CULTURA|OPINIÓN
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¿Y si la próxima receta médica fuera una entrada al teatro?
Un hospital público y una institución cultural trabajan juntos para responder una pregunta que probablemente será cada vez más relevante en los próximos años: ¿cómo construimos bienestar de manera integral?
Cuando pensamos en una receta médica, imaginamos un medicamento. Un antibiótico. Un analgésico. Una terapia.
Difícilmente imaginamos una entrada al teatro.
Sin embargo, esa es exactamente la pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué pasaría si el arte formara parte de las herramientas que utilizamos para cuidar nuestra salud?
Durante décadas hemos entendido la salud desde una lógica indispensable, pero incompleta. Nos hemos concentrado en diagnosticar enfermedades, reducir síntomas y prolongar la vida. Todo eso es fundamental. Pero existe otra dimensión igual de importante: cómo ayudamos a las personas a vivir mejor mientras enfrentan una enfermedad.
Porque la salud no es solamente la ausencia de enfermedad. También es bienestar. Es vínculo. Es dignidad. Es sentirse parte de algo más grande que una ficha clínica.
Y ahí es donde el arte tiene mucho que aportar.
En Frutillar llevamos más de un año desarrollando una experiencia que, hace no mucho tiempo, habría parecido extraña. A través de un convenio entre el Hospital de Frutillar y Teatro del Lago, médicos y equipos clínicos entregan recetas culturales a pacientes oncológicos, personas con dolor crónico y usuarios de programas de rehabilitación por consumo problemático de alcohol y drogas.
La receta no se retira en una farmacia.
Se utiliza para asistir a un concierto, una obra o una actividad artística junto a un acompañante.
Lo interesante es que no estamos hablando de una intuición romántica ni de una buena idea difícil de medir. Estamos hablando de resultados.
En catorce meses de funcionamiento, Recetas Culturales ha entregado más de 700 entradas a pacientes derivados por el Hospital de Frutillar. La asistencia alcanza cerca del 70%, una cifra comparable a experiencias internacionales que hoy son referentes en el mundo. Más aún: el 100% de los participantes consultados considera que estas experiencias contribuyen a su bienestar, y el 100% cree que aportan positivamente a su tratamiento.
No es un dato menor.
Vivimos en una época donde la soledad, la ansiedad, la depresión y el aislamiento social son reconocidos cada vez más como factores que afectan la salud física y mental de las personas. Sin embargo, seguimos destinando gran parte de nuestros esfuerzos a tratar síntomas sin preguntarnos cómo fortalecer aquello que también ayuda a sanar: los vínculos, la participación y el sentido de pertenencia.
Los testimonios de los propios pacientes ayudan a entender mejor lo que muestran las cifras.
Una paciente oncológica describió la experiencia como una oportunidad para salir, aunque fuera por unas horas, de la tensión, la angustia y la rutina de su tratamiento. Otra señaló que desde el momento en que alguien le daba la bienvenida en el teatro sentía que estaba entrando a un lugar donde importaba. Un usuario de un programa de rehabilitación resumió el impacto en una frase que aún resuena: “Me sentí importante”.
Esa palabra merece atención.
Importante.
Porque una enfermedad muchas veces reduce a las personas a su diagnóstico. A su tratamiento. A sus limitaciones.
El arte hace justamente lo contrario.
Nos recuerda que seguimos siendo personas con capacidad de emocionarnos, compartir, descubrir y disfrutar.
No se trata de reemplazar tratamientos médicos. Se trata de complementarlos.
La evidencia internacional avanza en esa dirección. En Massachusetts, por ejemplo, el modelo de prescripción social de actividades artísticas ya forma parte de una estrategia respaldada por instituciones de salud y organizaciones culturales. Estudios recientes han mostrado mejoras significativas en indicadores de bienestar y niveles de adherencia que llaman la atención de investigadores y responsables de políticas públicas.
Lo interesante es que Chile no necesita mirar únicamente hacia afuera.
Hoy existe una experiencia concreta desarrollándose en Frutillar.
Un hospital público y una institución cultural trabajando juntos para responder una pregunta que probablemente será cada vez más relevante en los próximos años: ¿cómo construimos bienestar de manera integral?
Durante mucho tiempo hemos hablado de cultura como si fuera un lujo. Como si apareciera únicamente después de resolver los problemas importantes.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar esa mirada.
Porque cuando una persona con cáncer encuentra un espacio para volver a emocionarse; cuando alguien en rehabilitación descubre una forma distinta de relacionarse con su comunidad; cuando una persona deja de sentirse definida únicamente por su enfermedad, estamos frente a algo más profundo que una actividad cultural.
Estamos frente a una intervención humana.
Y quizás una de las innovaciones más prometedoras para el futuro de la salud no sea una nueva tecnología ni un nuevo fármaco.
Quizás sea algo tan simple —y tan revolucionario— como entender que una entrada al teatro también puede formar parte del tratamiento.
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