Publicidad
Audacia, prudencia y la incertidumbre en la política Opinión

Audacia, prudencia y la incertidumbre en la política

Publicidad
Juan Carlos Arellano
Por : Juan Carlos Arellano Historiador y cientista político. Profesor asociado del departamento de Sociología y Ciencia Política, Universidad Católica de Temuco
Ver Más

Hoy pareciera que muchos políticos piensan que la audacia significa escribir rimbombantes y crispados mensajes en las redes sociales. Que de seguro tendrán algún efecto mediático, pero están carentes de política. Acciones que se desvanecen rápidamente, sin la posibilidad de construir siquiera el presente. Muchos se aventuran a reemplazar todas las costumbres y tradiciones, pero sin siquiera tener las capacidades y la claridad suficientes para proponer un nuevo orden.


No cabe duda de que son tiempos de incertidumbre. De acuerdo a lo planteado por Mark Blyth (2011), los momentos de incertidumbre son paréntesis temporales, donde la estabilidad y el equilibro claramente no pueden ser considerados como la normalidad y el cambio como lo extraordinario. De modo que se hace difícil predecir un mundo donde la linealidad de la causalidad se nos pierde para explicar los fenómenos políticos. A partir de los acontecimientos de octubre del 2019, se ha acelerado el deterioro de nuestra institucionalidad política, perdiendo su predictibilidad, operando más bien causalidades contingentes y emergentes.

Consideremos algunos acontecimientos que nos tienen en este escenario tan imprevisible. Partamos por señalar que estamos frente a una violencia que se ha descontrolado desde octubre del 2019. Solamente para ilustrar, citar los hechos de la plaza Baquedano y lo que acontece en el sur del país. Las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo se han tornado cada vez más inciertas, por momentos hasta los mismos congresistas nos dicen que estamos en un “parlamentarismo de facto”, cosa a lo menos curiosa cuando muchos acusan que Chile tiene un sistema hiperpresidencialista. Nuestro sistema previsional (AFP), con futuro desconocido y con un tercer 10% dando vueltas, incluso apoyado por políticos que uno considera más “moderados”. Con un calendario electoral, en el último tiempo, lleno de contingencias e incertezas producto de la pandemia.

[cita tipo=»destaque»] En este contexto incierto y ante la presencia de una élite política escasa de las virtudes necesarias para construir un “nuevo orden”, sugiero optar simplemente por la prudencia. La invitación es a hacer los cambios necesarios, por hacer referencia a algunos, en el ámbito institucional, previsional y salud, pero no desechar con ligereza la experiencia, las mejoras o el aprendizaje alcanzado hasta ahora. El aprendizaje logrado por nuestro presidencialismo puede servir de ejemplo. Es importante considerar que reformas y cambios profundos forjados gradualmente, tienden a ser los más duraderos y estables.[/cita]

Sumemos a esto un proceso constituyente con horizonte de dos años para crear una nueva Constitución, el cual tiene 1.468 candidaturas desplegadas a lo largo del país, con un 77% de quienes se postulan sin experiencia política previa, según un informe del Observatorio Nueva Constitución. Claramente, un proceso electoral con muchas interrogantes respecto a sus resultados, que seguro tiene complicado al más avezado “experto” electoral.

Ahora, qué se puede hacer en un contexto dominado por la incertidumbre. La invitación es a rescatar algunos de los planteamientos realizados por Nicolás Maquiavelo en su obra El Príncipe, en su capítulo XXV, en el que aborda la influencia de la fortuna en las “cosas humanas” y el modo de “contrarrestarla” cuando las situaciones son “adversas”. La relevancia de este clásico texto para interpretar el contexto actual, es porque nos aporta luces respecto a las cualidades que debe tener el político moderno ante la fortuna.

Este autor subraya, en diferentes pasajes de su libro, que la principal virtud de un político debe ser la audacia o la acción (Pocock, 2002). Pero esta virtud es limitada ante los constantes avatares o temblores de los eventos inmediatos que derrumban todo lo levantado. Para la mayoría de los políticos, carentes de las capacidades de un gran “legislador” o “estadista” diríamos hoy, no queda más que apostar a construir el presente.

