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La fiesta de los robots (o cómo los CEOs se están quedando sin invitados) Opinión Archivo

La fiesta de los robots (o cómo los CEOs se están quedando sin invitados)

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Rodrigo Rettig
Por : Rodrigo Rettig Abogado, Magíster Política y Gobierno, UDP.
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Un mercado sin consumidores no es un mercado, sino un museo de eficiencia inútil. Si la IA destruye el poder adquisitivo, las acciones de las empresas valdrán lo mismo que un billete del Monopoly.


Hay una escena clásica en los dibujos animados donde el personaje corre hacia un  precipicio y, por unos segundos, sigue pedaleando en el aire. Solo cae cuando mira hacia  abajo. El sector empresarial chileno y global está hoy en ese preciso instante de suspensión, pedaleando una IA que promete eficiencia infinita mientras el suelo de la demanda agregada ha desaparecido.

Un reciente y demoledor estudio de investigadores de la Universidad de Pensilvania y la de Boston, titulado The AI Layoff Trap (La trampa de los despidos por IA), acaba de ponerle matemáticas a lo que muchos sospechábamos: estamos ante un suicidio colectivo coordinado.

El argumento es de una ironía deliciosa. Resulta que la empresa que reemplaza a sus contadores, analistas y creativos por una IA está tomando una decisión “racional” desde su Excel individual: baja costos, aumenta márgenes y sobrevive a la competencia. Pero, y aquí viene el detalle que los departamentos de Recursos Humanos parecen olvidar, esos empleados eran también los clientes de alguien más. Si todos hacen lo mismo al mismo tiempo, el mercado se queda sin compradores. Es el capitalismo canibalizándose a sí mismo en nombre de la optimización.

Para mis amigos de la derecha más ortodoxa, esos que ven en cualquier intervención estatal un paso previo al gulag, este estudio es un balde de agua fría. Los autores  demuestran que no habrá “mano invisible” que nos salve. El mercado, dejado a su  suerte, se queda atrapado en lo que llaman el Efecto Reina Roja”, es decir, que las empresas corren  cada vez más rápido para automatizar solo para quedarse en el mismo lugar, con una diferencia: el mundo exterior está ahora lleno de gente que ya no tiene sueldo para comprar sus productos.

El paper es taxativo: ni la reconversión laboral (el eterno mantra del upskilling), ni el reparto de utilidades, ni siquiera la Renta Básica Universal por sí sola logran alterar el incentivo perverso de la empresa individual para seguir reemplazando humanos. ¿La  solución que propone la fría matemática académica? Un impuesto pigouviano a la automatización. Sí, leyó bien: un impuesto por cada tarea humana eliminada.

Aquí es donde los políticos deberían dejar de pelear por el color de la corbata y sentarse a mirar los números. No se trata de “sensibilidad social” o de una epifanía solidaria de los gremios. Se trata de supervivencia contable. Un mercado sin consumidores no es un  mercado, sino un museo de eficiencia inútil. Si la IA destruye el poder adquisitivo, las acciones de las empresas valdrán lo mismo que un billete del Monopoly.

Los políticos de la derecha se enfrentan a un dilema existencial. Pueden seguir abrazados al dogma de que el Estado no debe intervenir en los procesos de producción, que los  impuestos son un robo (tan de moda últimamente ) o pueden aceptar que, ante una externalidad tan masiva, el Estado es el único capaz de evitar que el sistema colapse por falta de “combustible” (dinero en los bolsillos de la gente).

El estudio citado nos advierte que la IA no es una simple herramienta de productividad. Es un cambio de reglas del juego que hace que las soluciones tradicionales se vuelvan obsoletas. Si no internalizamos el costo social de la automatización, terminaremos con empresas increíblemente rentables en un mundo de clientes insolventes.

Es hora de entender que el impuesto a los robots no es un ataque al capital, sino su último salvavidas porque, al final del día, una IA podrá escribir este artículo, podrá gestionar su logística y podrá optimizar su cadena de suministro, pero hay algo que, por  ahora, una IA no puede hacer: ir al mall y comprarse unas zapatillas. Para eso, todavía, necesitamos humanos con sueldo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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