CULTURA|OPINIÓN
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Centro de Santiago de noche, un sábado cualquiera
El mal que nos aqueja hoy parece ser otro, y de más difícil solución. Los bares cerrados, las calles vacías, la basura, la sensación de estar en tierra de nadie. Pasamos del imbunchismo al olvido. Hay que volver al centro.
En mi columna anterior, o ensayo o crónica (los límites son difusos), llamada “Carta de amor a los bares de Santiago”, hablaba sobre mis bares favoritos de la ciudad. En ella me detenía con especial cariño en algunos bares del centro, y al parecer fui convincente, o al menos sembré la duda, ya que con un amigo poco entusiasta del downtown santiaguino quedamos de ir a uno de ellos.
Eso fue lo que hicimos el sábado por la noche y ahora sí que sí tengo claro que esto será una crónica —un relato situado en un tiempo y un espacio específico—, pero una de la que espero que surjan ideas que la acerquen al ensayo, que son las mejores.
Nos bajamos a las 20:45 hrs. en ese laberinto que es la estación de metro Universidad de Chile y, como suele pasarme, no logramos salir del lado correcto de la Alameda, que en este caso era el sur. Pero para mi propósito de contagiar mi amor por el centro dicho error resultó funcional, ya que tuvimos que atravesar la avenida principal de la ciudad por la superficie, que a esa hora es un poema.
Cuando estábamos esperando la luz peatonal en el bandejón central, entre las dos ciclovías recién inauguradas, ensayé un teatral gesto con los brazos e intentando abarcar la inmensidad del cosmos le dije: «¡Dime si acaso esto no te emociona!». La gran avenida, la noche iluminada por los autos y edificios antiguos, la iglesia San Francisco, las anchas veredas. Todo hacía pensar en una gran ciudad.
En vez de un elegante obelisco teníamos la Torre Entel, es cierto, y el Barrio Cívico no tiene las proporciones de lo realizado por el Barón Haussmann en París, pero no por eso deja de ser impresionante. La historia del país se abría ante nuestros ojos y esa noche nosotros estábamos siendo parte de ella.
Muchos años atrás, en una inocente cita con una estudiante de Historia había estado en una situación parecida, frente al Palacio de La Moneda; los dos nos emocionamos, nos miramos, volvimos a mirar a La Moneda, y dejé pasar la oportunidad de un cinematográfico beso republicano. El momento pasó y la oportunidad también. Pero mi amigo no tenía la sensibilidad de una estudiante de Historia y me empujó para que cruzáramos con la luz verde.
Tomamos Serrano y caminamos hacia el sur, y un par de cuadras más adelante nos topamos con la primera decepción de la noche; La Serrana, la pizzería con la que esperaba corregir el desapego céntrico de mi amigo, estaba cerrada. La cosa no marchaba bien, pero sin dejar traslucir la desilusión en mi rostro dije: «Mucho mejor, así vamos de una a la joya de la corona, ¡vamos al Bar de la Unión!».
Deshicimos lo andado y al llegar a la entrada del paseo Nueva York, entre el Club de la Unión y el Banco Bice, unas altas rejas negras de bronce nos cerraron el paso. El Bar de la Unión, del otro lado, lucía muertísimo. Esta vez no tuve tanto aplomo y miré con desconfianza a mi amigo. Estaba seguro que me diría que ya, que lo intentamos, y que ahora volvamos a Providencia, pero no fue así. «Ya que ya estamos aquí —me dijo para mi sorpresa—, ¿no conoces otro lugar?». Tuve un repentino chispazo de lucidez y le dije que me siguiera.
Nos adentramos por Paseo Ahumada hacia el lado norte de la Alameda, ese centro que en los días de semana bulle de gente pero que en las noches y los domingos es un desierto. Más adelante se escuchaba música y al acercarnos a la esquina con Moneda vimos una aglomeración considerable de gente. Entre las rejas del otro lado del paseo Nueva York y la calle se formaba una improvisada pista de baile.
Delimitadas por unas mesas con mercancía y un montón de mirones una veintena de parejas bailaban con oficio “Suavecito para abajo”. Había de todo: parejas mayores, inmigrantes, jóvenes, viejas con jóvenes, colombianos con chilenas. Cada cierto tiempo el animador bajaba el volumen y gritaba: «¡Por cinco lucas! ¡Las tres parejas que mejor bailen pasan a la final!» y volvía con todo el suavecito para arriba, para arriba.
