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Kathya Araujo: “El gran problema de Chile es el debilitamiento del lazo social”

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Francisca Castillo
Por : Francisca Castillo Periodista El Mostrador
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La académica alerta que el país enfrenta una crisis profunda y menos visible: el deterioro del tejido que mantiene unida a la sociedad. A su juicio, el cansancio no solo persiste, sino que se ha intensificado por la combinación de mayores exigencias sociales y la ausencia de un horizonte colectivo.


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La profesora de la Universidad de Santiago y directora del Instituto Milenio para la Investigación en Autoridad y Regulación Social (ASOR), Kathya Araujo, lleva años investigando los principales fenómenos de transformación social que ha atravesado el país en las últimas décadas. 

En su última publicación, El circuito del desapego (2025), la psicóloga profundiza sobre los conceptos de desmesura, desencanto y desapego, como componentes de un proceso de distanciamiento entre las personas y las normas que estructuran el lazo social. 

En conversación con el programa Pensando Chile de El Mostrador, Araujo advierte que el país enfrenta una crisis más profunda y menos visible: el deterioro del tejido que mantiene unida a la sociedad. A su juicio, el cansancio social que comenzó a instalarse hace más de una década no solo persiste, sino que se ha intensificado por la combinación de mayores exigencias para sostener la vida cotidiana y la ausencia de un horizonte colectivo capaz de ofrecer sentido al esfuerzo individual.

La académica sostiene que Chile atraviesa un proceso de largo aliento que la política ha sido incapaz de interpretar. Ese desacople, afirma, ha alimentado el desencanto ciudadano, debilitado la confianza en las instituciones y reforzado un creciente desapego hacia la vida colectiva.

En esa línea,  plantea que los problemas del país no pueden entenderse únicamente desde indicadores económicos o de seguridad. La productividad, la salud mental, la crisis de natalidad e incluso la violencia, tienen un denominador común: el progresivo debilitamiento del lazo social.

La evolución del cansancio y principales preocupaciones que aquejan a la sociedad chilena en la actualidad

Para Araujo, el cansancio que atraviesa a los chilenos no es una consecuencia de coyunturas recientes, sino el resultado de transformaciones que comenzaron a manifestarse hacia fines de la década del 2000 y que se han ido profundizando con el paso de los años.

“La cuestión del cansancio ha continuado. Ese agobio se ha ido acrecentando con el tiempo”, sostiene.

A su juicio, este fenómeno responde a dos factores centrales. El primero es que sobrevivir socialmente exige hoy un esfuerzo cada vez mayor. No se trata únicamente de conseguir los recursos básicos para vivir, sino de cumplir con estándares sociales crecientemente exigentes para ser reconocido como un sujeto valioso.

“Lo básico cambió de definición”, explica. Las personas no solo deben garantizar alimentación, vivienda o salud, sino responder a nuevas expectativas de consumo, educación, éxito laboral y bienestar familiar. 

Pero existe un segundo elemento que, según la académica, vuelve ese esfuerzo especialmente desgastante: la pérdida de un horizonte compartido de futuro. “Tú puedes hacer muchas renuncias si tienes una meta colectiva, algo en lo que creemos como sociedad. Hoy ese horizonte no existe”, afirma.

Esa ausencia termina erosionando la expectativa de que los sacrificios actuales puedan traducirse en una vida mejor. Aunque durante parte del año pasado algunos sondeos mostraban un repunte del optimismo ciudadano, Araujo sostiene que esa tendencia se revirtió rápidamente en los últimos meses, reforzando un clima de pesimismo.

La falta de horizonte social

La investigadora sostiene que una de las principales responsabilidades de la política consiste precisamente en interpretar los procesos sociales y transformarlos en proyectos colectivos capaces de orientar el futuro. Sin embargo, considera que eso no ocurrió en Chile.

“Los partidos y actores políticos no lograron capturar cuáles eran esos procesos ni producir una elaboración convincente para las personas”, sostiene.

Ese desfase entre la experiencia cotidiana de la ciudadanía y las respuestas institucionales terminó generando un profundo desacople. A su juicio, la política fue reemplazando la reflexión sobre el rumbo del país por estrategias orientadas principalmente a ganar elecciones. “El electoralismo nos está matando”, advierte.

