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Inteligencia artificial y educación Opinión Archivo

Inteligencia artificial y educación

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Fernando Chomali G.
Por : Fernando Chomali G. Cardenal, Arzobispo de Santiago.
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Todo ha cambiado y la educación también deberá hacerlo: pasar de una formación centrada en programas y resultados medibles en notas a una que ayude a los jóvenes a sacar lo mejor de sí. ¿Estamos preparados para aquello? En mi opinión, no lo estamos, por lo que es un gran desafío.


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La inteligencia artificial está ocupando un protagonismo desmesurado prácticamente en todas las esferas de la vida social. Ello requiere prestar mucha atención al impacto que tiene sobre los fundamentos mismos de la sociedad: la persona humana, la familia, la educación, el trabajo y la vida en comunidad. Ya se advierten cambios significativos en todos esos ámbitos, lo que permite proyectar lo que podría acontecer en el futuro próximo y remoto.

Es un tema fundamental que se ha instalado en el corazón de las preocupaciones de la Iglesia, como se ha visto en las intervenciones del Papa Francisco, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y del Papa León XIV, junto con otras instancias eclesiales. Y es digno de reflexión porque la IA puede conducirnos por dos caminos: seguir la senda de la promoción del ser humano y de su dignidad, o dirigirnos al adormecimiento de la búsqueda de los vínculos personales y de la creatividad, hasta el punto de que dejemos de pensar por nosotros mismos.

Por lo mismo, se requiere un análisis sereno de lo que está pasando y preguntarse cómo nos ayudará a crecer como personas y como sociedad.

El Papa León aborda ese desafío en su primera encíclica con mucha profundidad. Magnifica Humanitas es una lectura obligatoria para quienes quieran saber más sobre este tema, pero, sobre todo, es una carta que nos proporciona herramientas concretas para prepararnos ante las competencias de las tecnologías actuales.

Conviene partir por el diagnóstico. León XIV advierte –al igual que psiquiatras y psicólogos– que los dispositivos digitales y las redes sociales pueden afectar negativamente tanto a niños como a jóvenes, pues  alteran su sueño, su atención, su regulación emocional y su  deseo de vínculos humanos. A ello se suma la exposición a la pornografía, a escenas violentas y a una hipersexualización de la realidad que normaliza comportamientos de riesgo.

El asunto es grave, porque limita la formación que entregan padres y profesores y, a la vez, mengua su autoridad. Por eso el Papa aboga por legislaciones que establezcan límites, que responsabilicen a los proveedores de esos contenidos y que se ocupen de proteger el delicado y hermoso proceso educativo.

Ya estamos atrasados en esta materia, pues la técnica avanza a una velocidad muy superior a la de la reflexión ética y la respuesta legislativa. Ello resulta especialmente delicado, porque la regulación actual deja vacíos por donde pueden filtrarse muchos contenidos nocivos para los menores de edad.

A partir de este diagnóstico, el Papa León XIV plantea a la educación tres retos que deberían ser motivo de reflexión en todos los estamentos educativos:

El primero es formar el espíritu crítico. Frente a los riesgos recién descritos, una parte fundamental de la educación que            debemos pensar consiste en reconocer los sesgos y las manipulaciones de las nuevas tecnologías, aprender a defender la propia dignidad y respetar a los demás. En esa labor, los colegios tienen una gran responsabilidad, porque el espíritu crítico es parte esencial de una educación en valores sólidos, una tarea que hoy se hace cada vez más difícil. A este reto se vincula, además, la exhortación del Papa a invertir los recursos necesarios para garantizar el acceso a una educación de calidad para todos: es doloroso constatar que, aun en este siglo lleno de avances, persistan fuertes desigualdades en este ámbito, porque sin ese acceso el resto de la formación crítica queda fuera del alcance de muchos.

El segundo desafío implica reconocer que, con la llegada de la IA, los proyectos educativos actuales quedarán obsoletos. Ello exige repensar los programas formativos para ofrecer a los estudiantes una formación integral, y no meramente instrumental. Para lograrlo es imprescindible capacitar constantemente a los docentes.

El tercero, y más necesario, es reforzar el amor por la verdad y el gusto por reflexionar, investigar y discernir. Con la inteligencia artificial puede ocurrir que los jóvenes dispongan de mucha información, pero estén carentes de sentido y no logren conectar el conocimiento y la información con las personas y con la vida misma. Ello exige, según el Pontífice, una verdadera higiene de la atención,  que incluya el silencio, el estudio reflexivo, la lectura y el análisis ponderado de los datos. La importancia de dichos elementos radica en que, sin ellos, la libertad interior puede verse seriamente comprometida.

Está claro que no podemos seguir haciendo lo mismo. Todo ha cambiado y la educación también deberá hacerlo: pasar de una formación centrada en programas y resultados medibles en notas a una que ayude a los jóvenes a sacar lo mejor de sí. ¿Estamos preparados para aquello? En mi opinión, no lo estamos, por lo que es un gran desafío.

En este ambiente de perplejidad, pero también de grandes oportunidades, el discernimiento espiritual y moral será vital para responder preguntas que puedan incomodar, pero que son necesarias. Le corresponderá formularlas a cada institución del Estado, a cada colegio, a cada familia y a cada alumno. Ese ejercicio nos permitirá avanzar, porque para responder esas preguntas no bastará la información, sino que se requerirá, sobre todo, sabiduría, que es un don del Espíritu Santo.

A todos estos desafíos se suma la necesidad de una renovada alianza educativa entre las familias, las escuelas, las comunidades e instituciones que se traduzca en objetivos concretos como educar en la sobriedad, el reconocimiento de los propios límites, el respeto de los derechos de los demás. Ello requiere una reflexión acerca de la verdad, la libertad y la responsabilidad. Solo así se podrá comprender la vida como un don para ser entregado, su sentido trascendente y el valor inconmensurable del bien común y de la solidaridad.

Espero que esta síntesis lleve a los colegios a profundizar en su delicada tarea y podamos educar a nuestros jóvenes para que sean dueños de sí mismos, con conciencia clara de quiénes son, qué quieren y a qué están llamados; para que surjan los carismas, las habilidades y las destrezas de cada alumno, antes de llenarlos de información que surge de un algoritmo. Porque ya no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época, y sus desafíos no pueden dejarnos indiferentes, sino que deben llevarnos a la acción, a transformar nuestra manera de educar para preparar a los jóvenes ante un futuro mucho más incierto  más impredecible del que –para bien o para mal– sabemos poco.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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