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El candado que quieren forzar: seis barcos y la caja de Pandora de la jibia Opinión

El candado que quieren forzar: seis barcos y la caja de Pandora de la jibia

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Pascual Aguilera
Por : Pascual Aguilera Vocero de la Alianza Nacional por la Defensa de la Pesca Artesanal y Presidente de Coranor.
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Lo que se vota como una excepción regional puede convertirse, con el tiempo, en la llave que abre la caja de Pandora para el resto del litoral chileno.


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En 2019, después de años de movilizaciones, de tener nuestros botes varados en los muelles y de una discusión legislativa que costó sangre, sudor y paciencia, Chile cerró una puerta y le puso un candado. La Ley 21.134, la Ley de la Jibia, restringió la captura de este recurso exclusivamente a línea de mano y potera, arte selectivo y artesanal, y prohibió expresamente el arrastre y el cerco. No fue una concesión graciosa: fue el resultado de una ardua y larga lucha, documentada y ganada en buena ley. El 12 de agosto de 2026, la Comisión de Intereses Marítimos, Pesca y Acuicultura del Senado aprobó, por unanimidad (4 votos a favor, 0 en contra), la idea de legislar un proyecto que empuja esa misma puerta que dábamos por sellada.

El proyecto, ingresado por los senadores Gastón Saavedra, Fidel Espinoza, Enrique Van Rysselberghe y Sebastián Keitel, busca modificar la Ley de la Jibia para permitir que seis barcos industriales vuelvan a operar con red de media agua, es decir, arrastre, en aguas de las regiones de Biobío y Ñuble. La iniciativa avanzó en general y su discusión en particular está prevista para las primeras semanas de septiembre, antes de llegar a la sala del Senado el 2 de septiembre. Son, todavía, seis barcos. Ese detalle importa, y volveré sobre él.

Quienes impulsan el proyecto lo presentan como una medida acotada, casi doméstica: un problema de empleo regional que se resuelve devolviéndole el arrastre a una flota reducida en dos regiones. Pero la jibia no entiende de límites administrativos. Es, como reconoce la propia literatura pesquera, una especie altamente migratoria y de vida corta, extremadamente sensible a las condiciones oceanográficas: puede concentrarse semanas en una zona y desaparecer de ella al mes siguiente, según cambien la temperatura y las corrientes. Si el argumento para reabrir el arrastre en Biobío y Ñuble es que ahí está el recurso y ahí está la flota que quiere capturarlo, no hace falta demasiada imaginación para anticipar qué ocurrirá el día en que la jibia se desplace, como suele hacerlo, hacia otras regiones del país. A nuestro juicio, no sería aventurado que entonces aparezcan nuevas solicitudes, en otras latitudes, invocando exactamente el mismo argumento que hoy se usa en el Biobío. Lo que se vota como una excepción regional puede convertirse, con el tiempo, en la llave que abre la caja de Pandora para el resto del litoral chileno.

A esto se suma un problema que no es menor y que la propia experiencia reciente de la pesquería documenta: el arrastre es un arte de pesca escasamente selectivo. No distingue tamaños ni especies; arrastra la red y recoge lo que encuentra a su paso, generando descarte de ejemplares juveniles y de otras especies asociadas. Y cuando en el pasado existió captura industrial de jibia con este método, el producto llegaba a planta con vísceras reventadas, manchas, coloración rosada y menor rendimiento, muy distinto del ejemplar capturado uno a uno con potera, que llega fresco y en condiciones óptimas. Esa diferencia de calidad no es un matiz técnico: es la razón por la que la jibia artesanal chilena logró posicionarse en mercados exigentes como España, Corea del Sur y Japón, que pagan por tamaño, frescura, firmeza y textura. Un producto de arrastre, de menor calidad y más orientado a mercados menos exigentes, no compite en esa liga; compite en otra, más abajo.

Ese es, precisamente, el riesgo que más debería preocuparnos. Si el arrastre vuelve a convivir con la potera, el comprador internacional no necesariamente distinguirá el origen de cada partida, y el prestigio construido durante años sobre la base de un producto limpio, selectivo y trazable puede diluirse. En nuestra opinión, el daño no sería solo para el precio de playa que recibe hoy el pescador artesanal, sino para la imagen país que Chile ha tardado años en levantar en torno a su jibia: una imagen que costó construir y que se puede perder en muy poco tiempo si se abre, aunque sea de manera acotada, la puerta que en 2019 cerramos con candado.

Organizaciones de la región del Bio-bio  ya lo han dicho con claridad: no aceptan que la crisis de la industria la pague el sector artesanal, y ha propuesto una salida distinta, que no exige reabrir el arrastre: “que las plantas procesadoras compren directamente la captura artesanal para abastecer su demanda”. Es una alternativa razonable, que no arriesga la selectividad del recurso ni la reputación de un producto que hoy se vende bien precisamente porque se pesca bien.

Entre el 12 de agosto y el 2 de septiembre hay una ventana breve para revertir un error que, de consolidarse, no se va a quedar en seis barcos ni en dos regiones. El Senado tiene la oportunidad de frenar, en la discusión en particular, lo que la comisión aprobó en general. Que no se diga, en un par de años, que nadie advirtió que abrir la puerta del arrastre para la jibia era abrir la caja de Pandora para toda la pesca artesanal chilena.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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