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OPINIÓN

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La deuda de Matamala, la politización de Farkas y la enfermedad política de Piñera

por 9 julio, 2020

La deuda de Matamala, la politización de Farkas y la enfermedad política de Piñera
La única posibilidad efectiva de alcanzar los acuerdos y reducir el nivel de fragmentación pasa por asumir estratégicamente las demandas de cambio enarboladas por los movimientos sociales durante los últimos años y que cuentan con respaldo considerable por parte de la población. La opción por el Apruebo a una nueva Constitución y el rescate del 10% del sistema de las AFP alinearon a las fuerzas de oposición e intensificaron la división de las fuerzas oficialistas. Más claro, echarle agua.
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No es santo de mi devoción. Tampoco diablillo de mis desvelos. Sin embargo, nadie puede discutir que el periodista Daniel Matamala –más allá de esta “matamalesca” introducción– se ha transformado en una especie de experto en demarcar la cancha donde se juegan clivajes esenciales de la disputa política a nivel nacional. Su connotada columna dominical en La Tercera ha dado claras pruebas al respecto.

La pluma de uno de los periodistas más influyentes de Chile, se apruebe o se niegue, maneja la capacidad de poner en aprietos las tácticas de un gobierno e incluso poner en jaque la política económica de las grandes fortunas, tal como sucedió con la apuesta de Horst Paulmann por acogerse a la mal llamada Ley de Protección al Empleo en días en que la junta de accionistas del holding definía el suculento reparto de utilidades de empresa correspondiente al año 2019. Gran momento además para estrenar la promisoria figura que llegaba al directorio de Cencosud; nada más ni nada menos que el exministro de Hacienda de Sebastián Piñera, Felipe Larraín. Simplemente, hermoso.

La columna de Matamala ayudó en aquella oportunidad a incendiar la pradera virtual, elevándose críticamente sobre la ola del descontento social, hoy bajo estado de excepción, pero que aun así se las arregla para desplegar focos de protesta que, no está de más consignar, produjeron “alteraciones al orden público” en 26 comunas del país, según un informe policial durante las jornadas del 2 y 3 de julio que finalizaron con medio centenar de detenidos en todo Chile y la muerte de un joven haitiano que participaba de las protestas en Melipilla, hecho aún por esclarecer y de escasa difusión noticiosa.

Como buen estudioso que es, en aquella oportunidad Matamala juntó las piezas del puzle, incorporó los mejores datos económicos, además de la dura crónica de algunas desempleadas de tiendas Paris, trazando el cuadro de las desigualdades sociales con una narrativa punzante y, como quien dice, “al hueso”. “Perfectamente Legal” sería el título de una columna que se convirtió en el “tiro de gracia” de una medida que puso en aprietos a uno de los más representativos “dueños de Chile”.

Y es que, a pesar de que es perfectamente legal la podredumbre de la clase trabajadora enfrentada a las suculentos privilegios que obtiene la elite político-empresarial en este país, poner el tema en el centro de la agenda política cuando nos encontramos en medio de la peor crisis política, sanitaria y económica de las últimas décadas, es algo que agita el ambiente y hace trastabillar incluso a los “peces gordos”. En ese entonces, Matamala nos recordaba lo que sucede “detrás del telón del poder” y en el más íntimo espacio existencial de las trabajadoras que echan a andar los engranajes económicos del país:

“Esta desigualdad, entonces, no es 'natural', 'normal', ni fruto de alguna inexorable regla. Es una anomalía causada por una estructura de poder que la sostiene. Opera mediante hilos invisibles, lobbys ocultos, puertas giratorias entre los grupos económicos y el poder político, herméticas discusiones regulatorias y complicadas estrategias para eludir el pago de impuestos. Excepto en ciertos raros momentos en que esos hilos se vuelven visibles para todos. Momentos como este Día de los Trabajadores, cuando Patricia se queda sin su sueldo, mientras ve cómo ese mismo día ese dinero se reparte por cientos de millones de dólares en la cúspide del poder económico”.

