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El Río: pasado y futuro CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

El Río: pasado y futuro

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León Délano G.
Por : León Délano G. Ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica de Chile y cuenta con un máster en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
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¿Por qué esos gruesos y profundos ríos de las capitales europeas se llevan tantas fotos y al Mapocho lo tratamos con tanta indiferencia? ¿Es que es feo? ¿Qué hace a un río ser bonito? Asumo que el caudal y el color juegan un papel importante.


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El río Mapocho baja desde los glaciares del cerro El Plomo hasta el valle de Santiago. En su curso atraviesa distintas comunas; en cierto punto se le unen las aguas cafés del canal San Carlos. Más adelante flanquea emblemáticos parques de la ciudad, como el Balmaceda, el Forestal, de los Reyes y el más reciente de la Familia, que le pide prestadas momentáneamente sus aguas; sale de la ciudad y en el sector de El Monte se junta con el río Maipo —el otro río que desde tiempos de los incas da sus límites a la ciudad—, toma su nombre y juntos desembocan en el océano Pacífico, entre Llolleo y Santo Domingo. Alguna vez leí que todo este recorrido lo hace una gota de agua en tan solo tres horas.

Llama la atención la casi nula relación que los santiaguinos tenemos con nuestro río. En su novela autobiográfica titulada justamente “El Río”, Alfredo Gómez Morel afirma que el Mapocho lo “atraía como todo lo prohibido y singular. El río, para mí, era un lugar de donde podría salir, pero dejando siempre las puertas abiertas”. Gómez Morel, que escribió el libro en un taller en la cárcel mientras cumplía condena, había nacido en 1917 y había tenido una infancia difícil, con golpizas por parte de su madre prostituta y abusos por parte de los curas del colegio. En ese desamparo fue a dar casi por casualidad al río tras hacerse la cimarra, y ahí se quedó. Con el tiempo se convirtió en uno de esos niños que Sergio Larraín fotografiaría en el Mapocho. Sucios, pícaros, alegres, tristes. Vestidos con abrigos y chaquetitas de viejo.

Para Gómez Morel y sus camaradas el río era el lugar desde donde se podía entrar y salir de la ciudad formal. Se encaramaban a uno de sus puentes, le quitaban a tironazos la cartera a una señora elegante y volvían a bajar para refugiarse. A veces se aventuraban en la ciudad para vender sus mercancías. Si el Mapocho fuera un río alejado o de difícil acceso esta estrategia podría tener sentido, pero en el centro de Santiago, que es donde Gómez Morel vivía, el río está ahí mismo no más, a sólo unos metros de los transeúntes. Pero por alguna razón no lo vemos o no lo queremos ver.

Alguna vez me ha tocado ver gente calentándose con un fuego en su orilla, o a una persona asomarse de entre los cartones de una de las casuchas que hay bajo sus puentes. Rucos los llaman hoy. Se los mira de reojo, evitando el contacto visual, como si estuvieran haciendo algo prohibido.

¿Por qué esos gruesos y profundos ríos de las capitales europeas se llevan tantas fotos y al Mapocho lo tratamos con tanta indiferencia? ¿Es que es feo? ¿Qué hace a un río ser bonito? Asumo que el caudal y el color juegan un papel importante. Pero el Mapocho jamás será como los señoriales ríos europeos. Nuestra angosta franja de tierra se cae al mar desde los Andes con violencia, y nuestro río es reflejo de ello. Crece hasta volverse torrentoso, amenaza con desbordarse y luego se achica hasta casi desaparecer.

Pero más que luchar contra su naturaleza voluble, intentando hacerlo navegable o parecido a ríos extranjeros, podemos usarla a nuestro favor. Es la vieja idea del Mapocho pedaleable, esa que vivimos con esperanza por el 2016 cuando instalaron unos andamios removibles y que luego desaparecieron sin decir adiós.

Son tantos los argumentos a su favor que, cuando hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar con el gobernador Orrego, debí hacer un esfuerzo por no atragantarme con las palabras. Estaba convencido de que si lograba expresarle mis ideas con la suficiente claridad le cambiaríamos la cara a la ciudad. Partí con eso de que sería la única ciclovía sin semáforos; que no sé cuántos meses al año el río pasa seco por lo que el agua no es un problema; que mire el ejemplo del Sena o el Tíber donde la gente baja a sus orillas a caminar o a tomarse algo; «Y sobre todo —quise rematar apelando a la emoción—, si hay una institución en Chile preocupada por la ciudad y que puede organizar a distintas comunas esa es la gobernación». Me faltó poco para agregar «¡y ese gobernador es usted!». Orrego, por una vez tranquilo, me dedicó una mirada inexpresiva y, con la certeza de quien sabe que tiene mucha más información que tú y no tiene tiempo para explicártelo me dijo: «Sí, de hecho la licitación sale mañana».

Al día siguiente leí en el diario sobre el proyecto “Paseo Urbano Fluvial Río Mapocho”. Paseo peatonal y pedaleable de 5 kilómetros entre Providencia y Santiago que contará con playas, iluminación y 6 accesos. Cuando uno ve los renders del proyecto no puede creer que esa ciudad sea Santiago y ese río el Mapocho.

Quizás esos seis accesos que nos llevarán a ponernos a su nivel, a verlo de frente y no hacia abajo, sean todo lo que faltaba para dejar de invisibilizar al Mapocho y devolverle el lugar que se merece en la identidad de la capital, a cuyo costado primero los incas y luego Pedro de Valdivia decidieron fundarla.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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