Un colombiano joven y musculoso al que se le veía el ombligo hacía contorsiones hasta el suelo frente a una señora que aplaudía encantada, y dos viejecitos bailaban la canción a su propio ritmo, más lento y con un toque de galantería. El ambiente era fiestero y pude notar la sorpresa de mi amigo, que miraba fascinado unos metros más allá: «¿Cómo cresta se organizó esto?».
Seguimos hacia el norte por Ahumada, pasando por el costado del magnífico edificio del antiguo Hotel Crillón, que ahora es un Ripley. Cada vez se veía menos gente y más basura acumulada en los costados. Siempre me ha llamado la atención como solo un par de cambios pueden generar un ambiente totalmente diferente.
Un poco menos de luz, un rayado por aquí, unas cajas por allá y de pronto era normal ver que empezaban a aparecer carpas bajo los portales. Todavía se escuchaba algo de la música de la fiesta de atrás pero ahora la sensación era la opuesta, la fiesta se había terminado y había que irse de ahí.
La Plaza de Armas a esas horas estaba bien iluminada pero exhibía poco movimiento. La gente se reunía en el centro, en los costados de la fuente con el monumento a la Libertad Americana. Había unas niñas disfrazadas de hadas madrinas que corrían alrededor de la fuente, un pastor evangélico que predicaba sin público, un borrachín que meaba intentando achuntarle a una palmera y una prostituta solitaria, alta, morena, robusta y buena moza que nada más llegar nos ofreció sus servicios.
Un grupo ecléctico pero que convivía en armonía, como en una escena mitad onírica mitad satírica de una película de Raúl Ruiz. Mi amigo tenía un semblante cada vez más introspectivo así que le dije que siguiéramos caminando, tomando Merced hacia arriba.
Al llegar a la esquina con Mac Iver nos esperaba gloriosa la Basílica de la Merced, mi iglesia favorita de la ciudad. Y frente a ésta yacía nuestro destino, el siempre abierto Ají Seco Místico. «¿Te suena?» Le pregunté. «¡Cómo no me va a sonar! —exclamó saliendo de golpe de su ensimismamiento—, el famoso local del caso Monsalve, ¡aquí sí que hay historia!». Entramos. El primer piso lo tenían clausurado pero el segundo tenía la cantidad suficiente de gente como para ser agradable sin llegar a ser triste. Casi todos parecían gringos.
Un mesero peruano, atento y alegre, nos ubicó en una mesa en la que se podía apreciar toda la fachada de la Basílica. Mi amigo no se aguantó y le preguntó, con algo de timidez, por el caso Monsalve. «¿En qué mesa se sentaron?». El mesero se rió y nos indicó una mesa alejada, de al fondo del piso y nos dijo que desde entonces las ventas del restorán habían explotado. «Ahora ya se ha normalizado un poco, pero todo el año siguiente del escándalo estuvimos llenos».
Ya con unos pisco sours catedral en la mano nos preguntamos qué pensarían los gringos del restorán sobre Santiago. Uno se los podía imaginar dándose vueltas y preguntándose «¿dónde estarían los santiaguinos este sábado por la noche». Independiente que en otros barrios también puedan pasar cosas, como turista de una gran ciudad uno espera irse a la segura yendo de noche al centro. Ahí están los movidos centros de Nueva York, París o Buenos Aires. Toda gran ciudad tiene un centro con vida. ¿Por qué en Santiago no ocurre lo mismo?
En sus crónicas sobre la ciudad Joaquín Edwards Bello habla de la fuerza imbunchista de los santiaguinos, haciendo referencia al monstruo chilote. Según él esta «fuerza productora de monstruos es perspicaz y astuta. No tarda en descubrir lo bello para convertirlo en horrible».
Esta pulsión destructora debió ser la que impulsó la demolición del Bazar Krauss entre la Catedral y el edificio de Correos para construir esa horrible y desproporcionada torre octogonal de espejos, que afea la Plaza de Armas sin importar el ángulo desde el que se la mire. Edwards Bello se salvó de esa, no vivió para ver uno de los últimos y más salvajes actos de imbunchismo en el centro.
Por suerte hoy es menos frecuente ver despropósitos de esa magnitud. Los arquitectos chilenos son reconocidos en todo el mundo y se dan acaloradas discusiones sobre temas patrimoniales; que si el monumento a Gabriela Mistral en Baquedano se hizo en un plazo demasiado corto o no, o si deberían pasar micros por Banderas o dejarla del todo peatonal, lo que está muy bien.
El mal que nos aqueja hoy parece ser otro, y de más difícil solución. Los bares cerrados, las calles vacías, la basura, la sensación de estar en tierra de nadie. Pasamos del imbunchismo al olvido. Hay que volver al centro.
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