CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Literaktum
Brújula moral en la tormenta: Slavenka Drakulić (1949-2026)
Cómo una periodista croata convirtió la cocina, el cuerpo y los objetos más cotidianos en una herramienta precisa contra el totalitarismo, el nacionalismo y el patriarcado.
Slavenka Drakulić nació el 4 de julio de 1949 en Rijeka (entonces Yugoslavia, hoy Croacia) y murió el 20 de junio de 2026 en su casa de Sovinjak, Istria, a los 76 años. Graduada en Literatura Comparada y Sociología por la Universidad de Zagreb, se había consolidado como una de las voces más agudas del feminismo y el periodismo crítico en la Yugoslavia de Tito.
En diciembre de 1992, su vida cambió al ser señalada como una de las llamadas “cinco brujas” (pet vještica), junto a Rada Iveković, Vesna Kesić, Jelena Lovrić y Dubravka Ugrešić. El régimen nacionalista de Franjo Tuđman lanzó contra ellas una campaña de linchamiento mediático a través del semanario Globus. El artículo “Las feministas croatas violan a Croacia” las acusaba de traición por atreverse a criticar el nacionalismo y por negarse a enmarcar las violaciones sistemáticas de guerra exclusivamente en términos étnicos. Tres de las cinco acabarían en el exilio. Drakulić se radicó en Suecia junto a su marido, el escritor Richard Swartz, sin romper jamás su vínculo emocional e intelectual con los Balcanes.
La lente minúscula como herramienta política
Lo que distingue a Drakulić es su negativa a hablar en el idioma de los manuales especializados. Mientras otros intelectuales disertaban en abstracto sobre “transición” o “poscomunismo”, ella bajaba al supermercado. How We Survived Communism and Even Laughed (1991) retrata el colapso del sistema a través de la angustia de buscar tampones femeninos, la falta de papel higiénico o las cocinas compartidas. Este “realismo del objeto” es su firma más reconocible. Café Europa (1996) y Café Europa Revisited (2021) forman un díptico sombrío sobre la promesa rota de la transición.
El feminismo como ética antes que como doctrina
En Smrtni grijesi feminizma (Los pecados mortales del feminismo) de 1984, Drakulić atacó con igual contundencia el patriarcado social que imponía la doble jornada laboral/hogareña y la hipocresía del Partido Comunista, que proclamaba igualdad formal mientras toleraba la violencia doméstica. Para ella, el feminismo era una cuestión de higiene democrática: mientras las cocinas siguieran siendo territorios de servidumbre invisible, cualquier discurso de igualdad sería una mentira estructural. Esta convicción la llevó a denunciar cómo nacionalismo y patriarcado se retroalimentaban.
El cuerpo como archivo y trinchera
El cuerpo femenino es su gran obsesión: archivo de contradicciones históricas (menstruación bajo escasez, envejecimiento sin romanticismo) y trinchera de la violencia. As if I am not there: A novel about the Balkans de 1999 sigue siendo una de las representaciones más crudas y necesarias de la violación como arma de guerra mientras que su trilogía sobre mujeres eclipsadas —Frida’s Bed, Dora and the Minotaur y Mileva Einstein, Theory of Sadness— es una operación de justicia retrospectiva sobre cómo se construye (y se mutila) la memoria cultural.
Nacionalismo y la banalidad del mal
Heredera crítica de Hannah Arendt, Drakulić pasó cinco meses en los juicios del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y volcó sus observaciones en They Would Never Hurt a Fly: War Criminals on Trial in The Hague (2004). Su conclusión es precisa: los criminales no eran villanos innatos, sino exvecinos, exmaestros o tenderos a los que la propaganda había autorizado a cruzar líneas previamente infranqueables y que habían decidido actuar de cierta manera. Para Drakulić, la justicia transicional debía convivir con la agencia e imputabilidad personal.
La campaña de las “cinco brujas” funciona como confirmación interna de esta tesis: el régimen de Tuđman persiguió a cinco intelectuales no porque fueran mujeres poderosas, sino porque visibilizaban la hipocresía del nuevo relato nacionalista. Su frase en Kyiv en 2014 —”cuando ya no puedes recordar los nombres de los muertos, es cuando sabes que la guerra ha comenzado“— condensa toda su filosofía de la memoria.
La última cocina: bordar como forma de leer el siglo
Zašto nisam naučila kuhati, (Por qué no aprendí a cocinar), publicado poco antes de su muerte, representa una vuelta irónica a los zidnjaci los bordados tradicionales que durante décadas colgaron sobre los bancos de amasar y las estanterías de las cocinas balcánicas. Eran manifiestos ideológicos bordados a la medida de la vida íntima: pedagogía visual que enseñaba, bajo la apariencia decorativa, los límites exactos del espacio permitido a las mujeres.
En este último libro, Drakulić invierte la lectura: cada zidnjaci es un documento de una política sin papel, un discurso de género codificado en hilo. Esta operación conecta con la tradición de escritura femenina analizada por Protrka Štimec y Dakić. Resulta significativo que todo ese aparato analítico se presente envuelto en humor negro y no en denuncia solemne: la cocina balcánica es a la vez un espacio de opresión y de convivialidad.
Ucrania y el presente
La invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022 confirmó trágicamente muchas de sus tesis. Drakulić condenó con firmeza la agresión, mostró solidaridad con las víctimas —especialmente las mujeres y los niños convertidos en refugiados— y alertó sobre los mecanismos del nacionalismo imperial y el olvido histórico. Su postura fue coherente con toda su trayectoria: rechazó tanto el nacionalismo étnico como el “campismo” de cierta izquierda europea que relativizaba y justificaba la agresión rusa.
Esta conexión entre los Balcanes de los años noventa y Ucrania no fue casual. Drakulić vio en la guerra ucraniana la repetición de patrones que había analizado durante décadas: la instrumentalización de la memoria de las víctimas, la banalidad del mal en personas comunes y la necesidad de mantener viva la memoria individual de los muertos para evitar que la historia se repita. Su voz, serena pero implacable, recordó que la guerra no solo se libra en los frentes, sino también en las cocinas, los cuerpos y las narrativas cotidianas.
Su muerte y legado
Slavenka Drakulić murió el 20 de junio de 2026, tras años de delicada salud (incluidos dos trasplantes de riñón), pero conservando hasta el final una lucidez y una vitalidad intelectual impresionantes. Su partida nos llega en un momento especialmente turbulento: con guerras activas en Europa, el resurgimiento de nacionalismos agresivos y nuevos retrocesos en los derechos de las mujeres.
Lejos de convertirse en una voz del pasado, su obra adquiere en este contexto una urgencia dolorosa y necesaria. Drakulić nos deja un método más que un mensaje: la atención minuciosa a los objetos cotidianos, al cuerpo y a la memoria concreta como formas de resistencia. En un mundo que tiende a simplificar, polarizar y olvidar, releerla no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de supervivencia intelectual y ética.
Su brújula moral sigue girando, terca y precisa, señalando el norte incluso después de que su autora ya no esté con nosotros.
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