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El día y la noche

por 14 julio, 2019

El día y la noche
Esa intención de nivelar al Presidente Allende con Nicolás Maduro no tiene asidero, ofende al pueblo chileno y aparece como un recurso final, para respaldar un régimen que pudo tener una voluntad transformadora, pero que cayó en prácticas crueles y aberrantes en su afán de seguir en el poder a cualquier precio.
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Era inevitable que el Informe de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, sobre Venezuela trajera muy variadas “réplicas” y aunque ha recibido un amplio y mayoritario apoyo, no podía ser unánime.

La comunidad internacional comprometida con la defensa de los DD.HH respondió en forma ampliamente positiva, en cambio el afectado -el régimen de Maduro- no podía sino rechazarlo. Hasta acá nada nuevo, se trata del previsible comportamiento de los diversos actores que son los polos opuestos en esta situación.

Sin embargo, en Chile llaman la atención opiniones favorables al gobernante de Venezuela que, con temerario apuro, han llegado a decir que “condenar a Maduro es como condenar a Allende”. Nada más lejos de los hechos históricos que esa afirmación.

Las políticas públicas del Gobierno Popular de Allende generaron mayor cohesión e integración social, la más conocida de ellas, el medio litro de leche para los niños y niñas de la patria, acciones que fortalecieron el orgullo nacional, muy al contrario de la crisis humanitaria que en Venezuela detonó la migración de millones de familias desesperadas, muchas de las cuales se agolpan en dramáticas condiciones en los accesos a consulados cercanos a nuestras fronteras.

Allende simboliza un proyecto socialista que tuvo como su razón y objetivo fundamental, avanzar hacia una nueva sociedad, en democracia, pluralismo y libertad, descartando el camino de la instauración de una dictadura, aunque se llamase socialista. El bloque de Maduro representa una conducta de aferrarse al control del Estado, no importando el uso de instrumentos autoritarios de poder, que han instaurado, aunque se niegue, un régimen dictatorial en ese país.

Del punto de vista práctico, el Presidente Salvador Allende fue derrocado por un cruento golpe militar, cuando la sedición anuló la doctrina republicana de acatar la Constitución y la ley en las fuerzas castrenses. Lo lograron paso a paso, desplazando al general Carlos Prats de la comandancia en jefe del Ejército, así como empujando el pase a retiro de Ruíz Danyau en la FACH y, haciendo que Merino burlara la autoridad del almirante Montero en la Armada, convirtiéndose en el “operador” final del desenlace golpista.

Asimismo, el día del putsch en Carabineros fue depuesto el general director e impusieron a César Mendoza, “el general rastrero”, desplazando a 6 altos oficiales de más antigüedad que no fueron golpistas.

Es decir, la conjura primero tuvo que dar un golpe interno dentro de los propios estamentos castrenses y doblegar el espíritu constitucionalista de los diversos estamentos. Con ese propósito estuvieron años socavando la autoridad republicana de Presidente Allende y la legitimidad de las instituciones democráticas.

Por el contrario, Maduro instaló la burocracia militar como núcleo rector del régimen. Una bien aceitada e incontrarrestable máquina castrense, ha hecho de los uniformados una casta privilegiada que hace uso del Estado a su arbitrio, lo mismo que hizo Pinochet. Se sostiene por el uso brutal de la fuerza, gracias a la militarización del régimen, mientras que Allende se sostuvo en la Presidencia por el respeto a la Constitución y la ley, a pesar de las maniobras y provocaciones para que se apartara de ese camino. Su gobierno rechazó cualquier tentación autoritaria, por eso, no hubo torturas, detenidos desaparecidos o asesinatos políticos, excepto los que cometió la ultraderecha, contra el general Schneider y el edecán naval del Presidente, el comandante Araya.

En Chile, los civiles armados eran extremistas de ultraderecha, que recibieron ese armamento por medio de siniestros contactos que llegaban, finalmente, a la CIA. En Venezuela hay grupos civiles de choque armados, patrocinados por el mismo régimen, cuya responsabilidad en centenares de muertes ha sido denunciada, documentadamente, desde hace años.

Las políticas públicas del Gobierno Popular de Allende generaron mayor cohesión e integración social, la más conocida de ellas, el medio litro de leche para los niños y niñas de la patria, acciones que fortalecieron el orgullo nacional, muy al contrario de la crisis humanitaria que en Venezuela detonó la migración de millones de familias desesperadas, muchas de las cuales se agolpan en dramáticas condiciones en los accesos a consulados cercanos a nuestras fronteras.

El éxodo en Chile llegó posterior a 1973, con la regresión social y la represión política de la dictadura ultraconservadora de Pinochet, después del derrocamiento del régimen democrático.
Del Presidente Allende, la derecha no pudo encontrar ningún acto de corrupción que manchara su Gobierno Popular, a pesar de todas las indagaciones que hubo después del golpe. En el caso de Maduro no hay nadie que pueda decir lo mismo. Los juicios, en diversas latitudes, alcanzan cifras que delatan un verdadero saqueo del Estado.

La vía chilena planteada por Allende, fue un esfuerzo político e intelectual del mayor nivel y la más elevada estatura histórica, así fue como adquirió alcance universal. En cuanto a Maduro, independiente de su capacidad para mantenerse a como de lugar, carece de los requisitos básicos que definen a un estratega o estadista. Como le gustaría a la derecha chilena que Allende y Maduro fueran semejantes, pero la noche con el día jamás podrán llegar a ser iguales.

En resumen, esa intención de nivelar al Presidente Allende con Nicolás Maduro no tiene asidero, ofende al pueblo chileno y aparece como un recurso final, para respaldar un régimen que pudo tener una voluntad transformadora, pero que cayó en prácticas crueles y aberrantes en su afán de seguir en el poder a cualquier precio.

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