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Más de 100 días de pandemia en América Latina

por 14 julio, 2020

Más de 100 días de pandemia en América Latina
Todos los países sufrimos y sufriremos en el futuro una profunda recesión. Tendremos menos ingresos, menos exportaciones, menos tributos, menos remesas y desplome del turismo. Tendremos más gastos, con más programas sociales no programados, más deuda. Miles de empresas quebradas. Millones de latinoamericanos vivirán una mayor pobreza, incluidos algunos sectores medios que habían logrado emerger en años anteriores y ahora volverán a ser pobres. Difícil panorama para la paz social y la estabilidad política, más aún si varios países, como Chile, Bolivia, Colombia, entre otros, experimentaban grandes movilizaciones sociales y políticas previas a la pandemia.
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El virus llegó a América Latina a inicios de marzo. Algunos gobiernos actuaron de inmediato con medidas preventivas. Otros, no tanto. Unos pocos se resistieron a asumir la gravedad de la amenaza. Mas, a fines de dicho mes se generalizó el cierre de fronteras, diversas modalidades de cuarentena junto con una frenética carrera por equiparse de respiradores y ampliar la infraestructura sanitaria.

Han pasado más de 100 días. ¿Estamos saliendo de lo peor de la pandemia? Difícil decirlo, pero sí queda claro que ella desnudó todas nuestras deficiencias. Salió a la luz la enorme desigualdad existente, acentuada por el progresivo desmantelamiento de la protección social que trajo consigo el liberalismo extremo, que se apoderó de la mayoría de la región en décadas pasadas.

Un sumario balance de lo que ha provocado la pandemia indica tres efectos a ojos vistas: en lo económico una recesión generalizada, un aumento del gasto y la deuda pública, unido esto a un desplome de los ingresos; socialmente, un incremento de la pobreza y millones de desempleados; en términos políticos, según haya sido el manejo de la pandemia, se han fortalecido algunos mandatarios y otros se han debilitado. Donde había crisis previas, estas no se han despejado.

Este segundo semestre será escenario de los intentos de cada país por reactivar su economía. También surgirá –ya se está iniciando– un debate sobre las estrategias para reanimar nuestro aparato productivo. Los pronósticos son demoledores y, como ya sabemos, a mayor crisis económica, aumenta la tensión social. ¿Qué predominará? ¿El realismo y la sensatez para enfrentar la tragedia? ¿O viviremos un período de convulsión?

Veamos, en el caso de México. El manejo de la pandemia ha golpeado la popularidad de López Obrador, pero mantiene a la fecha un apoyo arriba del 50%. Los problemas no son solo sanitarios, el narco pasó a la ofensiva atentando incluso contra autoridades en la capital. El presidente acaba de hacer su primer viaje al exterior. Fue a Estados Unidos a entrevistarse con Donald Trump, ocasión brindada por el nuevo Tratado de Comercio, oportunidad donde seguro abordaron otros temas, como migración, combate a los carteles, comercio. En suma, la pandemia no modifica las necesidades y las urgencias de la relación bilateral.

Brasil ha tenido de todo en estos meses. Hoy se encuentra en los primeros lugares en materia de contagio, seguido de Perú y Chile. El negacionismo del presidente Jair Bolsonaro terminó pasándole la cuenta y hoy está contagiado. Pero, además, cosechó un sólido frente opositor de la mayoría de los gobernadores y buena parte de la población. Mas, la oposición no logra capitalizar el deterioro del oficialismo, en especial el PT.

Los países andinos acusan el golpe de la pandemia, pero cada uno lo vive de acuerdo al proceso precedente. En Colombia, la crisis sanitaria ha permitido una recuperación parcial del presidente Iván Duque, pero también la emergencia de poderosas figuras como la alcaldesa de Bogotá, Claudia López. La criminalidad también ha aumentado, así como el accionar de los diversos grupos irregulares. Un capítulo especialmente dramático lo representan los centenares de miles de migrantes venezolanos que han quedado desamparados en medio de la recesión y el desempleo. Por su parte, Venezuela padece por múltiples razones ya conocidas. Están programadas elecciones parlamentarias para diciembre y una vez más la oposición tiene el dilema de participar o no.

Perú sufre un feroz castigo de parte de la pandemia. A ello se suma el flagelo de la pobreza. Un 70% de su fuerza de trabajo es informal y recibió el golpe bajo de la recesión. La cuarentena se ha levantado parcialmente, pero no se descarta una segunda ola de contagio. En medio de este clima, el nuevo congreso repite un enfrentamiento con el Ejecutivo y se programan elecciones presidenciales para abril del 21.

En Bolivia, el gobierno de transición ha convocado elecciones para el 6 de septiembre, la pandemia golpea al sistema hospitalario, la candidatura de la presidenta Añez se deteriora. El candidato del MAS, Luis Arce, y el expresidente Carlos Mesa son los favoritos para pasar a segunda vuelta. En suma, la pandemia no modificó la crisis política. Para condimentar, la mandararia-candidata se contagió y, de paso, su gobierno decidió procesar a Evo Morales por terrorismo.

Argentina experimenta una de las cuarentenas más prolongadas. Pero la preocupación principal es la economía, que ya estaba dañada por la crisis de años recientes y potenciada por la enorme deuda que el país contrajo en tiempos de Mauricio Macri. El fantasma del default se cierne una vez más. Salvo el republicano Uruguay y lo que ha pasado en Costa Rica, en la mayoría de los países de la región la pandemia ha agudizado sus debilidades.

En el Caribe se destaca que en República Dominicana llevo a cabo, el domingo 6 de julio, elecciones presidenciales, ganó la oposición y se demuestra que la pandemia no está reñida con elecciones democráticas. En Cuba, la pandemia se las ve con uno de los sistemas sanitarios más robustos de la región, pero obviamente la precariedad económica afecta su eficacia. La sombra de un nuevo “periodo especial” –así llamaron a la emergencia cuando se desplomó la URSS y su ayuda a Cuba– se cierne sobre la isla.

En suma, todos los países sufrimos y sufriremos en el futuro una profunda recesión. Tendremos menos ingresos, menos exportaciones, menos tributos, menos remesas y desplome del turismo. Tendremos más gastos, con más programas sociales no programados, más deuda. Miles de empresas quebradas. Millones de latinoamericanos vivirán una mayor pobreza, incluidos algunos sectores medios que habían logrado emerger en años anteriores y ahora volverán a ser pobres. Difícil panorama para la paz social y la estabilidad política, más aún si varios países, como Chile, Bolivia, Colombia, entre otros, experimentaban grandes movilizaciones sociales y políticas previas a la pandemia.

Desde la gran crisis del 29 el siglo pasado que no vivíamos un desplome económico tan profundo. También asistimos al colapso de la acción colectiva, de los organismos de integración y coordinación política. Todos brillan por su ausencia y, a cambio, cada país se rasca con sus propias uñas.

No viene bien el futuro cercano. Para rematar, como los desastres vienen en patota, también nuestro fútbol está amenazado. En el horizonte cercano está el Mundial de Qatar, los europeos han empezado a reactivar sus ligas y sus cracks vuelven a pisar las canchas. Los nuestros todavía están encuarentenados.

Este segundo semestre será escenario de los intentos de cada país por reactivar su economía. También surgirá –ya se está iniciando– un debate sobre las estrategias para reanimar nuestro aparato productivo. Los pronósticos son demoledores y, como ya sabemos, a mayor crisis económica, aumenta la tensión social. ¿Qué predominará? ¿El realismo y la sensatez para enfrentar la tragedia? ¿O viviremos un período de convulsión?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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