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No dejemos de sorprendernos Opinión AgenciaUno

No dejemos de sorprendernos

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Susana Sierra
Por : Susana Sierra Ingeniera comercial. Socia y CEO de BH Compliance
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Si creemos que no va a llover, no llevaremos paraguas, pero si finalmente llueve, nos mojaremos. Lo mismo ocurre cuando dejamos de sorprendernos. Si dejamos de estar alerta frente a estos hechos, también dejamos de prevenirlos. Y cuando queramos reaccionar, puede ser demasiado tarde.


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¿Se han dado cuenta de que, en el último tiempo, los escándalos parecen sucederse uno tras otro? Cada nuevo caso genera indignación, ocupa titulares y abre un debate, pero rápidamente aparece el siguiente. Y casi sin darnos cuenta, esa sucesión empieza a apagar nuestra capacidad de asombro, instalando la costumbre y, finalmente, el olvido.

Hace 15 años en Chile decíamos con orgullo que la corrupción no existía o que era un problema de otros países. Nos jactábamos de ser los jaguares de Latinoamérica y de ocupar los primeros puestos de los rankings entre los países menos corruptos. Y aunque seguimos entre los países mejor evaluados de la región, eso no debería tranquilizarnos. Podemos estar mejor que nuestros vecinos, pero, al mismo tiempo, estar retrocediendo respecto a nosotros mismos.

Durante mucho tiempo, quizás, el problema fue que simplemente no veíamos, porque los casos no salían a la luz y, por lo tanto, no éramos conscientes de la dimensión que podían alcanzar estos delitos. Hoy, en cambio, conocemos más casos, más investigaciones y más antecedentes. Pero la paradoja es que, mientras más vemos, menos parece sorprendernos.

Los ejemplos se han ido acumulando. Los casos de corrupción municipal, el caso Audio, la Muñeca Bielorrusa, el fraude en el mal uso de licencias médicas, las Operaciones Tokio y Ámsterdam, las irregularidades en Junaeb y, más recientemente, la detención del exfiscal Vinko Fodich y funcionarios de la PDI, quienes pasaron de perseguir delitos a ser indagados por presuntamente cometerlos.

Y es precisamente este último caso el que vuelve a mostrarnos hasta dónde pueden llegar este tipo de prácticas cuando alcanzan incluso a quienes tienen la responsabilidad de combatirlas.

Según los antecedentes de la investigación, una víctima de secuestro extorsivo habría sido trasladada y retenida en un falso cuartel de la PDI, donde le habrían exigido dinero a cambio de su libertad. En el caso están involucrados funcionarios de la PDI y civiles que se habrían hecho pasar por policías, además del exfiscal Fodich y otros imputados. Que personas cuya función era perseguir delitos estén siendo investigadas por presuntamente participar en ellos resulta especialmente grave por lo que representa.

Es difícil no preguntarse cuántos hechos más podrían estar ocurriendo sin que los conozcamos. Y, sin embargo, probablemente en unas semanas este caso será reemplazado por el siguiente titular. Estamos sumidos en un círculo vicioso donde nos escandalizamos, normalizamos y olvidamos.

Tal vez una de las razones por las que hemos dejado de sorprendernos es que seguimos mirando estos hechos como algo que les ocurre a otros pero que nunca tocará a nuestra puerta, la de nuestras empresas, nuestros negocios o nuestras propias decisiones. La realidad es que pueden estar mucho más cerca de lo que creemos; en un pequeño negocio, en un proveedor, en una contratación o en una relación que damos por segura simplemente porque creemos conocer a quien está del otro lado. Los delitos no distinguen apellidos, cargos ni situación económica.

Esto es especialmente relevante en un país pequeño como el nuestro, donde pedir más controles a alguien cercano o conocido puede interpretarse como una falta de confianza, como si dudaras de su palabra o como si conocerse previamente fuera garantía de honestidad. Sin embargo, los controles y la debida diligencia no existen porque debamos desconfiar de todos, sino porque la confianza, por sí sola, no basta.

Prevenir también implica estar dispuestos a preguntar, responder y verificar, aunque a veces resulte incómodo. Porque probablemente estos hechos nunca van a desaparecer por completo, pero sí podemos evitar acostumbrarnos a ellos. Nunca podemos permitir que sean parte del paisaje.

Si creemos que no va a llover, no llevaremos paraguas, pero si finalmente llueve, nos mojaremos. Lo mismo ocurre cuando dejamos de sorprendernos. Si dejamos de estar alerta frente a estos hechos, también dejamos de prevenirlos. Y cuando queramos reaccionar, puede ser demasiado tarde.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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