Publicidad
¿Los Estados Unidos son una democracia? Trump y el nuevo Congreso ANÁLISIS

¿Los Estados Unidos son una democracia? Trump y el nuevo Congreso

Publicidad
Catherine Reyes-Housholder
Por : Catherine Reyes-Housholder Catherine Reyes-Housholder, profesora asociada del Instituto de Ciencia Política PUC, autora de How Women Win Presidential Elections in Latin America.
Ver Más

Queda por ver qué tan resiliente es la democracia estadounidense cuando Trump salga del poder en 2028, protegido por una decisión de la Corte Suprema de 2024 que estableció inmunidad absoluta para “actos oficiales” presidenciales.


¿Los Estados Unidos son una democracia? Esta pregunta volvió a debatirse durante las presidencias del presidente Donald Trump, elegido por primera vez en 2016 y nuevamente en 2024, y cuyo poder fue puesto a prueba durante estas elecciones de medio término. Existe una sabiduría convencional de que los mandatos de Trump causaron una “erosión democrática”. Se refiere a sus intentos de revertir los resultados de la elección de 2020, sus esfuerzos exitosos para usar el Departamento de Justicia para castigar a sus enemigos políticos y sus ataques a los medios de comunicación y las universidades, por nombrar solamente algunos de los ejemplos más citados.

Queda por ver qué tan resiliente es la democracia estadounidense cuando Trump salga del poder en 2028, protegido por una decisión de la Corte Suprema de 2024 que estableció inmunidad absoluta para “actos oficiales” presidenciales.

La derrota inesperadamente contundente de los republicanos en las elecciones de medio término levantó esperanzas entre algunos sobre la capacidad de esta democracia de reponerse. Echando la culpa a otros, Trump aceptó las derrotas republicanas, y las derrotas republicanas en general fueron aceptadas por las candidaturas derrotadas.

Analizando encuestas, los líderes demócratas tienden a coincidir en que ganaron por los altos costos de la vida, que se atribuyeron a los aranceles tan agresivos de Trump; por la guerra de Trump contra Irán; por sus excesos en el manejo de la inmigración; y también por el uso del cargo presidencial para beneficiarse de manera financiera.

El Congreso investigará a la administración de Trump por sus abusos de poder y ahora están planeando cuáles temas priorizar y cuáles tácticas emplear. Estas investigaciones de los congresistas podrían verse como otra señal esperanzadora de la resiliencia democrática en los Estados Unidos. Sin embargo, en el pasado Trump ha ignorado citaciones judiciales, frustrando los intentos del poder legislativo de vigilar al poder ejecutivo. Probablemente no cooperará tampoco esta vez.

Tampoco queda tan claro que los estadounidenses votaron por los demócratas como rechazo a los ataques presidenciales a la democracia. Unos de los actos que más aceleraron la erosión democrática fueron sus intentos de derogar los resultados de la elección de 2020. A pesar de eso, fue ampliamente reelegido en 2024. Además, con dos impeachments ya realizados, los demócratas del Congreso, con sus niveles de aprobación muy bajos, arriesgan no llegar a ningún consenso nacional sobre los actos ilegales de Trump y su administración.

Una encuesta de Gallup muestra que alrededor del 90% de los estadounidenses dicen que les preocupa la “corrupción”, un término que significa cosas diferentes para distintos públicos. Para los anti-Trump, tiende a referirse a sus actos de corrupción. Para quienes apoyan o apoyaban a Trump, la corrupción suele referirse a cómo el dinero influye en la política estadounidense, el poder de los lobistas y los intereses especiales no elegidos.

Una entrevista entre el podcaster Joe Rogan y Calley Means, exasesor en la Casa Blanca para promover la agenda del movimiento «Make America Healthy Again» (MAHA), del viernes pasado, recuerda cómo la democracia es vista —con mucha razón— como deficiente por parte de los trumpistas, quienes optan por concentrarse en algunas de sus deficiencias y no en otras. Means —con gran elocuencia y sinceridad— detalló un esfuerzo coordinado por parte de corporaciones y personal de la Casa Blanca no electo para proteger a los fabricantes de pesticidas —específicamente glifosato—, en enorme desmedro de la salud pública y de los principios del libre mercado.

La entrevista nos recuerda que la primera elección de Trump fue impulsada también por personas como Means, entusiastas con la posibilidad de enfrentar a los intereses especiales que bloquean de manera rutinaria políticas que podrían mejorar o incluso salvar la vida de millones de estadounidenses. Viendo a Trump todavía como la única esperanza de reformar el sistema político, el deseo noble y obsesivo de Means por mejorar la salud pública luchando contra las corporaciones de las industrias de la salud no le permite tomar en serio los abusos de poder y la corrupción del propio Trump.

Por ende, tanto quienes apoyan a Trump como quienes no lo apoyan se preocupan por la corrupción y sus efectos en la democracia representativa. Ambas perspectivas pueden aportar a debates sobre cómo recuperar la democracia estadounidense de los abusos de poder y de su incapacidad para representar los intereses de su ciudadanía.

Veremos si los líderes nuevamente elegidos, operando en una cultura política caracterizada por altos niveles de polarización afectiva, logran dejar de lado el odio que sesga las interpretaciones de la democracia estadounidense, buscando alianzas no solamente para buscar justicia para Trump, sino también para mejorar el sistema democrático más ampliamente.

Los Estados Unidos ejemplifican cómo la democracia siempre está en construcción y en deconstrucción.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad