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Del Consenso de Washington a la Nueva Era (tecnológica) de Xi Jinping

por 27 diciembre, 2018

Del Consenso de Washington a la Nueva Era (tecnológica) de Xi Jinping
El bonus del pensamiento de Xi es “Made in China 2025”, la planificación del gobierno para reestructurar su base industrial y pasar desde una etapa de cantidad a una de calidad, con énfasis principal en la innovación tecnológica. El objetivo es convertirse en el líder tecnológico global en el año 2045. Con esta planificación, China se suma a la competencia por el liderazgo de lo que Klaus Schwab llama “La Cuarta Revolución Industrial”: la producción masiva de tecnologías aplicadas a todos los quehaceres del ser humano, teniendo en cuenta que el margen de competitividad y ganancia estará cada día más determinado por el contenido tecnológico incorporado en los bienes y servicios.
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Entre relacionamiento o contención (engagement/containment), la mayoría de los países ha preferido relacionarse con la República Popular de China. Para muchos, este clásico dualismo de las relaciones internacionales ni siquiera parecer haber existido.

Hoy se observa un posicionamiento nítido de China en todos los aspectos del tablero internacional. La hegemonía e influencia –características de todo sistema internacional– evidencian signos de transitar, a veces más aceleradamente de lo pensado, desde Occidente a Oriente. Tal como lo ha estudiado Graham Allison de la Escuela de Gobierno de Harvard, el cambio de hegemonía e influencia en el sistema internacional ha estado sometido tradicionalmente al dilema de Tucídides, lo que implica una transición traumática por las fricciones entre la potencia hegemónica y el retador.

Para los que trabajamos en el “área internacional”, el panorama actual es vibrante; es, mutatis mutandis, lo que podría ser para un astrofísico el nacimiento de una nueva galaxia o la colisión de dos agujeros negros; o, en el mejor de los casos, esa rareza cósmica: un sistema planetario con dos soles. En este contexto, es interesante revisar la trayectoria de China para proyectar su línea futura y así entender, entre otras cosas, la principal clave de lo que se ha llamado la “guerra comercial”.

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención de la creciente fuerza gravitacional de China, ha sido su modelo de desarrollo impulsado desde la apertura y reforma del año 1978 (geige/kaifang). Sabemos que el gradualismo inicial aceptó formas acotadas de capitalismo, tanto en el mercado doméstico (Town and Village Enterprises, TVE), como en el sector externo con 5 ciudades costeras abiertas al comercio internacional. A este cambio en el estímulo económico se le dominó “socialismo con características chinas” y su talante se vería reforzado cuando Deng Xiaoping agregó el intangible espiritual capitalista: “Enriquecerse es glorioso”. En diciembre de 2001, China ingresaría a la OMC, en lo que sería una proyección internacional natural del avance económico logrado a nivel doméstico.

Desde su origen, el liderazgo del gobierno fue parte esencial del modelo de desarrollo (state-led development). La gestión económica llevó a China a crecer en forma sostenida, aumentar significativamente sus reservas internacionales y atraer flujos contantes de inversión extranjera. Desde casi cero, y en 40 años, China se convirtió en el primer exportador global de mercancías y el segundo importador, pasando a ser la segunda economía global. A este modelo Joshua C. Ramos lo llamó el “Consenso de Beijing” (2004) y lo contrastó con el “Consenso de Washington”. El Consenso de Washington profesaba un decálogo, abogando por la liberalización de los mercados, la privatización de las posesiones estatales, la estabilidad macroeconómica y reformas constantes en favor de una mayor liberalización.

Ambos consensos (de Washington y de Beijing), valga la aclaración, fueron interpretaciones y representaciones de los patrones que Joshua Ramos hizo del primero y John Williamson hizo del segundo (1989).

Lo que Ramos hizo fue preguntarse respecto del modelo chino: por qué privatizar si las empresas estatales pueden generar ganancias económicas y resultados políticos positivos; por qué abrir el sistema político si el PCCh ha significado estabilidad por décadas. Por qué cambiar un modelo que ha sido exitoso en disminuir radicalmente la pobreza, elevar el bienestar de la población y gatillar un crecimiento económico a cifras y por años constantes nunca antes conocidos. ¿Cuál sería el incentivo para cambiar dicho modelo?

Posteriormente, la crisis del 2008, llamada la Gran Recesión, consolidó lo que los analistas llamaron el Bretton Wood II (Dooley, Folkerts-Landau y Garber): a mayor déficit en cuenta corriente de EE.UU. (principalmente importaciones desde China), más probabilidades de deprecación del dólar. Esto implicaría pérdidas de capital para China debido a que sus reservas están mayoritariamente expresadas en dólares. La solución fue seguir financiando el déficit mediante la compra de Bonos del Tesoro. La relación sería circular –como la de dos estrellas binarias–. Desde antes del 2008, todas las administraciones de EE.UU. trataron de modificar este patrón. La actual administración solo ha adoptado medidas menos convencionales.