¿Qué se puede hacer entonces frente a circunstancias adversas? Parafraseando al pensador florentino, la fortuna no puede ser controlada en su totalidad, pero algo se puede hacer para evitar sus impredecibles consecuencias. Lo ejemplifica con el torrente de un río incontrolado en invierno que arrasa con todo a su paso, pero sugiere que en tiempos de calma se puede construir diques que pueden ayudar a contenerlo. De esta manera, la política tiene un margen para actuar y no solo ser un actor pasivo ante las adversidades que se presentan. Hay un espacio para hacer política.

Ante un mundo de tales características, Maquiavelo se pregunta cuál es la mejor alternativa del político: ¿la audacia o la cautela? Su respuesta es que ambas estrategias son legítimas y, dependiendo de las circunstancias, la fortuna puede favorecer la una o la otra. Se puede ser exitoso o fracasado, siendo arrojado y prudente. No obstante, señala que las circunstancias cambian, lo que obligaría a innovar en el actuar. Esta sería la clave para Maquiavelo. Al progresar en el camino que hemos tomado, nos acostumbramos a él y se nos hace muy difícil efectuar un giro, aunque las condiciones cambien. Por eso, dice el pensador florentino, que a aquellos que puedan cambiar su “naturaleza” en función de los vaivenes del tiempo y las circunstancias, la fortuna les sería menos esquiva.

Sugerente la reflexión de Maquiavelo para pensar nuestros tiempos. La élite política chilena en democracia (desde 1990) tomó un camino y que, siendo justos, logró hacer mejoras considerables en la realidad de muchos chilenos. Sin embargo, en algún punto las circunstancias evolucionaron y la clase política no fue capaz de cambiar su “naturaleza”. Es decir, modificar el actuar que le había generado los buenos resultados. Siguieron replicando las mismas prácticas, formas y palabras en un Chile distinto. Un país remozado que esta misma clase política contribuyó a forjar.

Sin embargo, no tuvieron la previsión o capacidad de construir los diques para contener el nuevo paisaje de la sociedad chilena. En este proceso de décadas se debilitaron los diques institucionales y políticos partidarios; paralelamente, se erosionaron los ya débiles contenedores provenientes de la sociedad civil, como lo son las diferentes organizaciones ciudadanas y la familia.

Así, pues, estamos ante un escenario indiscutiblemente difícil de controlar para cualquier político. Maquiavelo admiraba particularmente la audacia de los políticos ante contextos adversos. Su capacidad de cambiar ante las circunstancias, de no esperar que la fortuna los aborde. La virtud del príncipe, claramente, debe ser la acción ante los perjudiciales efectos de la incertidumbre. Tener la capacidad de resistir las consecuencias de la fortuna y de interponer moldes al orden.

Hoy pareciera que muchos políticos piensan que la audacia significa escribir rimbombantes y crispados mensajes en las redes sociales. Que de seguro tendrán algún efecto mediático, pero están carentes de política. Acciones que se desvanecen rápidamente, sin la posibilidad de construir siquiera el presente. Muchos se aventuran a reemplazar todas las costumbres y tradiciones, pero sin siquiera tener las capacidades y la claridad suficientes para proponer un nuevo orden. En el contexto actual, no se avizoran liderazgos fundacionales o de una élite política dotada de virtudes. No se observan políticos con ese talante audaz que admiraba Maquiavelo.

De esta forma, en este contexto incierto y ante la presencia de una élite política escasa de las virtudes necesarias para construir un “nuevo orden”, sugiero optar simplemente por la prudencia. La invitación es a hacer los cambios necesarios, por hacer referencia a algunos, en el ámbito institucional, previsional y salud, pero no desechar con ligereza la experiencia, las mejoras o el aprendizaje alcanzado hasta ahora. El aprendizaje logrado por nuestro presidencialismo puede servir de ejemplo. Es importante considerar que reformas y cambios profundos forjados gradualmente, tienden a ser los más duraderos y estables.

Debemos tener presente que, tal vez, no seremos capaces de controlar y hacernos cargo de las consecuencias de las grandes innovaciones, pagando los costos los de siempre –la gente común y corriente–, mientras los «innovadores» circulan libres de toda responsabilidad. Obremos, diría Max Weber, con la ética de la responsabilidad y no de la convicción.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad

Tendencias