Opinión
Démosle noche a la noche: el alma de la ciudad que vuelva a vivir en primavera
La reactivación de la noche santiaguina no es solo una urgencia económica, es sobre todo, una necesidad del alma. Hay que darle noche a la noche, para multiplicar el empleo, el encuentro y confianza y por supuesto, el turismo. Es volver a soñar juntos la ciudad que queremos habitar.
Durante los últimos años nos hemos acostumbrado, o más bien, hemos normalizado el encierro. La acumulación de crisis, la pandemia y la sensación de inseguridad acortaron la jornada de nuestras ciudades. Santiago hoy ya está acostumbrada a apagar sus luces temprano, cerrando sus persianas y dejando calles desiertas apenas oscurece. Pero la noche no es un mero espacio vacío en el reloj ni un simple horario; es una actividad productiva (y anímica) un pilar de atractivo urbano y, sobre todo, es la dimensión donde se juega el alma de una capital.
Hoy, el Gran Santiago va avanzando en su convicción de ser una ciudad para las personas. Clasificada de manera consistente entre los mejores destinos urbanos para ser caminados completamente, nuestra capital posee una geografía nocturna diversa, protegida por el marco imponente de la Cordillera de los Andes: desde la sofisticación de Providencia y Vitacura hasta el encanto bohemio y patrimonial de sectores como Plaza Ñuñoa, Lastarria, Barrio Italia y Barrio Distrito Yungay. Es ahí donde iniciativas de la industria cervecera, como la campaña “Volver a la noche”, han salido a invitar derechamente a las personas a habitar la calle, activando terrazas, rutas gastronómicas y el concepto de Early Night para romper la inercia del encierro.
Económicamente, la urgencia es clara. En las grandes capitales del mundo, la llamada Night-time Economy o economía nocturna representa entre un 3% y un 6% del PIB urbano. En una ciudad como Santiago, la extensión de la ventana de funcionamiento coordinado de la oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento solo dos o tres horas más significaría capturar entre US$ 200 (en un escenario conservador) y US$ 400 millones de dólares adicionales al año. Un visitante que encuentra un entorno seguro después de las 20:00 horas, pasa de dos transacciones diarias a tres o cuatro, dinamizando el transporte, la gastronomía, el comercio y las ofertas culturales o del mundo de las economías creativas.
Sin embargo, el valor de la noche no es solo un ejercicio de suma de ventas. En un país que enfrenta una urgente necesidad de empleo y una profunda sensación de apatía o falta de esperanza, el desarrollo de los ecosistemas de la distracción, del esparcimiento y del bienestar, sin duda pueden ser un catalizador de salud mental y cohesión social.
Démosle noche a la noche. Habitarla es la forma como el alma vuelve a vivir, especialmente ahora que podemos cruzar hacia la primavera. Es la afirmación de que estamos vivos, la oportunidad de encontrarnos, de mirarnos y conocernos cara a cara. De reconstruir la confianza perdida alrededor de una buena mesa, un concierto o un vino compartido. La teoría urbana lo ha demostrado de forma categórica: la mejor seguridad no es el encierro ni la reja, sino el principio de los “ojos en la calle”: una calle iluminada, habitada y con vida comunitaria, que abre espacios protegidos, desplazando la incivilidad y devolviendo el orgullo de pertenencia.
Para que este ecosistema florezca no se necesitan prohibiciones rígidas. Se requiere voluntad política, coordinación metropolitana y audacia regulatoria. Debemos avanzar hacia Zonas de Gestión Nocturna Protegida, articular gobernanzas unificadas -como comités o gerencias de la noche, políticas ya probadas con éxito en varios países- y coordinar el transporte masivo con la oferta cultural y gastronómica.
La reactivación de la noche santiaguina no es solo una urgencia económica, es sobre todo, una necesidad del alma. Hay que darle noche a la noche, para multiplicar el empleo, el encuentro y confianza y por supuesto, el turismo. Es volver a soñar juntos la ciudad que queremos habitar.
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