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OPINIÓN

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La ecuación del COVID-19 es distinta: ni cañones ni mantequilla

por 11 mayo, 2020

La ecuación del COVID-19 es distinta: ni cañones ni mantequilla
Como dice John Gray, la cuarentena es una oportunidad para renovar las ideas y evitar que, bajo los efectos del “capitalismo del shock” del que habla Naomi Klein en su libro, los defensores del sistema –gobiernos ultraliberales, fondos especulativos, empresas transnacionales, gigantes digitales– manipulen la crisis y consoliden su dominación. La otra salida, por la cual habrá que pelear, es la de un liderazgo político que arregle las fallas estructurales políticas, económicas, sociales y medioambientales del sistema mundial y la globalización. Aquí, como dice Ignacio Ramonet, el concepto de “seguridad nacional” debería incluir, a partir de ahora, la redistribución de la riqueza, una fiscalidad más justa para disminuir las brechas y las obscenas desigualdades, y la consolidación del Estado de bienestar, capacidad de anticipación, entre otros.
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Aunque nadie que no estuviera en el campo profesional de la virología –incluyendo a aquellos que trabajan en la guerra bacteriológica en su versión más cruda– veía o quería ver venir la pandemia del coronavirus (COVID-19) y sus efectos negativos de impacto multidimensional global, esto no deja de ser más que la crónica de una gran crisis de seguridad anunciada que inhibe cualquier retorno absoluto a la llamada normalidad anterior.

Más allá de los avances en los estudios de la virología desde la peste Antonina (168-180) y sus cinco millones de muertos, pasando por la Peste Negra, Viruela, Gripe Española hasta las más modernas, como las Asiática y de Hong Kong, el VIH-SIDA, Aviar, Porcina, el SARS, MERS, Ébola, las tendencias interpeladoras que nos hacían cuestionarnos y/o restarle relevancia a la disyuntiva del profesor Samuelson, entre “cañones o mantequilla”, ya estaban presentes en este mundo “hiperglobalizado” al manifestarse la necesidad urgente de una nueva ecuación más inclusiva y armónica para el desarrollo, muy distinta a la de acumulación de recursos y capacidades de un mercado desenfrenado y sin control democrático, como dice el doctor en Ciencias Sociales Alejandro Horowicz (El País, 02/05/2020).

Precisamente, Richard Haass, exdirector de Planificación de Políticas para el Departamento de Estado y presidente del Council of Foreign Relations, le da base a este argumento en un artículo de Foreign Affairs (07/04/2020), al sostener, respecto al COVID-19 y sus efectos, que “mi argumento es que, a pesar de todo esto, no necesariamente va a ser un punto de inflexión en relaciones internacionales, porque muchas de las tendencias ya existían antes de que el virus nos impactara. Entonces lo que creo que va a pasar es que las tendencias que existen van a tomar más velocidad y volverse más pronunciadas y dominantes. La historia se va a acelerar” (BBC, 22/04/2020).

Dentro de las tendencias que “acelerarán la historia”, más allá de la crisis sanitaria y parafraseando un artículo del diario El Mundo (29/12/2019), que las denominó las 3D (yo agregaría una cuarta), encontramos, en primer lugar, la existencia de un mundo Desorientado tras el cambio exigido por millones de ciudadanos movilizados en calles de medio planeta a la totalidad del sistema mundial; personas levantando fuertes interpelaciones a sus gobiernos por un nuevo contrato social (una suerte de New Deal) que garantizara más armonía, más inclusión, una seguridad base y cierta prosperidad en sociedades con cimientos muy deslegitimados, para no decir francamente quebrados. Y en esto hablamos de escenarios muy diversos y no solo de estados semifallidos o regímenes autoritarios (Irán, Irak, Sudán o China), sino que esta rebelión de los de abajo y/o no incluidos(as) también estalló en democracias plenas, las que en ninguna de sus fórmulas, dado el actual paradigma de desarrollo, ofrecían respuestas satisfactorias (Francia, Chile, Colombia, Ecuador, etc.).

