidad de roca…nos puede golpear la ola de mar bravo todo lo que quiera, y la roca sigue ahí…seguimos ahí…amamos la libertad.
-Piazzollita…me llega profundo lo que me dices, porque a los humanos nos cuesta ser autónomos, vivimos inundados de miedos. Una cosa es obedecer órdenes y leyes, y otra muy distinta es andar por la vida dependiendo de cuanta estupidez exista. Cada día nos meten en algún saco nuevo bien amarrado.
-Es que a ustedes nadie les enseña nunca a pensar desde chiquitos…a ser ustedes mismos… a distinguir lo trascendente de lo intrascendente, por eso están llenos de miedos y son esclavos de la publicidad y la tecnología. Descubrir la autonomía de vivir es descubrir la libertad.
-Tanta verdad que dices Piazzolla…me asombra tu sabiduría. Es verdad, a los humanos nos cuesta mucho ser seres autónomos, libres de tanta porquería que corre por la vida en paralelo a las cosas que importan…a los valores…y sobre todo hoy, con la maldita tecnología como tú dices que bombardea cada día jodiendo la existencia.
-Justamente ahí es donde debe imperar la autonomía, papi, saber discernir entre la roca y la arcilla, entre la lluvia y el barro, entre el alma y los riñones…al final de cuentas, entre la opresión y la libertad.
-Me emocionas Piazzollita…ahora entiendo perfectamente como entiendes tu autonomía…tu personalidad de roca…tu concepto de la libertad…los misterios de tu vida y tus laberintos con bigotes…
Después de filosofar sobre la vida, Piazzolla se echó de lado en una posición distendida de cariño, miró de costado, movió hacia atrás sus bigotes, esperó unos minutos, y como si hubiese estado procesando la pregunta me la hizo:
-Ahora, yo quiero preguntar por qué me llamaron Piazzolla…cuál es el origen de mi nombre, porque no es común que un gato se llame Piazzolla. ¿Qué es Piazzolla? ¿Quién es Piazzolla? ¿Me puedes contar?
-Es una larga historia Piazzollita que nace en 1982, hace 31 años desde febrero de 2013 cuando con la Cuchita, tu mami, te adoptamos en la Plaza Italia. Tú tenías apenas seis meses y nos pareciste medio loco y revoltoso.
Cuando escuchó esto, a Piazzolla se le engrifó la cola como cuando ataca algún manjar y se levantó y se acomodó enroscado sobre mis piernas en un sillón del living a escuchar la historia. De inmediato sentí el calorcito de su cuerpo.
Lo miré y advertí en sus ojos un signo de interrogación atravesado con una luz de un inmenso amor. Enderezó sus orejas y quedó atento.
-¿Estás consciente de que con frecuencia se te sueltan los tornillos y comienzas a dar carreras y saltos a veces magistrales?
Piazzolla entrecerró sus ojitos y esbozó un gesto que interpreté como una sonrisa. Comencé a sentir su ronroneo en mis muslos.
-Sí…reconozco que soy medio loco y que se me sueltan los tornillos…son los momentos en que más me siento amado y siento profundo todo lo que los amo, a ti y a la mami. Por eso corro y salto de alegría.
Se me humedecieron los ojos…ahora sabía a qué se debían esos momentos de locura de Piazzolla. Esa tarde de invierno, en la altura del séptimo piso de la calle Hindenburg en Providencia, desde el sillón la cordillera se veía nevada.
-Mira Piazzollita, en 1982 yo vivía en Alemania, en Berlín Occidental rodeado por el Muro, y en el mes de octubre, otoño por allá, organizaron un Festival de Música Latinoamericana. Entonces una noche, en la Filarmónica de Berlín, una sala preciosa con forma de águila y tal vez la más hermosa del mundo, se presentó a tocar Ástor Piazzolla con su quinteto.
Éste fue el Piazzolla que revolucionó el tango, Piazzollita. Venía de Buenos Aires. Esa revolución derivó más tarde en un acontecimiento mundial. Algunos, no pocos sobre todo en Argentina, lo trataron de loco, mientras las mejores orquestas clásicas del universo comenzaron a interpretar las obras magistrales de Ástor Piazzolla.
A esta altura del relato, Piazzolla, el de cola y bigotes, tenía ya muy atentos y abiertos sus preciosos tremendos ojazos verdeceleste.
-Yo ya conocía esa música de Piazzolla, y la había empezado a amar, Piazzollita. Además, me gustaba porque sentía que, por el medio de esas obras, siempre seguía el tango presente, aunque todo lo otro fuese absolutamente disonante…un ir y venir bajando y subiendo montañas hacia el cielo y hacía el fondo de la tierra. ¿Me sigues Piazzollita?
-Sí papi, te sigo y estoy empezando a entender algo. Me gusta esta historia. Estoy entusiasmado escuchando.
-Esa noche en la Filarmónica, cuando Piazzolla y su quinteto terminaron su presentación, los alemanes que repletaban la sala estaban maravillados, aplaudieron tanto que creí que la sala se derrumbaba. Hicieron salir a Piazzolla varias veces después aplaudiendo de pie. Jamás había escuchado y presenciado algo igual. Cuando Ástor ya se iba del escenario, yo que estaba en la segunda fila de la platea corrí, subí las escaleras, y alcancé a Piazzolla todavía arriba del escenario. Le pegunté si podía concederme una entrevista:
-Don Ástor, estoy estudiando Ciencias de la Comunicación en la Universidad Libre de Berlín Occidental, por eso se la pido.