Tan bien pintado se encuentra el cuadro por Matamala, que hasta podría uno imaginarse que no es sino la difamada “lucha de clases” la que se presenta ante nuestros ojos.

Qué duda cabe, el periodismo investigativo juega un rol fundamental para un mejor funcionamiento de las sociedades democráticas. Y el ejemplo más virtuoso de aquello es el trabajo que ha desarrollado Alejandra Matus en el contexto de la pandemia, quien ha dado una imponente lectura crítica a los contradictorios reportes emanados por el gobierno central.

Deudas, Clase Media, NO + AFP

Con todo, el domingo pasado el bueno de Matamala lo hizo de nuevo. Es poco probable que esta vez la columna de Matamala agite las aguas de la shitstorm virtual para volver a embetunar en “mierda digital” a más de alguna figura político-empresarial de tonelaje estratégico dentro del campo de la disputa política nacional. Sin embargo, mientras los cuerpos de reportajes de los principales pasquines domingueros se entretenían con la intensa fractura interna que viven los partidos políticos oficialistas y el Gobierno, Matamala, como buen estudioso que es, marcó nuevamente la cancha de una disputa política crucial para el presente y futuro de nuestro país, cuestión que puso en el centro de su última columna titulada: “Deudas”.

Podría incluso decirse que la columna de Matamala diseñó la “camisa de once varas” en la que se metió Sebastián Piñera y su Gobierno, cuando el Presidente anunció horas más tarde su “Plan de Protección para la Clase Media”, un plan de cuatro medidas centrado principalmente en la otorgación de créditos y facilidades de pago. La propuesta estalló de inmediato. “Gobernar es endeudar”, se alza como una de las tantas “chapas” que nos dejan los “tiempos mejores”.

El propósito de Piñera con esta apuesta era “matar dos pájaros de un tiro”, dando respuesta a los escasos beneficios que ha recibido la clase media en medio de la pandemia, por un lado, e intentando cerrar la discusión en torno al proyecto levantado por algunos parlamentarios de oposición tendiente a recuperar el 10% de los fondos previsionales en manos de las AFP, por el otro.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Piñera fracasó en ambos objetivos. En vez de “matar dos pájaros de un tiro”, cimentó el debate en torno a dos asuntos estratégicos fundamentales para nuestro país.

Piñera volvió a instalar en el centro del debate el cuestionado sistema de las AFP desde una inflexible defensa corporativa, que no ha dejado indiferente ni al ministro de Hacienda ni al propio Presidente. El fin del sistema de las AFP llama a la puerta, respaldado por un movimiento como el No + AFP que ha presentado históricamente una negación absoluta del sistema y la promoción de un nuevo sistema de reparto.

Puede sonar a chacota, pero cuando un empresario como Leonardo Farkas se pasa al bando de los oprimidos posicionándose en contra del sistema de la AFP, tenemos un plus que es algo más que la mera apuesta astuta de un icónico empresario envuelto en oro rizado. Hablamos de un cambio de subjetividad que ha terminado cayendo por su propio peso ante la maduración y putrefacción de un modelo neoliberal completamente en entredicho con la crisis económica en curso y por el avance de una victoria social que es profundamente ideológica, al menos en el siguiente sentido: tal como la Constitución de Pinochet se ha vuelto profundamente ilegítima, el sistema de las AFP también ha llegado a serlo.

La derecha pierde el consenso en torno a las matrices reproductivas del modelo. La estructura explicativa es la misma que se reveló tras el estallido del 18-O. Si no, ¿cómo se explica entonces que los más conservadores diputados de las fuerzas de oposición –democratacristianos y radicales incluidos, e incluso diputados de RN– entonaran los más incendiarios discursos en contra de las AFP en el contexto de las votaciones por la recuperación del 10%? Uno esperaría que esos mismos discursos se den cuando haya que tumbar el sistema. De lo contrario, pasarán a la historia como los más espectaculares registros de demagogia.

