“La invitación”: un matrimonio en crisis
El tercer largometraje de Olivia Wilde marca una recuperación en su carrera tras el tropiezo de Don’t Worry Darling. Con un guion sólido, un elenco convincente y un inteligente equilibrio entre drama y humor, es una de las propuestas más atractivas de este año.
Aunque Olivia Wilde continúa siendo más reconocida por su carrera como actriz, su trayectoria como directora ha demostrado una personalidad autoral cada vez más definida. Debutó con Booksmart, una película que reformuló los códigos de la comedia adolescente estadounidense, un subgénero históricamente centrado en el sexo, las fiestas y el exceso, y tradicionalmente narrado desde una perspectiva masculina y heterosexual. Wilde desplazó ese enfoque para construir una historia protagonizada por mujeres, atravesada por una sensibilidad feminista y con representación queer, sin sacrificar el humor clásico de ese tipo de producciones. El resultado fue una de las grandes comedias juveniles de los últimos años.
Su siguiente proyecto, Don’t Worry Darling, significó un retroceso escandaloso. Más allá de sus ambiciones narrativas, la película nunca consiguió articular con éxito sus ideas sobre el control patriarcal y las relaciones de poder. Paradójicamente, terminó siendo más recordada por las polémicas ocurridas durante el rodaje y la promoción, que involucraron a Harry Styles, Florence Pugh y la propia Wilde, que por sus méritos cinematográficos. Con La invitación, sin embargo, la directora recupera el pulso creativo y confirma que todavía sigue siendo una directora que hay que tener en consideración.
La película constituye una adaptación de la obra española Sentimental (2020), de Cesc Gay, basada a su vez en la obra teatral Los vecinos de arriba, escrita por el propio director. En mi opinión, la versión española sufría de un exceso de artificio: los conflictos se desarrollaban mediante situaciones demasiado forzadas, lo que impedía que el drama alcanzara verdadera intensidad emocional. La comedia tampoco terminaba de funcionar y sus personajes resultaban escasamente atractivos. Wilde corrige esas limitaciones al naturalizar las dinámicas entre los protagonistas, dotando de mayor verosimilitud tanto al humor como a los estallidos dramáticos. Es uno de esos casos poco frecuentes en que el remake supera con claridad al material original.
La historia parte de una premisa sencilla: una pareja invita a cenar a sus vecinos, desencadenando una cena que progresivamente deja al descubierto resentimientos, frustraciones, deseos reprimidos y formas muy distintas de comprender la intimidad, la sexualidad y la vida en pareja. Lo que comienza como una reunión cordial termina convirtiéndose en un campo de batalla emocional donde cada conversación indaga en las certezas de los personajes.
Aunque la película funciona como una comedia, su verdadero interés reside en la madurez con que aborda las relaciones matrimoniales. Wilde encuentra un equilibrio particularmente logrado entre el humor y el drama para reflexionar sobre el desgaste matrimonial, el deseo, la rutina y las máscaras sociales vinculadas al éxito y la estabilidad. El contraste entre una pareja atrapada en la monotonía y otra que vive la sexualidad desde una lógica más libre y hedonista expone un enfrentamiento de visiones del mundo que evita caer en simplificaciones morales.
Uno de los mayores logros del guion consiste en desplazar gradualmente la experiencia del espectador desde la risa hacia la incomodidad. Lo que inicialmente parece una situación absurda acaba revelando conflictos profundamente reconocibles, obligando al público a confrontar aspectos de su propia vida afectiva. En ese sentido, La invitación confirma que la comedia puede seguir siendo un vehículo para explorar las contradicciones de la vida adulta y las crisis silenciosas de la mediana edad.
Como ocurre con otras adaptaciones teatrales que han encontrado una poderosa versión cinematográfica, el interés de la película descansa menos en la acción que en la confrontación verbal y psicológica entre sus personajes. Resulta inevitable establecer vínculos con ¿Quién Le Teme A Virginia Woolf?, dirigida por Mike Nichols, donde una reunión entre dos matrimonios deriva en una despiadada disección emocional. También dialoga con Las amarguras de Petra von Kant, de Rainer Werner Fassbinder, por su carácter eminentemente teatral y su utilización del espacio cerrado como prolongación de los conflictos internos. Finalmente, guarda ciertas resonancias con Un tranvía llamado deseo, dirigida por Elia Kazan a partir de la obra de Tennessee Williams, aunque en este caso la violencia emocional adquiere una dimensión mucho más devastadora. Todas estas películas comparten una misma premisa: convertir el espacio doméstico en un escenario de confrontación psicológica donde los personajes quedan atrapados entre sus deseos y sus frustraciones.
En La invitación, el minimalismo espacial es uno de sus principales aciertos. Toda la historia transcurre en el departamento de la pareja anfitriona, convertido en una olla a presión donde cada diálogo eleva la tensión. La puesta en escena aprovecha el espacio reducido para reforzar la sensación de encierro, mientras los reproches, las confesiones y las hostilidades van estrechando el ambiente. Ese enfoque se complementa con un sobresaliente trabajo actoral: Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz y Edward Norton sostienen casi por completo el relato gracias a su química y precisión interpretativa. La fuerza de los diálogos y la intensidad de sus actuaciones mantienen el interés de principio a fin.
La invitación demuestra que aún es posible construir una gran comedia a partir de recursos mínimos. Es una película que provoca carcajadas, pero también deja al espectador reflexionando sobre las complejidades del amor, el deseo y la convivencia mucho después de terminada la proyección. Además, representa una reivindicación para Olivia Wilde como directora, devolviéndola al terreno donde mejor se desenvuelve.
No resulta casual que A24 adquiriera los derechos de distribución en Estados Unidos tras su paso por Sundance. Su propuesta encaja perfectamente con la identidad de la productora: cine independiente, de bajo presupuesto, sustentado en los personajes y en los diálogos antes que en el espectáculo. En una cartelera dominada por franquicias y superproducciones, La invitación se presenta como una alternativa refrescante: una comedia inteligente, intensa y sorprendentemente incisiva, que confirma que las historias más pequeñas suelen ser también las más reveladoras.
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