“Zarandeados como nunca en tiempos de paz, no han sabido estar a la altura del descomunal desafío. Ni asumir una de sus principales competencias constitucionales: la responsabilidad de proteger a su población”, como nos dice Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique, 04/2020), estos liderazgos se convierten en factores amplificadores de la crisis cuando, no importando su signo y/o legitimidad (dictadores, gobiernos autoritario-conservadores, populismos, de liderazgos desgastados), usan la amenaza del COVID-19 para fortalecer el control de la sociedad a través de estados de excepción que limitan la libertad con toques de queda y el uso de las FF.AA. y de seguridad.

Anulan con el miedo de la pandemia a la oposición política y limitan el contrapeso del Congreso al presionarlo para aprobar leyes “exprés” (por ejemplo, paquetes económicos que ayudan a las empresas y chorrean a los demás o para suspender actos electorales), enrejan la libertad de información al alinear en esta "seudoguerra” a los medios de comunicación con la versión oficial, por muy porosa que esta sea pero eficaz en función de la disciplina y control nacional. Claramente, con el COVID-19, los voceros oficiales (presidentes, ministros o autoridades locales oficialistas) han copado los espacios comunicacionales e impuesto un discurso hegemónico de limitaciones y orden como modelo exitoso, modelo que se contradice con otros igualmente exitosos pero sin duda más democráticos o prospectivos en términos legitimadores, como lo son los de Costa Rica, Portugal y Nueva Zelanda (este último llegó a un par de días con cero contagio), por ejemplo.

La segunda gran D que se traslada al 2020, es la Desigualdad, medida en el  acceso de países y sectores nacionales a los frutos y usos de la Cuarta Revolución Industrial y de una revolución tecnológica que ya nos hace hablar de una Quinta Revolución (la de la superinteligencia artificial, que será difícil de entender para los seres humanos), la que difuminará las fronteras entre lo real y lo virtual con la robótica, nanotecnología, el genoma humano y su reprogramación, entre otros, y que abrirá paso no solo hasta rincones antes impenetrables de la biología humana sino que también en la multidimensionalidad de la ecuación espacio-tiempo. Al final, sin duda, se convertirá en un tema de dominio y poder, donde sin duda estará en juego la autodeterminación, libertad e intimidad de las personas. El COVID-19 es la primera enfermedad global contra la que se lucha digitalmente (inteligencia artificial, cámaras, big data) y eso conlleva riesgos claros para el libre albedrío.

Este impensable cambio científico-tecnológico, además, acelera entre los países y dentro de ellos la tercera D, es decir una Desincronización en los ritmos de desarrollo y de acceso a bienes producidos entre los diferentes estratos sociales (leamos una ampliación de las brechas de oportunidad) y no solo a nivel digital. Ahí está, por ejemplo, el Índice de Pobreza Multidimensional de la ONU 2019, que mira más allá del ingreso monetario y muestra cómo la pobreza es la experiencia de enfrentar carencias múltiples y simultáneas, tales como la falta de acceso a los servicios de salud, a un trabajo digno o la exposición a la violencia, entre otros, lo que hace el concepto tradicional de pobreza obsoleto al etiquetar los países, personas u hogares como ricos y pobres sobre la base de una simplificación económica. Este informe (Noticias ONU, 11/07/2019) dice que de los 101 países estudiados, 1.300 millones de personas viven en la pobreza multidimensional (23,1% de su población). Y esta pobreza no se limita a países de bajos ingresos, al vivir unos 886 millones de ellos en países de renta media y 440 en los de renta baja.

Seguramente los más de 272 millones de personas que migraron a nivel global o los más de 50 millones que migraron dentro de su país en 2019 por conflictos armados, desastres naturales o para buscar un mejor futuro (El País, 28/04/2020), son parte del “darwinismo social” que acuño el filósofo Michael Sanders y que ha sido develado con crudeza por el COVID-19, más aún si son mujeres que necesitan al ritmo actual de progreso 99,5 años para cerrar la brecha de género en la política, la economía, la salud y la educación, de acuerdo al Informe global de la brecha de género 2020 (World Economic Forum, 13/12/2019).