-Jajajaja…oye papi, eras bien patúo entonces…
-Jajajaja…sí Piazzollita, se lo pedí con las patas y el buche.
-¿Y qué te contesto ese Piazzolla, papi?
-Me dijo que sí…que fuera al día siguiente a las tres de la tarde al hotel donde alojaba.
Expliqué a Piazzollita cómo había sido el luminoso encuentro con ese genio. Que estuvo dos horas conmigo porque se dio cuenta de que yo, no solo conocía su creación, sino que además la amaba. Que confirmó mi sospecha de que su obra revolucionaria, nunca se alejó totalmente del tango:
-“Yo nunca me fui del tango, como dicen. En mis creaciones yo vuelo con mi bandoneón por arriba y por abajo como los clásicos rusos de comienzo del siglo XX, pero por el medio siempre vuelvo al tango”.
Me habló de Prokofiev, Stravinski, Serguei Rachmaninov y su Sinfonía N°1, y Modest Musorgski con la fascinante Noche en la árida montaña.
-Por eso te pusimos Piazzolla, Piazzollita…porque eres igual de loco. Andas a las carreras, saltas por aquí por acá…y luego te echas patas arriba a descansar y te olvidas de todo.
-Siempre los escucho con la mami hablar y escuchar ese llamado Libertango…¿Tiene que ver con eso? ¿Con lo que me cuentas de Piazzolla?
-Pero por supuesto, Piazzollita, ese eres tú…eres nuestro Libertangato…tú eres esa obra maravillosa de Piazzolla…tus vuelos…tu libertad…por eso Libertangato…
Después, Piazzolla se quedó en silencio. Desvió la mirada hacia la cordillera nevada que se vislumbraba a través del ventanal. No interrumpí su silencio. Entrecerró sus ojitos, seguramente para procesar toda esa historia, que era también su historia. Tras un momento de paz silente, habló:
-Estoy muy emocionado…nunca pensé que yo fuera tan importante para ustedes…que me rodearan de un cuento tan maravilloso y me pusieran ese nombre.
-Han sido casi catorce años, contigo formamos una familia, Piazzollitta…catorce años es mucho tiempo…
Piazzolla siempre estuvo sano, salvo pequeñas cositas, pero sano y vital. No hacía mucho, su médico de control en una muy buena clínica de Providencia, nos dijo con Cuchita al final de la consulta: ¡Hay Piazzolla pa’ rato…! Y salimos los tres felices del lugar.
Pero los gatos son misteriosos. Hace pocos días Piazzollita enfermó y no quiso comer más ni tomar agua. Tampoco lo avivó alguna de las exquisiteces con que a veces lo regaloneamos. Lo llevamos a urgencia de esa clínica, y el primer resultado de sus exámenes arrojo la frase del médico que jamás hubiésemos querido escuchar:
-¡Es grave, tiene una fuerte inflamación sistémica…!
Quedó internado de urgencia. En los días siguientes, en las visitas lo vimos muy decaído…lleno de tubos en su cuerpito. Sus ojitos estaban perdidos en el espacio. No sabía si iba a escuchar y poder responder a mis preguntas. Le hablé despacito con el temor que ya no pudiera escucharme:
-Piazzollita del alma, ¿me escuchas? Me di cuenta que movió un poco su cabecita hacia mí y abrió un poco más sus bellos ojitos. Habló con apenas un hilo de voz:
-Sí te escucho, papito…
-¿Tienes mucho dolor? Nos dicen que no has comido, por eso te alimentan por esa sonda y te hidratan…
-El dolor bajó…me están pasando analgésicos también por sonda…pero no quiero seguir así…llevo varios días así…
Entonces supe cuáles serían sus próximas palabras y me estremecí. Hubiese querido arrancar de ese lugar para no escucharlas, pero era imposible…habría sido traicionarlo.
De nuevo me miró a los ojos, movió un poquito más su cuerpo y me dijo apenas:
-Papi…ya quiero partir…no quiero seguir sufriendo…quiero ser libre de nuevo…tú me hablaste de Frankl y Bettelheim y jamás olvido eso, porque eso soy yo mismo: “Digno en el sufrimiento…El último instante de libertad para decidir el propio camino…Dueño de mi rostro…”
Era la historia del psiquiatra Viktor Frankl y el psicólogo Bruno Bettelheim viviendo el horror en campos de concentración bajo el nazismo. Se la había contado una vez. Cómo y por qué habían podido sobrevivir cuando no los tocó la muerte, tratando además de ayudar a otros prisioneros para ejercer aquellos últimos retazos de libertad interior.
Piazzollita se quedó en silencio y cerró sus ojitos…mi corazón se volvió un volcán y pensé que en ese momento había partido. Segundos después volvió a entreabrirlos…lo vi tratar de abrir su boquita, y me dijo algo que apenas pude oírle:
-Nunca saquen la placa que pusieron por mí en la puerta de casa para que todos la vieran: ATENCIÓN GATO LOCO”.
Y partió…dueño de su rostro.
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