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El deber de la izquierda democrática

por 22 julio, 2020

El deber de la izquierda democrática
Confluir no es solo la suma aritmética de parlamentarios, concejales y alcaldes, es esencialmente la posibilidad de encontrarnos en lo que nos une y actualizarnos para representar de mejor manera los anhelos de nuestro pueblo. Un partido laico en el más amplio sentido del término, radicalmente democrático para resolver sus diferencias, transparente ante el escrutinio ciudadano y capaz de defender los mismos valores que cada uno de nosotros ha defendido por separado: la educación pública, la salud pública, la igualdad ante la ley, la defensa del medio ambiente, la promoción de un desarrollo equitativo, la industrialización, el multilateralismo, entre otros.
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Las recientes declaraciones del senador Guido Girardi, respecto a la fusión del PS y el PPD, no son nuevas en absoluto. Ha aparecido en diversas situaciones desde los 90, con distintos argumentos y ha sido enarbolada por muy diversos actores políticos.

¿Por qué es importante hablar de esto ahora entonces? Pues, porque el contexto en política es crucial. La política se da en un espacio y un tiempo determinados, no en abstracto y el contexto actual nos muestra al menos dos situaciones interesantes: por un lado, una derecha dividida en relación con materias de fondo –nueva Constitución, retiro de fondos de AFP– sumida en un desgobierno sin precedentes recientes; por otro, una izquierda que, sin estar dividida en materias de fondo, está fuertemente dividida en materias de forma, donde nos encontramos con una enorme constelación de siglas que, a su vez, poseen nichos electorales y diferencias programáticas menores y que, sin embargo, son incapaces de sumarse a esfuerzos comunes de mayor transversalidad.

Se tiende a privilegiar la identidad por sobre las tareas, en circunstancias que el sentido de la acción política está (o debiese estar) más en los desafíos futuros que en los símbolos pasados de cada colectividad.

Ha habido roces y diferencias entre actores de cada fuerza, puede haber recelos, desconfianzas y hasta distancias personales, pero no es tiempo de quedarse en la minucia. Nuestro país requiere de un espacio diverso, donde en civilidad se disputen tesis políticas distintas y donde el ambiente de sano entendimiento, de reglas conocidas y respetadas, proporcionen la elasticidad institucional suficiente para que convivamos en armonía las distintas vertientes de la izquierda libertaria, sin quebrarnos. Miramos ejemplos tan vigentes como el Partido Demócrata en Estados Unidos, el Partido Democrático en Italia o el Partido Laborista en Reino Unido.

En el horizonte se vislumbran elecciones municipales prontamente. Además, sigue estando presente el debate puramente político más relevante de los últimos 30 años: el plebiscito constitucional. Estas empresas son de tal relevancia, que es perentorio que las fuerzas políticas de izquierda hagan esfuerzos centrípetos, dejando de lado los egos y la afición por los símbolos propios que han definido y moldeado su identidad, con miras a ofrecer alternativas modernas que, sin abandonar los valores y principios que justifican su existencia, sean capaces de dar miradas con amplitud a la ciudadanía.

La fusión del PS y el PPD en una nueva colectividad de socialistas, progresistas, demócratas, ecologistas y otros actualmente independientes de izquierda, es el primer paso de un itinerario mayor, que vuelva a posicionar a los partidos como instrumentos y no como fines en sí mismos. Mencionamos a estos dos partidos, porque son los que están en el debate, pero en este espectro hay más actores: el Partido Radical, el Partido Progresista, Fuerza Común y, por qué no, algunos partidos o sectores de otros partidos o coaliciones.

Ha habido roces y diferencias entre actores de cada fuerza, puede haber recelos, desconfianzas y hasta distancias personales, pero no es tiempo de quedarse en la minucia. Nuestro país requiere de un espacio diverso, donde en civilidad se disputen tesis políticas distintas y donde el ambiente de sano entendimiento, de reglas conocidas y respetadas, proporcionen la elasticidad institucional suficiente para que convivamos en armonía las distintas vertientes de la izquierda libertaria, sin quebrarnos. Miramos ejemplos tan vigentes como el Partido Demócrata en Estados Unidos, el Partido Democrático en Italia o el Partido Laborista en Reino Unido.

Este tipo de cambio introduce variabilidad y quizás incertidumbre. La reacción más probable de las dirigencias partidarias podría ser de reticencia, dado que la cultura organizacional de ellas ya está definida y funciona de una manera conocida por sus partícipes. Los humanos, inherentemente, tenemos aversión al cambio. Pero lo nuevo puede volverse también una gran oportunidad, para que en un nuevo espacio podamos concretar una cultura organizacional distinta, moderna y más funcional a nuestros tiempos: elecciones internas donde puedan votar simpatizantes, estructuras partidarias menos burocráticas y más resolutivas, incorporación de instancias nacionales virtuales frecuentes para resolver asuntos, y un largo etcétera.

Confluir no es solo la suma aritmética de parlamentarios, concejales y alcaldes, es esencialmente la posibilidad de encontrarnos en lo que nos une y actualizarnos para representar de mejor manera los anhelos de nuestro pueblo. Un partido laico en el más amplio sentido del término, radicalmente democrático para resolver sus diferencias, transparente ante el escrutinio ciudadano y capaz de defender los mismos valores que cada uno de nosotros ha defendido por separado: la educación pública, la salud pública, la igualdad ante la ley, la defensa del medio ambiente, la promoción de un desarrollo equitativo, la industrialización, el multilateralismo, entre otros.

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