martes, 22 de septiembre de 2020 Actualizado a las 20:27

OPINIÓN

Autor Imagen

Lepras, cambios epocales y el fin de nuestra propia Edad Media

por 19 marzo, 2020

Lepras, cambios epocales y el fin de nuestra propia Edad Media
Tanto ayer como hoy, viejas y nuevas pestes vuelven a cambiar la faz del planeta y marcan el punto de inflexión sobre los hitos más significativos de nuestra historia. En nuestra cultura milenarista que le da un énfasis especial a las fechas que marcan los grandes cambios de ciclos, las pestes son en verdad las que han provocado los grandes cambios epocales y los fines de mundo. Ayer la peste bubónica y, hoy, tal vez el coronavirus asesine de un golpe nuestra propia Edad Media: la era del capitalismo salvaje.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Un gran historiador decía que “al final de la Edad Media la lepra desaparece del mundo occidental. En los márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se abren terrenos como grandes playas, en los cuales ya no acecha la enfermedad, la cual, sin embargo, los ha dejado estériles e inhabitables por mucho tiempo. Durante siglos, estas extensiones pertenecerán a lo inhumano”, espacios de confinamiento, exclusión por donde, hasta hoy, deambularán leprosos, locos, homosexuales, histéricas y anormales.

Desde esa época hasta ahora con la aparición del COVID-19, esos espacios se renuevan permanentemente “por medio de extraños encantamientos, una nueva encarnación del mal, una mueca distinta del miedo, una magia renovada de purificación y exclusión” (Michel Foucault), que tienen a la población mundial y local en estadio de histeria colectiva –si no me cree, de una vuelta por un supermercado– y acechan periódicamente a la especie humana, trasformando en una pesadilla real el famoso cuadro El jardín de las delicias de El Bosco o La nave de los necios de Sebastian Brant, con todos sus miedos, pesadillas e infiernos.

Obras creadas en paralelo a la desaparición de la peste negra que había azotado a Europa durante mucho tiempo y que, como se sabe recientemente, se habría originado –tal como ocurre hoy con el COVID-19– en Asia, debido a otro roedor, el gerbilino o gerbillo.

Y es que las pestes, aparte de toda la parafernalia y del pánico general que provocan, de los discursos médicos que generan y de las decisiones políticas que se implementan casi siempre, desaparecen más por las medidas de exclusión y segregación que acompañan su puesta en escena que por las prácticas médicas o los discursos cientificistas.

Por cierto, las medidas gubernamentales en todas partes del mundo son un tercio en serio, otro tercio por si acaso y un fragmento similar puro provecho político, pensadas más en la propia contingencia que en la salud pública de la población. De más está decir que el actuar de esta administración anda por ahí cerca: dando palos de ciego y con un Presidente que hace vocerías cuando nadie ya le cree nada y ya nadie garantiza que sus palabras terminarán siempre produciendo el efecto contrario del que se deseaba comunicar.

El fin de las cruzadas a Oriente y la ruptura de los lazos con Asia –hoy China– seguramente son la explicación a que lentamente la lepra fuese desapareciendo de Europa como enfermedad.

Aunque no como espacio de exclusión. Serán nuevas pestes las que hasta hoy siempre cubren el sitio dejado por la lepra. La humanidad los requiere tanto, así como necesita a dios.

Es por esta razón que desde la Antigüedad se repiten las enfermedades y las pestes sin nunca acabar. La humanidad las demanda, requiere de estos espacios que producen desastres, generan vacíos y hacen girar en 180° las creencias, las formas de pensar y concluyen siempre transformando épocas.

Se sabe que, en general, se producen por el inagotable esfuerzo humano por ocupar espacios y ecosistemas donde antes no se había llegado. Así ocurrió con la peste negra (la expansión comercial a Asia y las Cruzadas), la fiebre amarilla, el sida (monos de África), el ébola, el ántrax, la fiebre porcina y, ahora, el coronavirus. La peste está de nuevo de vuelta entre nosotros para recordarnos lo febles que somos como especie y los límites y contornos de nuestro saber.

Entonces, cuando sin límites continuamos deforestando el planeta, cuando la urbanización y los proyectos inmobiliarios se expanden sin pausa, cuando la industrialización desenfrenada consume recursos y destruye el medioambiente, se les ofrece a muchos microbios la oportunidad para alcanzar el hábitat del ser humano y, allí, adaptarse y cobrar cuentas pendientes con esta especie depredadora.

