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El Pase Cultural va en la dirección correcta CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

El Pase Cultural va en la dirección correcta

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Angélica Fanjul Hermosilla
Por : Angélica Fanjul Hermosilla Directora fundadora de Vibra Clásica.
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El pase cultural ha puesto los recursos. Que esos recursos lleven a experiencias diversas, que abran nuevos mundos sensibilidades y talentos, y que el programa sea sostenible en el tiempo, depende de todos nosotros.


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Aaron Wildavsky, un destacado politólogo y decano de Berkeley, dedicó buena parte de su carrera a demostrar que las prioridades reales de un Estado no pueden identificarse leyendo sus declaraciones sino revisando sus presupuestos. En otras palabras, lo que un país financia es lo que verdaderamente le importa; lo que deja sin recursos, por más que lo enarbole, no cuenta mucho.

Cuando Chile destina $15.630 millones a un programa que pone recursos directamente en manos de los jóvenes y los mayores de 65 años más vulnerables para que ellos decidan qué experiencia cultural elegir, está diciendo algo concreto sobre sus prioridades.

Y también está comunicando algo, que es especialmente significativo para los jóvenes: que su país valora la cultura y, por eso, está interesado en que ellos accedan a sus diversas expresiones. El Pase Cultural merece ser reconocido como una política pública que va en el camino correcto.

Las cifras del Ministerio de las Culturas muestran que el programa arrancó con lentitud -hacia fines de 2025, solo se había hecho el 20% de las activaciones- pero que encontró su ritmo a comienzos de este año, con más de 35.000 nuevas activaciones en enero.

A la fecha, más de 128.000 personas han solicitado el beneficio y cerca de 85.000 ya han realizado compras efectivas en comercios culturales asociados. Para un programa que aspira a alcanzar a 312.600 personas con una inversión de más de $15.000 millones, la trayectoria es alentadora, aunque todavía queda camino por recorrer en cobertura.

Se puede discutir el diseño, se puede pedir más ambición en el alcance, se puede exigir mayor control (se registraron 33 devoluciones por inconsistencias). Pero el gesto de fondo, invertir en que miles de jóvenes accedan a experiencias culturales que ellos mismos pueden elegir, es una política cultural que vale la pena defender, perfeccionar y ampliar.

¿En qué han gastado los beneficiarios sus $50.000? Un 41,3% del consumo se concentra en librerías -libros de estudio, literatura general, cómics- y un 40,4% en salas de cine. Juntas, ambas categorías suponen más del 80% del gasto. El 18,3% restante se reparte entre tiendas de música, instrumentos, artesanías, materiales para artistas, escuelas de arte, teatros y conciertos.

Esa distribución dice mucho sobre los circuitos culturales conocidos: comprar un libro o ir al cine son hábitos con una infraestructura comercial visible, accesible y extendida en gran parte del territorio. En cambio, asistir a un concierto de música clásica, ver una ópera, tomar una clase de algún instrumento o entrar a un teatro requiere algo que el dinero solo no resuelve.

Hay jóvenes de dieciocho años que nunca han escuchado una orquesta en vivo, que no saben que pueden asistir a un ensayo abierto, que desconocen que en su propia comuna funciona una escuela de artes o un centro cultural con programación gratuita.

El Pase Cultural resuelve una barrera real -la económica-, y eso supone un avance enorme. Si nos centramos en los jóvenes (únicos beneficiarios en el programa de 2026), podemos decir que ampliar el horizonte de lo que ellos saben que pueden elegir es la tarea que sigue, y nos involucra a todos.

Compete al sistema educativo, que puede integrar experiencias culturales diversas en la formación escolar antes de que estos jóvenes cumplan dieciocho años; a los municipios, que administran espacios culturales; a las empresas, que pueden vincular su inversión social a programas de acceso cultural; al Ministerio de las Culturas, que administra y evalúa el programa; y al propio ecosistema cultural (fundaciones, teatros, orquestas, festivales), que tenemos la oportunidad de salir al encuentro de estos nuevos públicos con difusión y programación atractiva.

Cada joven que activa su Pase y entra a una librería o a una sala de cine está tomando una decisión cultural con autonomía, muchas veces por primera vez. Para varios será la primera compra de un libro que nadie les pidió leer, la primera función elegida sin que mediara una tarea escolar. Esas primeras veces tienen un valor formativo que excede con creces los $50.000 del Pase.

Y ese efecto se multiplica si además de libros y películas esa o ese joven descubre que puede escuchar música clásica en vivo, asistir a una función de ballet, inscribirse en un taller de grabado o comprar sus primeras cuerdas de guitarra. La cultura es mucho más amplia de lo que el primer impulso de consumo sugiere, y mostrarlo es una responsabilidad compartida.

El pase cultural ha puesto los recursos. Que esos recursos lleven a experiencias diversas, que abran nuevos mundos sensibilidades y talentos, y que el programa sea sostenible en el tiempo, depende de todos nosotros.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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