CULTURA|OPINIÓN
Crédito: EFE
“Serena Joy”: la canción de Olivia Rodrigo que todos los padres deberíamos escuchar
La pregunta que plantea la saga de Margaret Atwood y la canción de la artista estadounidense no es cómo preparar a nuestras hijas e hijos para resistir en soledad, sino si estamos dispuestos a sostener las condiciones para que ninguna persona tenga que vivir pidiendo permiso para ser libre.
El día en que se estrenó “Serena Joy”, de Olivia Rodrigo, mi hija me la presentó en el auto camino al colegio. No recuerdo exactamente qué esperaba encontrar cuando comenzó a sonar. Probablemente nada demasiado distinto de lo que uno espera de un padre que comparte, a primera hora de la mañana, algunos minutos de música con su hija: una canción nueva, una artista conocida (de la cual me he ido convirtiendo en fan por su activismo y maduración musical), una conversación breve antes de que cada uno siguiera con su día.
Pero la canción se llamaba “Serena Joy”.
Y ese nombre hizo que prestara especial atención.
Para quienes han leído El cuento de la criada de Margaret Atwood o hemos visto su adaptación televisiva, Serena Joy no es simplemente un personaje. Es una de esas figuras literarias o personajes que resultan particularmente perturbadoras porque obligan a preguntarse hasta qué punto una persona puede participar de un mundo que terminará dañándola sin comprender completamente aquello que está contribuyendo a producir.
Para entenderlo hay que recordar qué es Gilead. La república imaginada por Atwood es una teocracia construida sobre la promesa de restaurar el orden frente a una sociedad considerada decadente. En nombre de la religión, la familia y la supervivencia colectiva, reorganiza radicalmente la vida social y, especialmente, la vida de las mujeres. Sus derechos desaparecen: ya no pueden trabajar, administrar libremente su patrimonio, leer ni decidir autónomamente sobre aspectos fundamentales de sus propias vidas. Cada mujer es asignada a una función social y su identidad queda definida, antes que, por sus decisiones, por el papel que el régimen considera que debe cumplir. Esposas, criadas, Marthas: incluso las categorías mediante las cuales son nombradas expresan una clasificación. Incluso sus nombres denotan que son propiedad de los hombres.
Lo más perturbador es que Gilead no se presenta a sí misma como una tiranía arbitraria. Se presenta como una restauración moral. No llega anunciando que pretende destruir la libertad de las mujeres. Llega prometiendo orden frente al caos, seguridad frente a la incertidumbre, familia frente a la decadencia, la moral (acomodada para la hegemonía de algunos) como remedio a problemas que tienen soluciones científicas. Y quizás sea precisamente allí donde la historia adquiere una inquietante profundidad política. Las distopías, basta leer a Orwell o Huxley, lamentablemente no suelen ser ciencia ficción sino advertencias de futuros bastante posibles.
Serena Joy no es un personaje sencillo. No llega a Gilead como una víctima inocente que observa desde fuera la construcción de ese régimen. Pero tampoco parece justo describirla simplemente como una mujer que decidió conscientemente construir la prisión en la que terminaría encerrada. Hay en ella algo bastante más complejo y, quizás por eso, más trágico: la posibilidad de que una persona termine colaborando con un orden que la perjudica sin alcanzar a percibir plenamente la violencia que ese orden contiene.
Serena Joy contribuyó, ideológica y políticamente, a imaginar y promover un determinado ideal de orden. Reivindicó una concepción única y muy conveniente para los hombres de la familia y participó de discursos que desconfiaban de la autonomía femenina. Pero sería demasiado fácil atribuirle, retrospectivamente, una intención que probablemente nunca tuvo. Tal vez hubo engaño, fe mal depositada o inocencia. Tal vez creyó sinceramente, como suele pasarnos cuando somos presas del pánico, que aquel orden protegería aquello que consideraba valioso. Quizás, como tantas personas, fue incapaz de resistir la enorme presión cultural que convierte ciertas formas de vida en algo aparentemente natural, inevitable, moralmente superior o una forma de incorporación social a círculos de poder.
Y ése es precisamente el punto que vuelve a Serena Joy un personaje tan incómodo. Las estructuras de dominación más eficaces no son necesariamente aquellas que necesitan imponerse permanentemente mediante la fuerza física. Son aquellas que consiguen presentarse como naturales. Aquellas que logran que incluso quienes sufrirán sus consecuencias terminen reproduciendo sus categorías, defendiendo sus valores y aceptando los límites que otros han diseñado para ellas.
Conviene decirlo con cuidado. No toda tradición es opresiva. No toda convicción moral conduce a la restricción de derechos. El umbral, sin embargo, es claro: cuando una visión de vida deja de ser una opción para convertirse en un molde obligatorio, cuando se espera que ciertas personas acepten un destino predefinido, ahí es donde empieza el problema.
Creo que Olivia Rodrigo toma precisamente esa intuición y la traslada a un lenguaje cultural distinto. Detrás de una canción pop, aparece una advertencia reconocible: podemos acostumbrarnos a un mundo determinado sin advertir que algunas de sus reglas han sido construidas para limitar la vida de ciertas personas. Podemos incluso defenderlas sinceramente, convencidos de que representan valores importantes, sin advertir el costo que tendrán para quienes deben vivir dentro de ellas.
Pero hay algo que me interesa particularmente de esta advertencia. No creo que deba ser leída exclusivamente como una reflexión dirigida a las mujeres.
Existe una reacción particularmente cómoda que muchos hombres podemos tener frente a estas discusiones: pensar que la defensa de los derechos de las mujeres es un asunto que deben resolver ellas. Serán ellas quienes tendrán que organizarse, protestar, votar, litigar y defender conquistas que durante décadas han debido disputar. A nosotros nos queda una posición bastante más confortable: observar la discusión desde cierta distancia y expresar nuestra aprobación general por la defensa de los derechos fundamentales, siempre que esa defensa no nos obligue a revisar demasiado nuestras propias convicciones o los privilegios y estructuras de poder de los que seguimos formando parte. La defensa de los derechos de las personas no es un tema de género, casta o nicho.
Esa comodidad se manifiesta también de una manera intelectualmente bastante reconocible. Resulta fácil escoger el ejemplo más absurdo, la formulación más extravagante o la conducta más extrema que pueda encontrarse dentro de un movimiento amplio y utilizarla como excusa para desacreditar la discusión completa. Es un razonamiento que difícilmente aceptaríamos en otros ámbitos: sería como sostener que toda forma de fe religiosa carece de valor porque algunos sacerdotes han cometido delitos atroces, o que debemos eliminar a las policías porque algunos de sus agentes han violado derechos humanos. Sin embargo, frente a la igualdad de género, con frecuencia parece bastar encontrar el peor argumento pronunciado por alguien para evitar hacerse cargo de las preguntas mucho más difíciles que permanecen detrás de él.
Al final – creo – la pregunta que plantea la saga de Atwood y la canción de Olivia Rodrigo, no es cómo preparar a nuestras hijas e hijos para resistir en soledad, sino si estamos dispuestos a sostener las condiciones para que ninguna persona tenga que vivir pidiendo permiso para ser libre. Tal vez sin darnos cuenta nosotros como padres o madres somos Serena Joy.
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