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El fantasma de la (in)gobernabilidad

por 15 noviembre, 2021

El fantasma de la (in)gobernabilidad
La evidencia de que disponemos muestra que la volatilidad de los gobiernos, la rápida erosión de sus bases de apoyo y la dificultad para dirigir procesos complejos, tiene su origen en un hecho fácilmente comprobable: sabemos mucho más sobre cómo conseguir el poder que acerca de qué hacer con él. Esta será la gran dificultad del Gobierno que se imponga en la disputa presidencial, en especial si resulta electo alguno de los candidatos de los polos extremos. La clave, entonces, de las decisiones que tomen los ciudadanos en la próxima elección estará dada por la pregunta acerca de quién, de los actuales candidatos o candidata en disputa, dispone de mejores capacidades para procesar problemas complejos, que requieren soluciones complejas, no simples, respondiéndolos de manera legítima y eficaz en un escenario de alta incertidumbre.
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¿Qué es lo que se juega en las elecciones del próximo domingo? Muchos ciudadanos parecen estar haciéndose esta pregunta. Algunos por ahora han decidido no responderla y se abstendrán de participar nuevamente, confirmando la tendencia al abstencionismo estructural que padece nuestra democracia. Los que decidan concurrir, tampoco es que tengan resuelta totalmente su opción en cuanto a quién apoyarán con su voto. A pocos días de la elección, muchos aún están “vitrineando”. Tenemos desde hace tiempo ya una democracia de espectadores que decidirán según la oferta de representación, trayectoria y capacidad de los candidatos y, especialmente, sobre el curso de la campaña en estos últimos días.

La respuesta acerca de lo que está en juego no está resultando un proceso de deliberación fácil. Esto es así porque la disputa presidencial no se ha tratado de una discusión sobre decisiones de políticas públicas –en su dimensión racional– sino sobre una puja de corte emocional. ¿Qué quiere decir esto? Que en la disputa entre razón y emociones, si el discurso de algunos de los candidatos o candidata conecta significativamente con los afectos propios confirmando creencias–, ese proceso preconsciente o espontáneo ejercerá influencia a la hora de percibir la realidad y, por tanto, podría influir la decisión de voto.

Tampoco ayuda mucho, o más bien casi nada, el actual escenario signado por la incertidumbre e inestabilidad –“líquido”, en el lenguaje en boga–, para responder la pregunta acerca de qué está en juego. ¿Qué es lo que hace que se dé un ambiente de incertidumbre? Tiene que ver con que las situaciones no se dan de la misma forma que lo hacían antes. Las variables acerca de cómo la gente actúa, piensa o desea ya no son las mismas, porque hay otros factores que irrumpieron y están actuando inesperadamente sobre los resultados. Las encuestas y análisis de tendencia se basan en comportamientos normales, predecibles, pero en escenarios de incertidumbre los comportamientos son altamente impredecibles. Las encuestas no están diseñadas para medir o prever comportamientos en escenarios de este tipo. La capacidad de predicción es directamente proporcional a la estabilidad del ambiente. Por eso las encuestas fallan o se equivocan. Son instrumentos de predicción. 

Lo que si podemos prospectar es que existirán importantes restricciones para la gobernabilidad del país. Quien resulte triunfador en este proceso electoral enfrentará un escenario muy incierto que afectará las condiciones actuales de gobernabilidad.

Moisés Naím sostiene que “hoy el poder es más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder". De cara a las elecciones de los próximos días, la verdadera pregunta no es solo acerca de lo que está en juego, porque el problema no es quién puede ganar la elección sino quién puede gobernar. Aquí es donde se nos aparece la convidada de piedra de esta elección: la (in)gobernabilidad.

Y esto porque sí sabemos que existirán varias restricciones para la gobernabilidad. Por de pronto, la situación económica y social resultado de la pospandemia impondrá muchas limitaciones al futuro Gobierno. Por cierto, mucho más si es que esta no hubiera existido. La frase ochentera de que habrá que “apretarse el cinturón” es desconocida para una generación –la de los menores de 30 años– que no ha experimentado crisis económicas ni menos inflacionarias. Resolver problemas públicos en un contexto de restricciones económicas hará más breve la “luna de miel” del nuevo Gobierno y generará un aumento de las demandas sociales infladas por las promesas y expectativas de la actual campaña electoral.

A lo anterior se agrega un escenario político marcado por la incertidumbre de las reglas del juego. La Convención Constitucional concluirá su trabajo el 3 de julio del próximo año. El escenario probable para el plebiscito de salida será el mes de septiembre. 

De aprobarse este, la entrada en vigencia de la nueva Constitución será en el último trimestre del año, extendiendo por todo el 2022 la falta de reglas.

Al escenario económico-social complejo y a la incertidumbre de reglas, se suma la permanencia en algunos sectores de la lógica de la impugnación, de un clima destituyente con la elite del poder y de una creciente polarización afectiva que no se basa en posiciones políticas sino en identidades y que se articula en visiones binarias y simplistas del “nosotros frente a ellos”.

La evidencia de que disponemos muestra que la volatilidad de los gobiernos, la rápida erosión de sus bases de apoyo y la dificultad para dirigir procesos complejos, tiene su origen en un hecho fácilmente comprobable: sabemos mucho más sobre cómo conseguir el poder que acerca de qué hacer con él. Esta será la gran dificultad del Gobierno que se imponga en la disputa presidencial, en especial si resulta electo alguno de los candidatos de los polos extremos.

La clave, entonces, de las decisiones que tomen los ciudadanos en la próxima elección estará dada por la pregunta acerca de quién, de los actuales candidatos o candidata en disputa, dispone de mejores capacidades para procesar problemas complejos, que requieren soluciones complejas, no simples, respondiéndolos de manera legítima y eficaz en un escenario de alta incertidumbre. 

El verdadero dilema que deberán enfrentar los ciudadanos de cara a las próximas elecciones no es sobre quién pueda ganar la elección, sino sobre quién pueda gobernar. Esta es la pregunta que deberán responder frente a la soledad de las urnas.

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