Y es que toda esta contradicción que surge entre la imposibilidad de sacar los ahorros previsionales en un escenario de catástrofe y la posibilidad de recurrir a la deuda en un país en el que las familias chilenas se encuentran endeudadas en más de un 75% de sus ingresos mensuales, resulta una combinación explosiva.

Matamala identificó este nudo, lo proceso y clarificó: “Es el drama [el de las deudas] el que vuelve tan popular la propuesta para retirar el 10% de los fondos de las AFP. Antes de hablar livianamente de 'populismo', hay que entender cómo, por cuatro décadas, los chilenos han escuchado que son los dueños de sus fondos de pensiones, mientras en la vida real deben pedir prestado a intereses exorbitantes para cubrir sus necesidades básicas […]. ¿Es de sorprenderse que la gente exija su dinero en vez de seguir acumulando créditos en condiciones leoninas?

"Mientras la ayuda estatal se focaliza en los sectores de bajos ingresos, se abre el debate sobre cómo ayudar a una gran proporción de la clase media que sigue de brazos cruzados y bolsillos vacíos. A trabajadores independientes con ingresos sobre los $100 mil por persona, el Estado les ofrece un crédito blando por hasta $650.000, y se espera el anuncio de un préstamo para las personas que extienda esa oferta.

"Como medida de emergencia puede ser razonable. El problema es que golpea en una herida ya sangrante: deudas sobre deudas. Así, puede convertirse en un nuevo símbolo de la impotencia de un Estado que niega prestaciones sociales básicas y, en cambio, se limita a ser un comprensivo prestamista. Que, para decirlo en una frase, no nos trata como ciudadanos, sino como clientes”.

Matamala, ha hecho bien su trabajo.

Farkas se ha pasado al bando de los oprimidos, ejemplificando la “victoria ideológica” de un sistema de capitalización individual que ha servido como sostén financiero de los grandes grupos empresariales.

¿Y Piñera?

La enfermedad de Piñera y el oficialismo

Piñera insiste en su enfermedad. La enfermedad a la que aludimos no es ningún caso de patología psicológica, más allá de los evidentes espasmos corporales que el Presidente presenta en público. El problema es otro. La enfermedad de Piñera y su Gobierno es estrictamente política y tiene que ver con su incapacidad de comprender y dar respuesta a un escenario de crisis que exige todo un cambio de paradigma.

Lo que vemos hoy día en el oficialismo e incluso en las fuerzas opositoras es la progresiva fragmentación de los sectores dirigentes. Este fenómeno no es reciente, sino que lleva al menos una década de existencia. Obviamente, después del estallido de octubre esa tendencia se intensifica. Más aún, cuando el Presidente Sebastián Piñera no construyó una cultura coalicional que permitiese la proyección orgánica de la derecha en el poder, dedicándose a gobernar de un modo personalista apoyado en un estrecho “círculo de hierro” que fue desgajándose paso a paso.

De este círculo proveniente de Avanza Chile, Piñera solo mantiene a Gonzalo Blumel, el segundo hombre de Gobierno que hace días entró en un conflicto abierto y flagrante con la UDI y su presidenta, Jacqueline van Rysselberghe. El bastión de la derecha dura en contra del gobierno central es un conflicto que puede derivar en una sangría oficialista en el momento más complejo de la derecha, tras quedar en evidencia la división luego del fracaso en la Cámara ante el emblemático proyecto del 10%, a diferencia de sus adversarios, donde se produce una extraordinaria unidad de propósito, tan circunstancial como necesaria.

Quizás este último dato para las distintas fuerzas de la oposición no es menor. La única posibilidad efectiva de alcanzar los acuerdos y reducir el nivel de fragmentación pasa por asumir estratégicamente las demandas de cambio enarboladas por los movimientos sociales durante los últimos años y que cuentan con respaldo considerable por parte de la población. La opción por el Apruebo a una nueva Constitución y el rescate del 10% del sistema de las AFP alinearon a las fuerzas de oposición e intensificaron la división de las fuerzas oficialistas. Más claro, echarle agua.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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