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Chile: nación libre o material de disposición Opinión Crédito imagen: www.slon.pics en Magnific

Chile: nación libre o material de disposición

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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No se trata aquí de políticas aisladas: es la relación de Chile consigo mismo lo que está en juego.


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Un país que no produce por sí mismo las condiciones de su existencia no es dueño de su destino: es una forma de vida alienada. Su naturaleza se exterioriza. Lo que es, lo es en manos de otros. Donde un pueblo resulta incapaz de ser el autor de su mundo, otro lo someterá. 

Estados Unidos y China no difieren en esto. El primero usa los aranceles en forma de arma y en defensa nos amenaza vociferante. Con distintos estilos, ambos encarnan, empero, un mismo impulso. 

El momento sorprende al país en pésima posición. La productividad lleva un cuarto de siglo estancada; la economía descansa en la extracción; la defensa depende de técnicas que no domina. Chile posee territorio y recursos, pero no se posee a sí mismo. Lo que no produce, no le pertenece plenamente: es propiedad enajenada, sostenida desde fuera. La soberanía sólo existe si hay autoconsciencia realizada en obra.

La crisis es tan grave que su solución exige dos tiempos.

El primero es de restauración: seguridad, orden territorial, disciplina fiscal. Sin esto, toda elevación es abstracción vacía. Pero el orden que sólo conserva perpetúa la exterioridad del país respecto de sí mismo. 

Por eso el segundo momento es decisivo: la reconquista de la fuerza productiva, que es reapropiación de la existencia nacional.

Encina ya vio esta fractura: tenemos consumo de ricos y producción de pobres. Esa disonancia es alienación colectiva: vivimos de representaciones que no podemos sostener en la realidad.

Se requiere inversión concentrada en investigación y desarrollo. El esfuerzo debe aplicarse a un área estratégica (no a productos específicos). Corea del Sur optó por el acero. Chile podría hacerlo por el agua, condición material de toda vida en su territorio. Dominarla es dominar parte eminente de la propia subsistencia.

También se ha de alterar la educación. Su calidad va de mediocre a pésima. Su orientación es estructuralmente errada. Instruye para contemplar o especular la realidad, no para transformarla. Es pedagogía de la exterioridad. En un pueblo joven, sin una tradición cultural densa, las capacidades prácticas resultan más fecundas que una especulación sin suelo.

La negación de los poderes prácticos y el gusto por la transformación de lo real ha condenado por décadas a miles de egresados a labores de valor mínimo. El efecto es devastador, no sólo económica, sino espiritualmente. Quien sabe que su trabajo es banal termina sintiéndose banal. La vocación despierta cuando el ser humano reconoce en la obra la plasmación de su energía y de su personalidad. Un pueblo impedido de reconocer en su capacidad transformadora se vuelve extraño a sí mismo. El trabajo pierde sentido porque deja de ser expresión de la fuerza creadora inherente al sujeto.

El viraje exige renovar masivamente el magisterio: formación rigurosa, evaluación efectiva, condiciones laborales eficaces e incorporación, en grandes números, de docentes de excelencia, incluidos extranjeros de sistemas educativos vigorosos: Italia, España, Alemania, etc. La idea parece novedosa sólo porque olvidamos nuestra historia: la educación chilena fue levantada por extranjeros.

Las Fuerzas Armadas han de ser incluidas. No pueden seguir siendo meros consumidores de técnica ajena. Deben participar en la producción de la capacidad de defensa como expresión de autoconservación consciente. Un pueblo que no produce su protección no se protege: es protegido por otros, y por tanto no es libre.

No se trata aquí de políticas aisladas: es la relación de Chile consigo mismo lo que está en juego. La crisis es de autoconsciencia histórica. El país no se reconoce el sujeto de su obra y, por ello, es objeto de poderes externos. El dilema es decisivo: o Chile recupera la unidad entre su ser y su hacer, y su destino de nación libre, o continuará siendo cosa entre cosas: vida que ha olvidado que sólo es tal en la medida en que se realiza. Vida que amenaza entonces devenir material de disposición.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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