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“Unámonos como hermanos”: Quilapayún en el Teatro del Lago CULTURA|OPINIÓN Crédito: Teatro del Lago/José Mesa Busquets

“Unámonos como hermanos”: Quilapayún en el Teatro del Lago

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Walescka Pino Ojeda
Por : Walescka Pino Ojeda Especialista en Estudios Culturales Latinoamericanos. Ex directora del Centro Neozelandés de Estudios Latinoamericanos en The University of Auckland, Nueva Zelanda. Autora de libros y capítulos y artículos académicos en medios especializados.
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Si la primera parte del concierto estuvo marcada por la naturaleza dramática y solemne de la “Cantata”, la segunda mitad ofreció un recorrido por la extensa y variada obra de este grupo emblemático de la Nueva Canción Latinoamericana, y chilena, en particular.


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“No basta sólo el recuerdo, el canto no bastará! Unámonos como hermanos. Si quieren esclavizarnos, jamás lo podrán lograr”: estos versos de la canción que cierra la “Cantata Santa María de Iquique” (Luis Advis, 1968), resumen el temple que envolvió al concierto “Quilapayún 60 años”, el sábado 8 de agosto, en el Teatro del Lago, Frutillar.

Son palabras que nos interpelan al insistir en que – para impedir que se repitan los abusos y los despojos del pasado anterior y reciente- no bastan los procesos de memoria, ni el arte comprometido con su oficio ético y estético; ante ello sólo queda la unidad. Dicho mensaje fue amplificado con creces al sumarse las 120 voces del coro comunitario “Puedes Cantar”, parte del Programa de la Fundación Teatro del Lago.

Bajo la dirección musical de la maestra Annie Murath y dirección coral de la maestra y cantante lírica, Jessica Rivas, y un equipo pedagógico del más alto nivel, la fuerza épica de esta composición musical logró estremecer al público, quien aplaudió de pie la presentación, dejando en evidencia tanto la actualidad de este mensaje, como las añoranzas sociales que transitan porfiadamente en nuestros intersticios colectivos.

Sin embargo, la pregunta que permanece es: ¿cómo lograr tal unidad frente a la manipulación y el engaño conspirativos que se esparcen por las redes sociales, y en programas y podcast de dudosa calidad profesional y ética comunicacional?

Del mismo modo, el discurso político que inunda el amplio alcance de los medios tradicionales no le ofrece una plataforma a estrategas y honorables servidores de la República, sino más bien a quienes intentan normalizar mediante un tono gansteril una violencia discursiva que deshumaniza a quienes no comparten su visión política, o sus intereses individualizados. En dicho contexto construir unidad para salvaguardar lo común e importante se vuelve, por cierto, un verdadero desafío.

Si la primera parte del concierto estuvo marcada por la naturaleza dramática y solemne de la “Cantata”, la segunda mitad ofreció un recorrido por la extensa y variada obra de este grupo emblemático de la Nueva Canción Latinoamericana, y chilena, en particular. “20 años no es nada”, sostuvo Gardel en su tango “Volver”, pero 60 años ciertamente sí reúnen el peso de la historia, de los procesos sociales, y de las vicisitudes de músicos que han logrado construir alianzas creativas tan duraderas como las de Quilapayún.

Mucho se habla de la longevidad de los Rolling Stones, de Paul Macarthy, o de Bob Dylan, todos contemporáneos de los miembros fundadores del grupo, y de los cuales permanecen activos un buen número de ellos.

Pero no es sólo la edad lo que une a estos músicos, sino también, y sobre todo, el impacto cultural que todos ellos imprimieron en la música popular desde la década de los 60 hasta ahora: los músicos del norte desde la contracultura rock, o el folk; los de América Latina desde la canción revolucionaria de raíz folklórica pues, al decir de Víctor Jara, no se trataba tan sólo de protestar, sino de descolonizar mediante la construcción y el fortalecimiento de un sonido y una poética que reconociera y dignificara la identidad propia.

No obstante los relevos naturales de una existencia tan vasta, resulta admirable cómo Quilapayún ha podido retener su sello musical. La destreza y amplitud de sus voces monumentales, la precisión en la ejecución de las cuerdas y los vientos, y la profundidad rítmica de la percusión suenan hoy tan frescos y actuales como ayer. Lo mismo ocurre con la eterna juventud de la que parece gozar su repertorio clásico.

El tono épico lúdico de “La muralla”, el lirismo nostálgico de “Mi patria”, la maestría del canto a capella en “Memento”, todos ellos se mezclan de modo natural con el tono festivo de la sátira política en “La batea”, “Tío caimán” y “Mi funeral”. Y en éste nunca ha de faltar el repertorio legado por Víctor Jara: “Te recuerdo Amanda”, y “El derecho de vivir en paz”.  Como sabemos, Víctor Jara fue además el director artístico del grupo, responsable por ello de establecer la rúbrica de su presencia escénica.

Pero además de Quilapayún y el coro “Puedes Cantar”, hubo un tercer actor en este concierto: el público. Tres o cuatro generaciones se reunieron en el Teatro del Lago para escuchar, a veces con recogimiento, otras con baile, otras coreando a todo pulmón canciones que son ya patrimoniales.

El público, al cierre del concierto, y para despedir al grupo en su segunda salida, fue el que comenzó a entonar “El pueblo unido”, composición lírica de Sergio Ortega con música de Quilapayún. Vale la pena recordar que esta canción fue compuesta en 1973, unos meses antes del Golpe de estado, y grabada en 1974, cuando el grupo ya vivía en el exilio. No se trata por lo tanto de un invocación que celebra el fruto de las fuerzas colectivas, sino más bien de una apelación para no permitir que estas fuerzas sucumban.

Ante ello, “El pueblo unido” es sobre todo una declaración de principios que afianza la fuerza de la unidad y de la esperanza. Resulta por ello lógico que se haya convertido en un himno internacional, cantado en bengalí por jóvenes en las Filipinas, en farsi por las mujeres de Irán, y en todos los idiomas donde sea que haya una conquista social que lograr.

Fue, así, el cierre perfecto de un concierto en que el desafío actual de construir unidad encuentra en el arte un lenguaje, una avenida que provee una energía y optimismo que fuera de él resulta hoy difícil de imaginar. Ciertamente, “el canto no bastará”, pero es posible que la unidad a la cual el canto nos llama nos permita avanzar en algo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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