Lo que durante enero y febrero no era más que una noticia y una calamidad distante, motivo más bien de burlas que solo alcanzaba para memes, chistes, bromas en las redes sociales, se nos ha devuelto como un búmeran y ahora los memes que circulan por WhatsApp son diametralmente opuestos: transmiten miedo, instalan el pánico y generan susto e inseguridad. Hay algunos que incluso ya piden cadenas de oraciones, las que hay que distribuir a menos que te quieras condenar. Y es que la muerte ha golpeado ya nuestra puerta y parece querer quedarse con nosotros.

Seguramente, como resultado de esta pandemia, morirá en el mundo gente que en cifras se verá muy alta, pero que en comparación al total de la humanidad no será un número considerable.

Por cierto, las medidas gubernamentales en todas partes del mundo son un tercio en serio, otro tercio por si acaso y un fragmento similar puro provecho político, pensadas más en la propia contingencia que en la salud pública de la población. De más está decir que el actuar de esta administración anda por ahí cerca: dando palos de ciego y con un Presidente que hace vocerías cuando nadie ya le cree nada y ya nadie garantiza que sus palabras terminarán siempre produciendo el efecto contrario del que se deseaba comunicar.

Entre todas las locuras que producirá el virus, está la de aquellos que creen que el flagelo les permitirá retomar el control de una agenda pérdida hace ya medio año. Y es que ya llegó la peste, ya convive con nosotros y parece que quiere quedarse.

Y, sin embargo, las medidas más efectivas, como ya lo señalamos antes, parecen ser las mismas que se estrenaron con la peste bubónica: el aislamiento y el encierro, mientras se gana tiempo en búsqueda del antídoto que nos sacará de este infierno.

Occidente: de peste en peste

Pero no todo es malo. La lepra supuso el fin de la Edad Media, de los señores feudales, el peso desmedido de la Iglesia en la vida mundana y, por otro lado, el ascenso de la burguesía, el resurgimiento de las ciudades, el desarrollo de las ciencias y de la técnica, el impulso del pensamiento racional, los descubrimientos geográficos y el surgimiento de la consciencia del yo. Todos, caminos que nos han conducido hasta donde hemos llegado hoy, entre otros aspectos.

La lepra puso fin al mundo feudal e hizo que la humanidad, europea particularmente, ingresara en un estadio de desarrollo. El del predominio de la burguesía, el Estado nación, la democracia, el capitalismo en sus diversas versiones y que, tal vez, se esté comenzando a cerrar recién como ciclo con la irrupción del coronavirus: el mundo del capitalismo, el de la conquista del planeta y el de la explotación irracional de los recursos naturales.

El coronavirus, tal vez, sea la antesala del fin del planeta en que crecimos, vivimos y moriremos: el de un mundo desregulado, de la crisis medioambiental y el del cambio climático, el de las ciudades basura, de la amenaza permanente del colapso total, de la importancia desmedida del peso del dinero, incluso de la globalización y, por cierto, el fin del neoliberalismo y del capitalismo salvaje, tal cual como lo sufrimos y padecemos ya por décadas en Chile.

Tanto ayer como hoy, viejas y nuevas pestes vuelven a cambiar la faz del planeta y marcan el punto de inflexión sobre los hitos más significativos de nuestra historia. En nuestra cultura milenarista que le da un énfasis especial a las fechas que marcan los grandes cambios de ciclos, las pestes son en verdad las que han provocado los grandes cambios epocales y los fines de mundo. Ayer la peste bubónica y, hoy, tal vez el coronavirus asesine de un golpe nuestra propia Edad Media: la era del capitalismo salvaje.

Después de esta peste el mundo, en especial el occidental, ya no volverá a ser el mismo. Si las protestas en Chile han dado paso a una incipiente economía de autogestión que se desarrolla en torno al GAM y la zona cero, el COVID-19 podría acabar con la globalización, el transporte tradicional, la economía neoliberal, las industrias trasnacionales, y hasta con el modelo económico extremo, como lo ha sido el neoliberalismo.

La arista chilena de las pandemias

El que el domingo 15 de marzo, por la noche, hubiese sido la propia ciudadanía puntarenense la que impidió la bajada de turistas desde un crucero a la ciudad, da cuenta de lo ordenada que es la gente cuando se trata de temas complejos. Así como en 1988, cuando se derrotó a una dictadura feroz nada más que con un lápiz y una raya, da cuenta del nivel de compromiso, organización y disciplinamiento de los chilenos cuando les toca vivir tiempos límites.

