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La huella de Allende

por 4 septiembre, 2020

La huella de Allende
He sido socialista toda mi vida. En el PS crecí y me formé, nunca agradeceré lo suficiente lo que el socialismo chileno fue para mí, pero también he vivido desde entonces con el sinsabor de sentir que mi partido y la izquierda no tuvieron la visión histórica que tuvo el Presidente Allende, no lo acompañaron como se debía y, ante la conjura del fascismo, no lograron generar la respuesta política que la situación exigía de modo apremiante. En reciente recuerdo de su legado, el exsenador Ricardo Núñez señaló: “Los socialistas no siempre lo comprendimos”.
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La conmemoración del 50 aniversario de la victoria electoral de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1973, que lo convertiría en Presidente de la República luego de su ratificación por el Congreso Pleno, ha estimulado la evocación de su liderazgo, la reflexión sobre su legado histórico y el proyecto político que lo guió en su vida.

Con esa motivación escribí un libro que recoge su legado y rememora el proceso que él inspiró, que se publicó esta semana con el título El tiempo del pueblo unido y se propone redimensionar la trascendencia de Allende en nuestra historia. Se trata de la intuición y perspectiva histórica del proyecto político allendista, “la vía chilena al socialismo”, esa estrategia inédita de construir el socialismo en democracia, pluralismo y libertad. Una propuesta respaldada por la izquierda social y política, basada en la fuerza y la amplitud del liderazgo allendista, pero no asumida a cabalidad en su hondo contenido por los partidos que lo respaldaban.

Allende fue un tenaz adversario del sectarismo en el movimiento popular, ese rasgo de su voluntad política no se asume en toda su trascendencia, no se capta la importancia de la amplitud, de la necesidad de la unidad de acción con diversidad y respeto al aporte insustituible de cada fuerza, en correspondencia a su identidad y fisonomía. El sectarismo desvaloriza la unidad, conlleva la inclinación al divisionismo, a rendirse culto a sí mismo y despreciar, muy profundamente, la acción colectiva que se realiza en organizaciones que se sostienen por una voluntad compartida y no en grupos amicales de acciones inconducentes.

De allí el título, El tiempo del pueblo unido, porque en Allende y el pueblo unido estuvo la fuerza de la vía chilena, en la conciencia de una mayoría popular que se constituyó en el protagonista fundamental del proceso revolucionario. Allende y los millones de hombres y mujeres que se movilizaron, que marcharon y se esforzaron, fueron los actores esenciales e insustituibles. El Presidente entregó su vida y el pueblo chileno debió soportar la más brutal represión, toda suerte de abusos y penurias en la dictadura de los grandes consorcios que se apoderaron del país, una vez consolidada la dictadura en el poder.

Allende y el pueblo unido son los héroes de esa época en la visión del libro. La fusión y mancomunidad Allende con el pueblo unido, con la conciencia nacional y revolucionaria del colectivo social organizado, fue la clave de “la vía chilena”, esa amalgama constituyó el factor medular que pudo soportar la desestabilización y el cerco del hambre, con que la oligarquía terrateniente y financiera instrumentó para hacer fracasar el gobierno popular.

He sido socialista toda mi vida. En el PS crecí y me formé, nunca agradeceré lo suficiente lo que el socialismo chileno fue para mí, pero también he vivido desde entonces con el sinsabor de sentir que mi partido y la izquierda no tuvieron la visión histórica que tuvo el Presidente Allende, no lo acompañaron como se debía y, ante la conjura del fascismo, no lograron generar la respuesta política que la situación exigía de modo apremiante. En reciente recuerdo de su legado, el exsenador Ricardo Núñez señaló: “Los socialistas no siempre lo comprendimos”.

Con Allende como liderazgo esencial, fui testigo del ataque durante meses a la institucionalidad democrática y del asalto final al poder, por la coalición fascista-imperialista el 11 de septiembre de 1973. El pueblo pagó la venganza de los poderosos. No respetaron nada, arrasaron todo lo que pudieron. Con innumerables jóvenes socialistas, tratamos de resistir y no tuvimos cómo hacerlo. Mientras el golpe castrense se imponía, hubo una resistencia heroica de muchos militantes críticos del proceso. A ellos mi respeto. Otros, que hablaron demasiado de la vía revolucionaria de acceso al poder, desertaron.

El nudo esencial de la estrategia allendista no se comprendió cabalmente, situaba el valor de la institucionalidad democrática como el cimiento en el cual el pueblo de Chile había logrado insertar muy valiosas conquistas sociales y cuya evolución sería la clave para la construcción del socialismo democrático y libertario que Allende y el pueblo unido soñaban.

En la debacle, Allende resistió y no se rindió, prefirió morir. La historia no se hubiera escrito como fue finalmente, sin la ardua resistencia de militantes del socialismo y la izquierda, que hicieron sacrificios indecibles, y sin la voluntad del líder de dar su vida por lealtad al pueblo.

Allende fue un tenaz adversario del sectarismo en el movimiento popular, ese rasgo de su voluntad política no se asume en toda su trascendencia, no se capta la importancia de la amplitud, de la necesidad de la unidad de acción con diversidad y respeto al aporte insustituible de cada fuerza, en correspondencia a su identidad y fisonomía. El sectarismo desvaloriza la unidad, conlleva la inclinación al divisionismo, a rendirse culto a sí mismo y despreciar, muy profundamente, la acción colectiva que se realiza en organizaciones que se sostienen por una voluntad compartida y no en grupos amicales de acciones inconducentes.

Tampoco se debe olvidar la tenacidad de Allende, de avanzar en pasos sucesivos, abriéndose camino ante las dificultades sin saltos al vacío, pero sin rendirse al conformismo o la presión del adversario.

Asimismo, argumentaba desde la comprensión profunda de la realidad chilena, no desde fórmulas o etiquetas ideológicas preestablecidas, comunes a esa época, en que la inclinación por el título de marxista-leninista a muchos les importaba más como cliché que por su contribución efectiva al proceso revolucionario. El tiempo confirmó cuánta razón tenía Allende al tomar distancia de los dogmáticos, porque muchos de ellos cambiaron a Marx por Friedman para lucirlo bajo el sobaco.

Allende fue un visionario, un socialista y un demócrata consecuente, su horizonte abarcó mucho más que las fuerzas políticas que lo respaldaban, pero nunca renegó de ellas, jamás se prestó al desprestigio que promueven los grupos más reaccionarios y bregó por fortalecer los partidos del movimiento popular en las circunstancias más desfavorables, sin rendirse ni someterse a prácticas sectarias.

Hoy, bienvenido sea que muchos quieran ser allendistas, pero hay que comprenderlo en su esencia y revitalizar su herencia, con una visión crítica pero comprometida de ese periodo, eso es lo que tratan de hacer las páginas de El tiempo del pueblo unido.

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