CULTURA|OPINIÓN
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Los consentidos
La música que representa la identidad no cumple listas de requisitos: es apropiada por las personas y transformada por los cambios culturales; se deja consentir, no fiscalizar.
En septiembre de 1966, el columnista José María Palacios levantó un intenso debate en la revista de música El Musiquero preguntándose si la cueca era un “baile de salón o de ramada”. Sostenía que el público debía aprender a bailarla “más allá del salón” porque ya no era una música de elite y debía ser bailada “con picardía pero no picante”. Todo este tema, decía, “hay que sentirlo como un problema nacional y personal. Y solucionarlo”.
Sesenta años después seguimos discutiendo dónde está la cueca, cómo debe sonar, cómo debe bailarse y quién tiene autoridad para decir qué es lo chileno.
En Isla de Maipo, el concejal Maximiliano Genskowski pidió que “La Consentida” no fuera utilizada como cueca en las actividades municipales de Fiestas Patrias porque, según sostuvo, “es una tonada”. Pero aquí hay una imprecisión: la tonada posee una estructura métrica formada por cuartetas octosilábicas, mientras que la cueca tiene una cuarteta y luego dos seguidillas y un remate. Existen “cuecas de seguidilla” desde la segunda mitad del siglo XIX, tanto en la música como en la literatura. No hay manera en que esta canción fuera una tonada.
“La Consentida” fue compuesta por Jaime Atria en 1961 y ganó luego la competencia folclórica del segundo Festival de Viña del Mar. Su época de creación coincide con la abundancia de cuecas de seguidilla, la expansión discográfica de la música chilota, la aparición de conjuntos de proyección folclórica, la reconstrucción de los géneros históricos y los primeros encuentros de payadores. Responde a una época de innovación comparable con la observada en Chile durante los últimos 20 años. ¿De dónde viene esta crítica entonces?
El tradicionalismo en la música folclórica es un fenómeno antiguo. Para los “guardianes de la tradición”, la música tradicional puede cambiar “pero no tanto, por favor” y por eso su estructura métrica, número de compases y modo de bailar deben mantenerse en el tiempo. La frase “la cueca es una sola” refleja esta posición: deja en claro lo que “no es cueca”. Esta mirada niega la diversidad melódica y rítmica de los géneros y hace caso omiso de la investigación reciente en Chile, que muestra la enorme diversidad del género y, sobre todo, el proceso de transformación en el que actualmente se encuentra.
La discusión toca un problema mayor cual es la manera en que la música puede representar lo nacional. La cueca no es solamente baile: es melodía, organización del tiempo, poesía, estilo performativo, impostación vocal y público que baila. Es una práctica social participativa donde confluyen personas, modos de hacer, ideas de tradición, lugares y tecnologías para representar lo “propio”. No es lo propio de una entelequia imaginada de la nación, sino del colectivo cercano: de los amigos, del barrio, de la comuna, del conjunto folclórico escolar, del coro universitario.
Como muestra el caso del concejal Genskowski, el Estado llega tarde a la discusión, pero aun así pide todo para él. La música que representa la identidad no cumple listas de requisitos: es apropiada por las personas y transformada por los cambios culturales; se deja consentir, no fiscalizar. Palacios muestra así que la carta de ciudadanía de los géneros que representan lo nacional debe formar parte del debate colectivo y no puede emanar de un petitorio para bailar los géneros históricos una semana al año.
La paradoja actual es que, mientras discutimos cuál cueca es suficientemente chilena, debilitamos las condiciones para que esa tradición siga existiendo. Los Fondos Cultura 2027 dispondrán de $41.405,5 millones, 9,6% menos que la convocatoria anterior. El Fondo de la Música cae 11,4%, de $4.428 millones a $3.923 millones, debilitando no solo el presupuesto, sino también el carácter deliberativo de la institucionalidad para decidir qué cultura financiar, “a quién consentir” y a quién no. La pregunta no debería ser qué cueca vamos a vetar en Fiestas Patrias, sino qué mecanismos de financiamiento estable construiremos para que pueda seguir renovándose y reproduciéndose en el tiempo.
La tradición no permanece viva porque la congelemos. Vive porque cambia. Si realmente queremos defender la cueca, necesitamos menos guardianes de una autenticidad convertida en norma y más políticas que permitan que músicos, bailarines, cultores, investigadores y comunidades sigan haciéndola. Porque mientras haya recortes al presupuesto cultural, seguirá habiendo políticos que instrumentalicen la música tradicional para convertirla en representación de otra cosa: una idea rígida de nación, una identidad imaginada, un pasado convenientemente ordenado. Y mientras la diversidad y la investigación se debiliten, el tradicionalismo tendrá más espacio para presentar una versión particular de la cueca como si fuera la cueca.
Palacios pedía en 1966 sentir la cueca como un “problema nacional y personal”. Hoy deberíamos tomar en serio su llamado: conocerla, investigarla y crear las condiciones para que siga viva.
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