Según Gabriel Salazar, “el bajo pueblo” posee, ante el abandono permanente, una larga historia de solidaridad colectiva, creación y organización para enfrentar las dificultades que genera el Estado oligárquico y nuestra historia republicana está llena de ese tipo de iniciativas populares: las mancomunales, cooperativas, sindicatos, ollas comunes, el “comprando juntos” y otras decisiones para enfrentar el hambre, como hoy que están en boga miles de iniciativas de economía solidaria y cooperativa, incluidos los comerciantes ambulantes, para enfrentar los males de la desigualdad y la colusión.

Aún recuerdo que a comienzos de la transición nos asoló el cólera y el país, en apenas dos meses, pudo controlar el mortal virus que en muchos países sudamericanos hasta el día de hoy sigue sin erradicarse definitivamente. Por años, los restaurantes siguieron ofreciendo solo ensaladas cocidas y fue recién el inicio del boom de la comida peruana, ya a comienzos del 2000, el que repuso entrantes con ingrediente sin cocer, como el ceviche, y lentamente reaparecieron las ensaladas crudas.

Por cierto, a diferencia de hoy, eran otros gobiernos y otros los tiempos en que había autoridad.

Ya en torno al coronavirus, hemos estado viendo acciones de ese tipo y sin que medie autoridad alguna, los chilenos –a veces con medidas exageradas– se autoimponen decisiones que, en este caso colectivamente, contribuyen más que las que determinan las propias autoridades para paliar los efectos nefastos que seguramente tendrá esta pandemia sobre la vida de muchos chilenos y chilenas. Prueba de ello es que el Colegio Médico ha generado las propuestas más sensatas, que uno hubiese esperado de la autoridad pública, y en nuestros trabajos las mujeres la llevan en torno a la protección de los suyos ante esta crisis sanitaria.

Para algo bueno que sirva alguna vez nuestro disciplinamiento social, que nos hace aguantar situaciones injustas durante casi cada 30 años, pero que también nos ayuda a sortear pandemias, como la que acaba de aterrizar en nuestro suelo.

Epílogo: y la banda siguió tocando

Así como los chilenos nos hemos acostumbrado a convivir con terremotos, la humanidad debería acostumbrarse a vivir con un tema tan antiguo como la prostitución misma: las pestes.

Han estado presentes en toda nuestra historia como civilización, nos han asolado siempre al punto que en determinados momentos de nuestra historia estuvieron cerca de acabar con la especie. Han aparecido en los más diversos y disímiles estadios de desarrollo –época antigua, medieval, tiempos modernos, época contemporánea– y ni la propia historia americana se eximió de las mismas: se sabe que las enfermedades y virus que traían los invasores españoles resultaron más letales para la población autóctona que las propias guerras de conquista.

Por tanto, en particular con una especie depredadora como la nuestra, que no tiene límites, deberemos acostumbrarnos, y parece que cada vez con mayor frecuencia, a este flagelo que también genera, como ya hace tiempo lo demostró Foucault, espacios de exclusión y confinamiento que, una vez que la pandemia desaparece por un tiempo, son cubiertos por otros símbolos, llámense locura, homosexualidad, raza, etnia o continente.

No deberemos sorprendernos en el futuro de que cada vez, si seguimos haciendo lo mismo, de manera más continua, reaparezcan lepras de todo tipo. Desde la irrupción del sida a mediados de los 80 del siglo pasado, son ya casi una decena de plagas modernas las que han asolado a la humanidad y hemos sobrevivido.

El coronavirus nos ha recordado que aún vivimos en el medioevo y, como en aquella época, seguimos dando palos de ciego mientras recurrimos a la exclusión y el confinamiento para intentar frenar la peste. En paralelo, rogamos a dios que nos perdone y acabe con la plaga, cuando parte de la solución definitiva es poner fin al neoliberalismo o capitalismo salvaje que la ha multiplicado.

Ojalá, una vez pasados sus efectos más letales, y a diferencia de las veces anteriores, aprendamos a ser un poco más humildes como especie. O, pronto, estaremos de nuevo en otra alarma sanitaria mundial, con virus cada vez más robustos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV