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Día del Urbanismo: comunidades y patrimonio en la construcción de nuestras ciudades CULTURA|OPINIÓN Crédito: Agencia UNO

Día del Urbanismo: comunidades y patrimonio en la construcción de nuestras ciudades

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Daniel Matus Carrasco
Por : Daniel Matus Carrasco Investigador Principal Núcleo Milenio Patrimonios NupatS Académico Universidad de Magallanes
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Cada 8 de noviembre se conmemora el Día Mundial del Urbanismo, una fecha que invita a reflexionar sobre la planificación de nuestros territorios, el valor de sus espacios y el papel que cumplen las comunidades en la construcción y protección de su patrimonio.


Las ciudades son espacios vivos, construidos a partir de las historias, las memorias y las experiencias de quienes las habitan. En sus calles, barrios y edificios se expresan identidades colectivas, formas de convivencia y vínculos que dan sentido a cada territorio. Reconocer estas dimensiones es también parte del desafío del urbanismo, una disciplina que, a lo largo de su historia, ha ampliado su mirada para incorporar las distintas formas de habitar y comprender la ciudad.

Cada 8 de noviembre se conmemora el Día Mundial del Urbanismo, una fecha que invita a reflexionar sobre la planificación de nuestros territorios, el valor de sus espacios y el papel que cumplen las comunidades en la construcción y protección de su patrimonio.

La iniciativa nació en 1949, cuando el ingeniero y urbanista argentino Carlos María della Paolera (1890-1960) propuso establecer una jornada internacional dedicada a sensibilizar a autoridades, especialistas y ciudadanía sobre la importancia de la planificación urbana y su impacto en la calidad de vida. Con la colaboración de su amigo, el arquitecto y urbanista francés Jean Royer (1903-1981), la primera celebración se realizó al año siguiente.

Ambos compartían una formación vinculada al Instituto de Urbanismo de la Universidad de París, creado en 1919. Allí desarrollaron estudios sobre la evolución de ciudades como Buenos Aires y Libourne, antecedentes que dan cuenta de una preocupación por comprender los territorios antes de intervenirlos. Una perspectiva que sigue siendo fundamental para pensar el urbanismo en la actualidad.

Pero ¿qué entendemos por urbanismo? No existe una única definición. Para algunos es una ciencia social; para otros, un campo de conocimiento orientado a la acción sobre el espacio urbano. Lo cierto es que, a lo largo de su historia, ha incorporado distintas perspectivas para analizar y transformar las ciudades: desde sus condiciones geográficas y ambientales hasta sus antecedentes históricos y las formas de vida de sus habitantes.

No obstante, durante buena parte del siglo XX predominó una manera de entender la ciudad que privilegiaba los datos, las estadísticas y las soluciones técnicas. Bajo esa lógica, la población podía convertirse en una cifra más dentro de los diagnósticos, mientras quedaban relegadas las experiencias y opiniones de quienes habitan cotidianamente esos espacios. Se perdía de vista algo esencial: las ciudades están hechas de comunidades diversas, con necesidades, memorias y expectativas propias.

Esta discusión adquiere especial relevancia cuando hablamos de patrimonio. Intervenir un espacio urbano también implica comprender los significados que las personas atribuyen a los lugares, los vínculos que han construido con ellos y las historias que mantienen vivas.

Las herramientas técnicas y normativas son indispensables para identificar y proteger los bienes de interés cultural. Sin embargo, no siempre resultan suficientes para comprender aquello que una comunidad considera valioso de su entorno. Cuando la mirada se concentra exclusivamente en las características materiales de un inmueble o un barrio, existe el riesgo de dejar fuera las dimensiones sociales y culturales que también explican su importancia.

Por eso, hablar de patrimonio supone mirar más allá de los edificios. También significa prestar atención a los procesos de patrimonialización, es decir, a las formas en que las comunidades reconocen, valoran y defienden aquello que consideran parte de su herencia. Son procesos que no solo pueden contribuir a mejorar los espacios urbanos, sino que también fortalecen el tejido social y permiten mantener vivas memorias e identidades que, muchas veces, se encuentran amenazadas.

En este sentido, el Día del Urbanismo es una oportunidad para revisar los desafíos que han acompañado a esta disciplina desde sus orígenes. Nacido en un contexto marcado por las crisis habitacionales, los problemas sanitarios y las profundas transformaciones provocadas por la industrialización y la urbanización, el urbanismo ha debido ampliar progresivamente sus preocupaciones. Hoy, a los desafíos históricos de la vivienda y el transporte se suman los conflictos ambientales, las zonas de sacrificio y las desigualdades que atraviesan nuestras ciudades.

Frente a este escenario, resulta indispensable reconocer que no basta con planificar espacios: también hay que escuchar a quienes los habitan. El urbanismo necesita dialogar con otros conocimientos y saberes, incorporar las experiencias de las comunidades y reconocer que el patrimonio no es una realidad inmóvil, sino una construcción social que requiere participación y compromiso.

El urbanista francés André Lortie (2023) plantea que el urbanismo es, en esencia, un mediador. Lo es en el encuentro entre actores políticos, técnicos y sociales, pero también en ese espacio que se abre “entre el cielo de las intenciones políticas y técnicas y el suelo que las acoge, delante del horizonte de las aspiraciones de la sociedad”.

Quizás ahí se encuentre uno de sus mayores desafíos: conseguir que las decisiones sobre nuestras ciudades dialoguen con quienes las habitan. Porque una ciudad también se define por las historias que conserva, los vínculos que sostiene y las comunidades que encuentran allí un lugar al que llamar propio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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