Como consecuencia, Chile ha perdido la capacidad de elaborar proyectos compartidos sobre el futuro. Aunque puedan existir diferencias ideológicas, Araujo sostiene que toda sociedad necesita ciertos consensos mínimos respecto de la dirección que quiere seguir.

“No hemos logrado construir una base de acuerdo colectivo de hacia donde vamos”, afirma. La falta de ese horizonte, agrega, solo incrementa el desencanto y profundiza un fenómeno que desarrolla en su más reciente libro: el desapego de las personas respecto de la vida social y política.

El desapego y el debilitamiento de los lazos sociales

Para Araujo, uno de los mayores errores del debate público consiste en subestimar la profundidad de la crisis del vínculo social.

Mientras la discusión se concentra en los desafíos de la inteligencia artificial, el cambio climático o las transformaciones geopolíticas, existe -dice- una emergencia igual de relevante que permanece fuera del centro de las políticas públicas.

“La verdadera crisis es la crisis del lazo social”, afirma.

La directora de ASOR aclara que este problema no puede reducirse únicamente al aumento de la delincuencia o al crimen organizado. Se trata de un fenómeno mucho más amplio, caracterizado por el progresivo adelgazamiento del tejido que sostiene la convivencia.

Para describir ese proceso utiliza una imagen que ha desarrollado en sus investigaciones: la “sociedad archipiélago”. “Son pequeñas islas juntas, pero muy lejos unas de otras”, explica.

Cuando ese tejido invisible comienza a deteriorarse, agrega, las consecuencias aparecen en ámbitos muy diversos. La salud mental se resiente, disminuye la productividad laboral, aumenta la dificultad para enfrentar la violencia y se debilita la disposición de las personas a respetar normas comunes.

“Una sociedad existe porque esa trama invisible está mantenida. Cuando se adelgaza, lo que está en juego es la vida social misma”, sostiene.

Araujo advierte de impactos concretos sobre cómo el deterioro del lazo social aparece detrás de las crecientes dificultades de salud mental, de las tensiones dentro de los espacios laborales y también de la severa crisis de natalidad que enfrenta Chile.

A su juicio, fortalecer el tejido social debe convertirse en un criterio transversal para cualquier política pública, desde las reformas económicas, hasta las estrategias de seguridad.

Debilitamiento de la confianza ciudadana hacia las instituciones y la búsqueda de horizontalidad

Otro de los procesos que la investigadora ha identificado es la transformación de la relación entre ciudadanía y autoridad. Durante las últimas tres décadas, explica, las personas comenzaron a cuestionar las jerarquías tradicionales que legitimaban el poder por razones económicas, sociales, de género o de estatus.

Ese cambio cultural convive, sin embargo, con una aparente contradicción. Aunque existe una fuerte crítica hacia las formas tradicionales de autoridad, muchas personas siguen aceptando liderazgos autoritarios cuando creen que pueden resolver problemas concretos, especialmente en materia de seguridad.

“Las personas están dispuestas a aceptar mano dura cuando creen que será eficaz”, señala. No obstante, para Araujo esa adhesión tiene límites claros. La demanda de eficacia no implica un deseo de regresar a los modelos jerárquicos del pasado.

Desde las investigaciones desarrolladas por ASOR, observa que tanto en las familias como en los lugares de trabajo se han ido consolidando expectativas crecientes de relaciones más dialogantes, horizontales y democráticas. El problema, sostiene, es que la sociedad aún no encuentra un modelo estable para ejercer esa nueva autoridad. “Estamos en un momento de mucho desorden y desestabilización de las relaciones de autoridad”, afirma.

Por eso mira con escepticismo las propuestas políticas que plantean recuperar esquemas tradicionales de autoridad como respuesta a la crisis institucional. “No creo que sea posible volver a la forma en que se ejercía la autoridad hace cuarenta o cincuenta años”, sostiene.

A su juicio, ese tipo de ofertas puede obtener respaldo mientras demuestre resultados concretos. Sin embargo, cuando la eficacia prometida no aparece, también se erosiona rápidamente la confianza ciudadana.

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