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Por el derecho a la ciudad

por 21 diciembre, 2019

Por el derecho a la ciudad
Según quienes contabilizan personas en concentraciones, el índice medio de ocupación de suelo es de 1,5 personas por m2 cuando se encuentran en movimiento, de hasta 3 personas por m2 cuando se encuentran paradas y un máximo de 4 cuando ésta es más densa. Es decir, quienes salen a la calle comparten el espacio público -codo a codo y a una distancia propicia para darse la cara, mirarse y conversar- no sólo en marchas, sino también en asambleas barriales y/o comunitarias, sin ningún otro objeto y como único interés común que el de expresar y compartir afecciones, anhelos y el momento presente.
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Un reciente ranking latinoamericano nos señala como el país con más malls: por cada 100 personas hay casi 20 m2 construidos de centro comercial. Somos una población con un marcado nivel y cultura de consumo, que ocupa normalmente gran parte de su tiempo en pasear, mirar y comprar, donde la mercancía se convierte en objeto de deseo. Pero ahora esos hábitos consumistas fueron bruscamente interrumpidos por nuestra propia reacción y la ola de manifestantes que salimos a la calle a protestar.

Despertando, nos hemos ido dado cuenta de los violentos abusos de las políticas impuestas y las consecuentes desigualdades sociales que afectan nuestra vida cotidiana. Se calcula que desde el día que estallaron las manifestaciones, millones han salido a marchar en diversas ciudades del territorio nacional. Sólo el día 25 de octubre, dos millones de personas lo hicieron en Santiago, Valparaíso y Concepción, ante lo cual las grandes tiendas reaccionaron cerrando parcialmente, inseguros frente al acoso de los manifestantes, disminuyendo sus ventas de fin de año hasta en un 70% respecto a un año normal.

En rigor el “derecho a la ciudad” es un concepto acuñado por las ciencias sociales recogido posteriormente por la ONU. Frente a la tendencia a la mercantilización y privatización del suelo urbano para favorecer la circulación de mercancías, materias primas y mano de obra, se establece el derecho de los habitantes urbanos a opinar, decidir y co-crear la ciudad, haciendo de éste un espacio privilegiado de lucha. Hoy nuevamente en el centro del debate político: una ciudad entendida como escenario de construcción colectiva en la que participan diversas fuerzas e intereses sociales y, donde lo urbano surge producto de sus aspiraciones y necesidades.

Según quienes contabilizan personas en concentraciones, el índice medio de ocupación de suelo es de 1,5 personas por m2 cuando se encuentran en movimiento, de hasta 3 personas por m2 cuando se encuentran paradas y un máximo de 4 cuando ésta es más densa. Es decir, quienes salen a la calle comparten el espacio público -codo a codo y a una distancia propicia para darse la cara, mirarse y conversar- no sólo en marchas, sino también en asambleas barriales y/o comunitarias, sin ningún otro objeto y como único interés común que el de expresar y compartir afecciones, anhelos y el momento presente.

Estar o caminar tomándose la calzada junto a otros resulta extraño, pues normalmente la calle es más para vehículos que para personas. Con esta nueva perspectiva, vemos ahora cosas que antes no veíamos, abriéndose nuevos horizontes para la convivencia ciudadana.

No obstante, esta pérdida de la normalidad ha significado un cierto shock para la mayoría de nosotros que, llevados por nuestras conciencias salimos a defender nuestros derechos, dejando la comodidad de los antiguos hábitos.

En rigor el “derecho a la ciudad” es un concepto acuñado por las ciencias sociales recogido posteriormente por la ONU. Frente a la tendencia a la mercantilización y privatización del suelo urbano para favorecer la circulación de mercancías, materias primas y mano de obra, se establece el derecho de los habitantes urbanos a opinar, decidir y co-crear la ciudad, haciendo de éste un espacio privilegiado de lucha. Hoy nuevamente en el centro del debate político: una ciudad entendida como escenario de construcción colectiva en la que participan diversas fuerzas e intereses sociales y, donde lo urbano surge producto de sus aspiraciones y necesidades.

Conscientes de la precariedad de nuestros cuerpos, muchos de ellos abusados y dañados, vamos despertando y saliendo de la apatía individualista asumiendo la pérdida con empatía, reconstituyéndonos. La calle ha sido el lugar de los afectos y del encuentro de todos, independiente de la edad, condición social o género. Lentamente, el habitante consumidor ha devenido en un habitante ciudadano que va generando, en un ejercicio de inteligencia colectiva, nuevos vínculos con otros.

Marchar en líneas, repensando y resignificando los espacios de la ciudad, nos demuestra que nuestra conciencia no está en el cerebro, sino que está en el mundo y en nuestro cuerpo, tal como ya lo ha demostrado la neurociencia. Frente a la crisis socio-ambiental planetaria, el arte de proyectar la ciudad es más que un juego cartesiano de especialistas, es una marcha de co-creación entre todos y cada uno de los ciudadanos de una comunidad.

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