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Pesca artesanal en Chile: una definición que ya no refleja el mar que tenemos
Quien opera como eslabón y satélite de la gran industria debe regularse bajo reglas acordes a su escala, impidiendo que el rótulo de “artesanal” siga siendo usado como un caballo de Troya político para torpedear la subsistencia de los más pequeños.
La pesca artesanal ha sido históricamente un pilar esencial de Chile. No solo por su aporte económico, sino por su rol territorial, cultural y comunitario.
Sin embargo, el marco legal que la sostiene fue diseñado para un contexto que ya no existe. La normativa actual describe lo “artesanal” según la identidad del pescador y ciertos límites físicos de la embarcación (como los 18 metros de eslora), ignorando la escala real de su operación y el modo de captura.
Esta brecha conceptual, invisible durante años, hoy genera tensiones profundas que amenazan la sostenibilidad, la equidad y la gobernanza del sector.
En el Registro Pesquero Artesanal (RPA) conviven dos mundos atrapados bajo el mismo paraguas jurídico:
- La pesca artesanal “químicamente pura”: Aquella de los recolectores de orilla, buzos y pequeños armadores; faenas de baja escala y artes selectivos cuya relación con el mar se sostiene estrictamente en la tradición y en una identidad territorial profunda.
- La pesca artesanal industrializada: Flotas que, aun cumpliendo el límite legal de eslora y capacidades de bodega, operan con tecnologías, volúmenes y lógicas económicas propias de la gran industria.
La profundidad de esta distorsión quedó al descubierto con el reciente dictamen de la Contraloría General de la República, que detectó errores de forma y exigió la revisión, por parte de la Subpesca, de la resolución que incorporaba a 12.000 nuevos pescadores de pequeña escala a la captura de recursos clave.
Sin embargo, lo verdaderamente sintomático no es el tecnicismo legal, sino quiénes empujaron la ofensiva jurídica: la gran industria tradicional (Sonapesca) operando codo a codo con dirigentes de la pesca artesanal cerquera. Esta alianza no tiene nada de inédita, ha existido siempre.
Lejos de ser víctimas del sistema, estos armadores semi-industriales han operado históricamente como las rémoras de la gran industria. Han lucrado y sacado un provecho gigante de su doble militancia: capturan volúmenes masivos para abastecer las plantas procesadoras de los grandes conglomerados, pero corren a esconderse bajo el paraguas artesanal para exigir exenciones, subsidios y privilegios que no les corresponden.
Detrás de sus lanchas de alta tecnología no hay vulnerabilidad, sino un histórico pacto de favores, financiamiento de redes y combustible, a cambio de prestarle ropa a la industria y actuar como su brazo político, infiltrado en las caletas y pasillos del congreso.
Cuando las rémoras se unen al tiburón para cerrarle la puerta al sustento de las embarcaciones menores, queda claro que el sistema está podrido por dentro.
El papel versus el agua
El error de Chile es que mide lo artesanal con la regla equivocada: valida la identidad de la persona en el papel, pero cierra los ojos ante la escala del negocio en el mar.
Al amparar la actividad solo bajo el estatus del pescador y el largo de su lancha, la ley crea el escondite ideal para esta industrialización encubierta. Un solo armador puede tecnificarse al extremo y capturar miles de toneladas con lógicas de mercado masivo, pero legalmente sigue siendo tratado como si fuera un pequeño pescador de caleta.
Este desafío no es exclusivo de Chile. La experiencia internacional demuestra que para evitar estas distorsiones se debe transitar hacia un enfoque funcional, que define la actividad por sus modos de captura: artes selectivos, faenas cortas, proximidad territorial y baja inversión de capital.
Este modelo protege eficazmente al pescador tradicional y saca de una vez por todas los intereses corporativos de la ecuación artesanal.
Ordenar la casa por dentro
El debate urgente que Chile necesita no es “artesanal versus industrial”, sino ordenar la casa por dentro. Una definición moderna debe incorporar criterios reales: tipo de arte de pesca, nivel de tecnificación y volumen anual de desembarque.
Asimismo, es imperativo crear una categoría intermedia, como la “Pesca artesanal de gran escala” (o semi-industrial).
Esta categoría, exitosa en otros países, permitiría una fiscalización diferenciada, obligaciones proporcionales y una trazabilidad reforzada. El objetivo no es despojar a nadie de su origen, sino sincerar las lógicas comerciales: quien opera como eslabón y satélite de la gran industria debe regularse bajo reglas acordes a su escala, impidiendo que el rótulo de “artesanal” siga siendo usado como un caballo de Troya político para torpedear la subsistencia de los más pequeños.
Mirar el mar con honestidad
La FAO es tajante: la pesca artesanal debe entenderse como una actividad de pequeña escala, baja inversión y faenas cortas. Chile, en cambio, estiró el elástico para permitir que operaciones de lógica mayor entren en la misma categoría.
La consecuencia la estamos viendo hoy en los tribunales y los pasillos del congreso: nuestra ley sigue describiendo un mar que ya no existe.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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