El caso del hambre aguda es otro ejemplo de esta brecha. A partir de la tercera de cinco fases que tiene, la situación es grave: es decir, desde gente que no tiene acceso a alimentos, sufre desnutrición y tiene que deshacerse de sus medios de vida para comer, hasta la muerte por inanición. En 2019 había 135 millones de personas en esta inseguridad alimentaria extrema en 55 países, según un informe del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU y con el COVID-19 estos podrían duplicarse (El País, 22/04/2020). Pero como ya decía la FAO en 2011, el problema no es la falta de alimentos sino su distribución y desperdicio (1/3 de la producción total). Eliminar esto es una de las metas de la Agenda 30/30 de la ONU.

En medio de la caída desde una desaceleración de la economía global del 2019 (registró un 2,3% como resultado de las disputas comerciales y una desaceleración en la inversión doméstica) a una crisis peor que la de 1929 en tiempo y profundidad con el COVID-19 y que puede llevar a más de 500 millones a la pobreza, se manifiesta la cuarta D: la Destrucción de los ecosistemas con el calentamiento global. El cambio climático y sus consecuencias se están acelerando y los desastres relacionados con el clima se siguen acumulando una temporada tras otra.

Petteri Taalas, secretario general de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), al presentar su informe anual sobre el clima global (diciembre de 2019), dijo que “la situación está empeorando”, describió la última década como de calor excepcional a nivel mundial y concluyó que “es más urgente que nunca proceder con acciones de mitigación” (The New York Times, 06/12/2020). Sin embargo, los compromisos de los países (particularmente de los más contaminantes) dejan mucho que desear de acuerdo a la vigésimoquinta edición de la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas (ONU) sobre el Cambio Climático (COP25), entre ellas, la regulación de los mercados de carbono como gran deuda.

Ante este contexto de las 4 D, acelerado por el COVID-19, John Gray, filósofo-político británico, ha llegado a decir que la era del apogeo de la globalización (desenfrenada, agrego yo) ha llegado a su fin. Argumenta que “un sistema económico basado en la producción a escala mundial y en largas cadenas de abastecimiento se está transformando en otro menos interconectado, y un modo de vida impulsado por la movilidad incesante tiembla y se detiene. Nuestra vida va a estar más limitada físicamente y a ser más virtual que antes. Está naciendo un mundo más fragmentado, que, en cierto modo, puede ser más resiliente”. En todo caso, aclara que esto no significará pasar a un localismo a pequeña escala, ya que la población es demasiado numerosa para que la autosuficiencia local sea viable y la mayor parte de ella no está dispuesta a regresar a las comunidades pequeñas y cerradas (El País, 12/04/2020).

En todo caso, no tenemos certeza del comportamiento futuro del mundo si miramos variables como el aislacionismo que adoptaron muchos países ante el COVID-19 y que seguro tendrá repercusiones en las futuras agendas de seguridad de los mismos (pensemos en la producción  de ventiladores mecánicos u otros implementos para combatir pandemias, por ejemplo). Fortalecen esta línea fragmentaria los previsibles cambios de los patrones del consumo producto de las inseguridades y carencias, las presentes disputas hegemónicas globales (EE.UU.- China) e incluso la crisis de un multilateralismo y sus organizaciones que no están dando el ancho para garantizar la paz y seguridad internacional (la propia ONU y su Consejo de Seguridad, por ejemplo). Por último, está el auge en el último tiempo de una camada de líderes con posturas populistas y/o nacionalistas, como Trump (y su “America first”), Boris Johnson y su Brexit, Bolsonaro y su negacionismo evangélico-militar, Duterte y su gusto por la violencia, Putin, Modi o Xi Jingping.

Pero todo ello se da en un momento en que la agenda de amenazas, por su trascendencia más allá de las fronteras (globalidad), más que nunca necesita de un multilateralismo y cooperación internacional reforzada y de una soberanía inteligente, por ejemplo, para tratar el calentamiento global, tal como lo ha expresado en innumerables oportunidades el Secretario General de la ONU, António Guterres.

