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El patrimonio también necesita guardianes CULTURA|OPINIÓN Fotos: AgenciaUNO

El patrimonio también necesita guardianes

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Claudio Orrego
Por : Claudio Orrego Gobernador de la Región Metropolitana.
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Hoy abrimos las puertas de nuestros salones, de nuestra biblioteca —una de las más antiguas del casco histórico de Santiago— y también de mi oficina, para que todos y todas puedan conocerlo. Porque como sabrá el lector, lo que no se conoce, no se ama, y lo que no se ama, no se cuida.


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Como país sísmico, Chile se acostumbró a ver su patrimonio destruido. Era difícil valorar lo que algún día dejaría de existir.

El Palacio del Gobierno de Santiago, ubicado en la esquina de Morandé con Moneda, se ha mantenido firme por más de un siglo. Antigua casa del diario Ilustrado –el primero en denunciar a los corruptos con nombre y apellido–, luego sede de la Intendencia, se ha convertido en símbolo de la república, en un pasado vivo que nosotros, sus huéspedes temporales, admiramos todos los días.

De estatura más elevada que su vecina La Moneda, con una entrada que mira en diagonal hacia la Plaza de la Constitución, lleva a cualquiera que la visite por primera vez —y por segunda y por tercera— a elevar la mirada hacia la cúpula, donde están los hermosos vitrales del pintor Pedro Subercaseaux. Su estilo neoclásico, sus líneas simétricas, sus columnas y pilares predisponen a la serenidad y a un estado de inspiración que nos lleva a creer en el poder de las obras que trascienden a sus creadores.

De todas las reliquias y patrimonios de nuestro Palacio —que incluyen el escritorio, el librero y un sillón de Benjamín Vicuña Mackenna, entre tantos otros—, me gustaría hablarles del Reloj del Campanario, que lleva más de un siglo anunciando la hora a los santiaguinos. En el siglo veinte, el reloj cumplía un rol social: la gente no tenía reloj y dependía de su funcionamiento para saber la hora. Hoy, los carabineros de La Moneda mantienen viva la tradición: en vez de revisar la hora en sus celulares, están siempre atentos a la campana del Palacio de Santiago.

Como toda reliquia, el Reloj del Campanario tiene su guardián. Se trata del relojero José Roblés, de 83 años, vestido siempre de terno y corbata, que lo visita todos los lunes y cuenta que con solo mirarlo sabe qué le falta. “Si dejo de verlo, en un mes está malo”, dice. Sube las escaleras hasta la mansarda del Palacio, lo inspecciona, hace ajustes de ser necesario y escucha las notas de la escala musical. No hay detalle que se le escape.

Por un par de décadas, entre los años ochenta y el 2000, el reloj dejó de funcionar y se evaluó reemplazarlo por uno eléctrico. Felizmente, no lo hicieron. En la entonces Intendencia, se le pidió a don José (el único capaz de arreglar un reloj de esas características) que probara suerte y tras observarlo e incluso dibujarlo, logró repararlo. Desde entonces, no se ha separado de él.

“Para mí, el reloj es un ser muerto que yo le doy vida”, dice.

Quisiera tomarme de sus palabras para recordar que el patrimonio depende de nosotros. Sin una mirada que recorra su historia y su belleza, sin niños que caminen por sus pasillos, el Palacio de Santiago es solo un edificio; pero con nosotros, es un patrimonio vivo.

Hoy abrimos las puertas de nuestros salones, de nuestra biblioteca —una de las más antiguas del casco histórico de Santiago— y también de mi oficina, para que todos y todas puedan conocerlo. Porque como sabrá el lector, lo que no se conoce, no se ama, y lo que no se ama, no se cuida.

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