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La democracia no se puede ganar a cualquier precio
La pregunta ética, entonces, no es solamente si estas herramientas funcionan. Es si estamos dispuestos a ganar utilizándolas, porque una democracia puede sobrevivir a una campaña sucia. Lo que difícilmente sobrevive es una ciudadanía que ya no sabe qué es verdad.
La reciente visita de Javier Milei a Chile vuelve pertinente una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar una estrategia política en redes sociales antes de transformarse en una amenaza para la democracia?
El caso de Fernando Cerimedo —estratega digital argentino cercano a Milei— obliga a formularla. Su nombre aparece asociado a Numen, empresa que participó en la campaña del Rechazo durante el plebiscito constitucional. Investigaciones de El Mostrador han establecido que Felipe Costabal, jefe de la Secom, trabajó en Casa Común, organización vinculada a esa campaña, coincidiendo con Cerimedo.
El presidente José Antonio Kast ha reconocido conocer al argentino, pero ha negado que haya trabajado en su comando presidencial. La precisión es fundamental: esta coincidencia no prueba una operación ni permite afirmar que Cerimedo haya participado en su campaña. Pero sí justifica preguntas y una discusión pública sobre estas formas de comunicación política.
El asunto se vuelve aún más delicado al observar lo ocurrido con Evelyn Matthei, que cuando era candidata presidencial denunció ataques digitales y responsabilizó al Partido Republicano por una campaña destinada a perjudicarla. Entre las falsedades difundidas estuvo la existencia de una enfermedad invalidante. Investigaciones periodísticas identificaron cuentas anónimas y redes de amplificación.
Más allá de determinar responsabilidades individuales, existe un patrón que merece atención: fabricar identidades artificiales, amplificar mensajes, generar la sensación de mayoría, instalar una acusación y repetirla hasta que la mentira parezca información. No se trata necesariamente de convencer: sólo basta con sembrar dudas, miedo y desconfianza.
No es un fenómeno exclusivo de nuestro país. El Brexit en Inglaterra, el plebiscito colombiano sobre el acuerdo de paz con las FARC, las campañas de Donald Trump y Jair Bolsonaro, así como la de Milei, demostraron que las redes sociales modificaron radicalmente la comunicación política.
Cambridge Analytica llevó el microtargeting y el perfilamiento psicológico a una escala inaudita. Incluso, el propio Christopher Wylie afirmó que Steve Bannon entendía la guerra cultural como el motor del cambio político duradero, y que por eso construyeron para él un arsenal de armas informativas.
Asimismo, la investigadora de Harvard, Shoshana Zuboff, explicó la transformación tecnológica con una idea aún más inquietante: las plataformas ya no buscan mostrar publicidad, sino predecir y modificar el comportamiento humano. En tanto, la socióloga Zeynep Tufekci ha demostrado cómo la segmentación política permite enviar mensajes diferentes a públicos específicos, mientras los ciudadanos no saben que esos mensajes existen.
Claire Wardle ha advertido sobre el fenómeno que denomina information disorder: información falsa o manipulada capaz de confundir, polarizar y erosionar la confianza pública. Advierte que cuando la ciudadanía deja de compartir una realidad común existe un peligro para la democracia.
En Colombia, la campaña del No explotó intensamente emociones vinculadas al miedo y la incertidumbre. En el Brexit, el microtargeting permitió adaptar mensajes a grupos muy específicos. En Brasil, WhatsApp se transformó en una poderosa herramienta de circulación de desinformación. Y Trump demostró que las redes podían convertirse en acertadas máquinas de segmentación política. Milei llevó esa cultura digital a una dimensión central de su estrategia política.
Por eso resulta relevante que, en Barcelona, sectores progresistas hayan incorporado la desinformación y la gobernanza digital a su agenda. Es fundamental comprender que la batalla política también se libra en el ecosistema digital y que defender la democracia exige desarrollar capacidades para enfrentar la manipulación.
Esto no consiste en copiar las peores prácticas de sus adversarios. Se trata de recuperar la capacidad de disputar la conversación pública sin renunciar a estándares democráticos. Tarea que tampoco puede ser patrimonio de la izquierda.
La derecha democrática y el centro tienen el deber de denunciar estas prácticas cuando ocurren, incluso cuando beneficien a sectores de su propio espacio. Sin duda, una democracia sana necesita propaganda, estrategia y persuasión. Lo que no puede aceptar es la fabricación deliberada de una realidad paralela y maliciosa.
Inventar una enfermedad para destruir a una candidata, crear cuentas falsas para simular una mayoría, manipular el miedo o entregar mensajes políticos clandestinamente segmentados no es una nueva técnica electoral, es manipulación política.
La pregunta ética, entonces, no es solamente si estas herramientas funcionan. Es si estamos dispuestos a ganar utilizándolas, porque una democracia puede sobrevivir a una campaña sucia. Lo que difícilmente sobrevive es una ciudadanía que ya no sabe qué es verdad.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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