Sin embargo, y en vez de apostar por un multilateralismo fuerte y democrático, por políticas públicas que resuelvan las necesidades básicas de las personas, como la salud, una vez más vemos decisiones más propias de la Guerra Fría, como que el gasto militar mundial subió un 3,6 % en 2019 hasta 1,92 billones de dólares, el mayor aumento interanual desde 2010, impulsado por Estados Unidos (38% del total) y en menor medida por la República Popular China, según un informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Esa cifra supone el 2,2 % del Producto Interior Bruto (PIB) global y un gasto medio de 249 dólares por persona, consolidando la tendencia alcista en el gasto mundial registrada desde 2015, después de una caída entre 2011 y 2014 por la crisis financiera y otros (La Vanguardia, 27/04/2020).

Sin duda que todo esto redundará en una mayor incertidumbre futura. Pero sea cual sea el resultado de esta contradicción dialéctica, es decir, entre lo que plantea Gray, respecto a que no volverá la “hiperglobalización” económico-financiera tal como la conocemos, o una alternativa que plantea el realismo político donde las fuerzas conservadoras del “mercado” tratarán de resguardar la antigua normalidad a como dé lugar, como lo expresa el historiador británico Neal Ascherson (esta pugna ya se ha visto entre las posturas sanitarias y las económicas), Ignacio Ramonet nos recuerda datos que dan luces de un posible cambio. Dice: “Ahora se habla abiertamente de nacionalizar, de relocalizar, de reindustrializar, de soberanía farmacéutica y sanitaria… (agregando) que los gobiernos que ahorraron gastos en los últimos años recortando los servicios de salud, ahora gastarán mucho más a causa de la epidemia”.

Incluso más, ahí está el ejemplo del enorme cambio de Boris Johnson al desechar la ortodoxia económica o las declaraciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), uno de los puntales del actual sistema económico-financiero internacional, que ha recomendado a las economías avanzadas fomentar la migración, incrementar la progresividad de los impuestos sobre la renta (algo otrora solo pensado por comunistas y socialistas) y aumentar los impuestos a las herencias como medidas para hacer frente a la próxima crisis y lograr un crecimiento económico más equitativo (Europa Press, 10/04/2020).

El coronavirus no solo ha dejado al descubierto los fracasos y puntos débiles de un dominio global que no tiene ninguna forma de control democrático, sino que se ha instalado como una amenaza a la seguridad nacional y, particularmente, a la seguridad humana (cesantía por quiebre o limitación de fuentes de trabajo, más pobreza y hambre, e incluso más inseguridad con un aumento de la delincuencia, como lo expresa Jorge Zepeda –El País, 30/04/2020–).

La duración y la profundidad de la crisis, dice la ONU, dependerán de cuatro variables: cuán lejos y cuán rápido se propagará el virus, cuánto tiempo pasará antes de que se encuentre una vacuna y qué tan efectivos serán los encargados de formular políticas para mitigar el daño a nuestra salud y a nuestro bienestar físico y económico. Y añade que la incertidumbre que rodea a cada una de estas variables se suma a la sensación de ansiedad de los individuos, que es una cuarta variable que determinará los resultados de la crisis (Noticias ONU, 09/03/2020), es decir, ¿qué pasará cuando estas sociedades dóciles, silenciosas y controladas salgan de la cuarentena? Sin satisfacer las falencias y demandas, la suposición factible es: nuevas protestas.

Como dice John Gray, la cuarentena es una oportunidad para renovar las ideas y evitar que, bajo los efectos del “capitalismo del shock” del que habla Naomi Klein en su libro, los defensores del sistema –gobiernos ultraliberales, fondos especulativos, empresas transnacionales, gigantes digitales– manipulen la crisis y consoliden su dominación. La otra salida, por la cual habrá que pelear, es la de un liderazgo político que arregle las fallas estructurales políticas, económicas, sociales y medioambientales del sistema mundial y la globalización, y dé cuenta de las cuatro D. Aquí, como dice Ramonet, el concepto de “seguridad nacional” debería incluir, a partir de ahora, la redistribución de la riqueza, una fiscalidad más justa para disminuir las brechas y las obscenas desigualdades, y la consolidación del Estado de bienestar, capacidad de anticipación, entre otros.

La pandemia del coronavirus, con su crisis sanitaria, ha sido un develador de las falencias de la globalización y un acelerante de las tendencias interpelativas ya existentes al sistema mismo. Por lo mismo, va a ser muy difícil un retorno al antiguo orden.

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