Opinión
Gabriel Valdés: la política que extrañamos
A quince años de su muerte, el legado de Gabriel Valdés trasciende la nostalgia. Esta columna recuerda al hombre que entendía la política como servicio, ética y cultura, y reflexiona sobre la vigencia de una forma de ejercer el poder que hoy parece cada vez más escasa.
En septiembre se cumplirán quince años de la partida de Gabriel Valdés. El tiempo, que suele empequeñecer a los hombres públicos, ha producido con él el efecto contrario. Cada año que pasa se agranda su figura y se vuelve más evidente una deuda que Chile aún no termina de saldar.
No se trata solo de una deuda con Gabriel Valdés. A través de él, es una deuda con una generación de servidores públicos que entendía la política como una vocación moral antes que como una profesión; como un acto de servicio antes que como una estrategia de poder. Hombres y mujeres que podían equivocarse, y a veces se equivocaron, pero que jamás confundieron el horizonte con el barro ni los ideales con los aparatos.
Vivimos tiempos en que demasiados dirigentes parecen condenados a mirar únicamente el suelo que pisan: pendientes de la pequeña disputa, de la encuesta de la semana, del cálculo inmediato, de la administración de facciones y de la conservación de cuotas de poder.
Gabriel Valdés pertenecía a otra especie. Era de aquellos que levantaban la vista por sobre el paisaje y buscaban, más allá de la contingencia, el sentido profundo de las cosas. No concebía la política como la administración de intereses, sino como una forma de elevar la condición humana y de ayudar a una comunidad a encontrarse con la mejor versión de sí misma.
Quizás por eso su recuerdo permanece. Porque en él había una armonía poco frecuente entre inteligencia, cultura, carácter y bondad. Porque comprendía que la política debía tener ética, pero también belleza, principios y una profunda humanidad.
Alguna vez me dijo algo que nunca olvidé. Mientras observábamos unos árboles antiguos, comentó que la vida valiosa se parecía a los viejos robles: crece lentamente, resiste las tormentas, hunde profundamente sus raíces y ofrece sombra a otros sin pedir nada a cambio.
Con los años he llegado a pensar que él mismo era así. Un roble añoso y resistente. De esos que permanecen en pie cuando pasan las modas, los oportunismos y las tempestades. De esos cuya sola presencia ordena el paisaje.
Y tal vez por eso, cuando recordamos a Gabriel Valdés, no estamos evocando únicamente a un hombre. Estamos recordando una forma de entender la política, la amistad, el servicio público y la vida que vale la pena vivir.
Y, sin embargo, ninguna de esas cualidades explica completamente quién era Gabriel Valdés. Los hombres terminan revelándose menos en las definiciones que en los gestos. Menos en los discursos que en los actos. Menos en los cargos que en la huella que dejan en la vida de otros.
Por eso, cuando pienso en él, mi memoria vuelve una y otra vez a una mañana luminosa en Valdivia.
Corría el año 1995. Yo era subsecretario de Obras Públicas. Ricardo Lagos era el ministro.
Un día sonó el teléfono.
Era él.
Me habló del río Calle Calle. Desde el terremoto de 1960, el cauce se había ido embancando lentamente. El río, corazón histórico de la ciudad, parecía condenado a perder parte de su antigua vitalidad. Él estaba preocupado. Como siempre, no hablaba solo de una obra pública. Hablaba de una comunidad, de su historia, de su identidad, de aquello que da sentido de pertenencia a una ciudad.
Me pidió que trasladáramos la draga del Ministerio desde Puerto Montt hasta Valdivia para recuperar la navegabilidad del río.
Le respondí con honestidad que sería muy difícil. Puerto Montt era un puerto comercial activo. Valdivia no lo era. Los argumentos técnicos y presupuestarios no ayudaban.
Guardó silencio unos segundos.
—¿Tengo que hablar con Ricardo? —preguntó.
Le respondí que haría las gestiones.
Horas más tarde estaba sentado frente al ministro Lagos. Alcancé a explicarle la situación cuando me interrumpió con una sonrisa.
—A mí también me llamó. Antes que a ti.
Y agregó algo que jamás olvidé:
—Gabriel Valdés es un prohombre de la República. Tiene derecho a pedir lo que quiera. En parte le debemos la recuperación de la democracia. Dile que sí.
La decisión quedó tomada.
La draga zarpó rumbo a Valdivia.
Pero lo que ocurrió después fue mucho más que una operación de ingeniería.
Porque Gabriel Valdés nunca entendió la vida pública como una simple acumulación de decisiones administrativas. Sabía que las sociedades también viven de símbolos, de memoria y de belleza.
El día fijado para el ingreso de la draga, miles de personas se reunieron a lo largo de las riberas del Calle Calle. Hacía más de tres décadas que una embarcación de esas características no llegaba hasta el corazón de la ciudad.
Entonces ocurrió algo que solo podía haber sido idea suya.
En la proa de la draga instaló a la Orquesta Sinfónica de Valdivia.
Y, mientras la embarcación avanzaba lentamente desde Corral hacia la ciudad, comenzó a escucharse el coro de los esclavos hebreos de Nabucco. El canto de la nostalgia, de la esperanza y de la libertad.
La música se expandía sobre el río. La gente aplaudía desde las orillas. Algunos lloraban. Otros simplemente observaban en silencio.
No era solamente una draga entrando a Valdivia.
Era una ciudad reencontrándose con su río.
Era una comunidad recuperando una parte de sí misma.
Era Gabriel Valdés recordándonos que las obras materiales tienen sentido cuando ayudan a reconstruir el alma de una sociedad.
Mientras observaba aquella escena extraordinaria, comprendí algo que los años no han hecho sino confirmar. Valdés pertenecía a esa rara categoría de hombres capaces de transformar una gestión en un acontecimiento, una decisión administrativa en un acto de cultura y una obra pública en una celebración de la dignidad humana.
Por eso su recuerdo permanece.
Porque algunos hombres ocupan cargos.
Y otros, mucho más escasos, terminan ocupando un lugar permanente en la memoria moral de un país.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.