Hoy China es más asertiva en el escenario internacional. Era ya una trayectoria histórica visible a inicios de siglo. El discurso de Xi Jinping en Davos (2017) se alejó de aquel sabio consejo de Deng: mantengamos un perfil bajo. En mayo del mismo año, Xi logró reunir a 30 jefes de Estado y autoridades de más de 130 países en torno a la “Iniciativa Cinturón y Ruta para la Cooperación Internacional”. El concepto es revivir el sentimiento y la visión atávica de la legendaria “Ruta de la Seda”, con connotaciones geopolíticas relevantes.

Y posteriormente, el momentum para Xi: 18 octubre de 2017, XIX Congreso del PCCh, donde fijó los parámetros de su poderío actual y la hoja de ruta para la construcción de China en los próximos 30 años, bajo un discurso que tituló: "Por el logro del triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada y por la conquista de la gran victoria del socialismo con características chinas de la Nueva Era".

Sobre la figura del Presidente Xi se ha escrito mucho y casi siempre destacando la singularidad de su personalidad y mandato. En sus primeros cinco años, Xi introdujo dos modificaciones sustantivas a la Constitución Política: estableció la reelección indefinida del cargo de Presidente y logró posicionar en la Carta Magna lo que se denomina el “Pensamiento de Xi Jinping”, igualándolo al “Pensamiento de Mao Tsetung”.

Es cierto que quienes lo precedieron en el cargo fueron también creativos en proponer un “marco conceptual” y lograr su reconocimiento constitucional. Tal fue el caso de Hu Jintao y su “perspectiva científica del desarrollo"; de Jian Zeming con su “Teoría de las tres representaciones” (una de las cuales es el sector privado); y la “Teoría de Deng Xiaoping”. Sin embargo, todos obtuvieron el reconocimiento constitucional al final de su segundo mandato, no en los primeros cincos años. Además, en el caso de Xi, no se trata de una teoría, sino de una ecualización: “Pensamiento de Mao y Pensamiento de Xi”. En términos matemáticos la fórmula es simple: Xi = Mao.

Otro elemento propuesto por Xi, quizás el más provocador intelectualmente, es la formulación de la “contradicción principal de China”. La contradicción principal desde 1981 era cómo conciliar las necesidades de la población y la atrasada base productiva. A partir de Xi, la contradicción principal es “el desarrollo desequilibrado e inadecuado” versus las “necesidades siempre crecientes de la población”. Esta nueva contradicción es muy similar a la llamada “trampa de los países de renta media” elaborada en el mundo Occidental.

Un último elemento en la propuesta de Xi está constituido por su “visión”. Sí, en Asia hay “líderes” y los líderes tienen una “visión” –como lo recuerda el protocolo de APEC–. En Occidente hay jefes de Estado que, en el mejor de los casos, proponen políticas públicas. Xi fijó el nacimiento de una “Nueva Era” (el socialismo con características chinas para una nueva era), estableciendo el 2035 para alcanzar una “sociedad moderadamente desarrollada” (xiaokang) y para el 2050 el posicionamiento de China como una “Gran Potencia” (un país grande, moderno y socialista). Estos son los dos objetivos centenarios fijados por Xi.

El bonus del pensamiento de Xi es “Made in China 2025”, la planificación del gobierno para reestructurar su base industrial y pasar desde una etapa de cantidad a una de calidad, con énfasis principal en la innovación tecnológica. El objetivo es convertirse en el líder tecnológico global en el año 2045. Con esta planificación, China se suma a la competencia por el liderazgo de lo que Klaus Schwab llama “La Cuarta Revolución Industrial”: la producción masiva de tecnologías aplicadas a todos los quehaceres del ser humano, teniendo en cuenta que el margen de competitividad y ganancia estará cada día más determinado por el contenido tecnológico incorporado en los bienes y servicios. En el seno de la OMC, algunos países han cuestionado que este liderazgo se consolide sobre la base de empresas estatales, subsidios industriales y desde una economía que no sería de mercado.

En el contexto descrito, se observa que aquello que se ha dado a conocer como “guerra comercial”, representa más bien ondas gravitacionales de un rifirrafe; el fenómeno real observable y variable de mayor valor es la competencia por el liderazgo tecnológico futuro donde la Trampa de Tucídices despliega toda su carga conceptual. Desde esta perspectiva, lo que hoy observamos en la implementación de la plataforma 5G parece ser solo otro ensayo.

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