Opinión
Para que los acuerdos funcionen
Me imagino a un Chile que se escucha de verdad. Nuestro largo y extenso archipiélago de desconfianzas necesita muchos constructores de puentes y, por eso, hoy es un buen momento para llamar a un diálogo de país.
Hace poco volví a leer el libro El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro. Sin ánimo de arruinarle la lectura a quienes no lo hayan leído, me limito a contar que una de las historias del libro cuenta que a veces cae una neblina sobre un pueblo y todos se olvidan de sus experiencias y memorias. La historia narra las dificultades, algunas cómicas, otras muy dramáticas, de cómo es vivir la vida sin saber de dónde vienes.
La gente sabe cuánto cuesta el olvido. “Ustedes llegan cada vez que necesitan el voto y después se olvidan de nosotros”, dice mucha gente cuando aparecen las autoridades, sin que mucho haya cambiado en lo cotidiano de las personas.
Los olvidos no son nuevos ni son solo de ahora. “Nuestro pueblo tiene memorias de generaciones de promesas incumplidas”, me decía una alta autoridad de un país vecino. Me impresionaron mucho sus palabras y me hice la pregunta: ¿Habiendo tanto diagnóstico y tantas propuestas, por qué no se cumplen?
Una parte de la respuesta tiene que ver con los ciclos de las instituciones. Como debe ser en una democracia, cada cierto tiempo cambian gobiernos y autoridades, llega gente con planes nuevos e incluso con recursos para sus ideas. Pero, como en todos los aspectos de la vida, algunos cambios toman mucho tiempo y tal vez no suceden. Y así, gradualmente, se acumulan las promesas que no se cumplen, y va cayendo una neblina que nos hace olvidar, casi sin darnos cuenta.
La continuidad de las buenas ideas muchas veces tiene que ver con la legitimidad de quien ofrece ideas o soluciones. Porque una buena idea no se sostiene solo por su contenido, también importa quién la propone, quién fue escuchado y quién se siente reflejado en la propuesta. Pero nuestro entorno político y comunicacional suele premiar las posiciones sin matices ni empatía por las opiniones de otros. No es nada fácil reconocerle algo positivo al adversario.
Dialogar es para valientes
En varias oportunidades he dicho que el diálogo es para valientes, no porque sea un acto heroico, sino porque hace falta coraje para reconocer que el adversario también puede tener una buena idea, incluso cuando sea solo de vez en cuando.
Dialogar es una forma de comunicación que ofrece el tiempo y el espacio para que las personas puedan mostrar la complejidad de sus respectivas realidades. El objetivo del diálogo es entender, no ganarle al otro. Requiere de valentía, porque tienes que abrirte a la posibilidad de que escuches algo que te haga cambiar de opinión, o tal vez no.
Pero entonces, ¿cómo lograr acuerdos cuando hay poco apoyo ciudadano para construir puentes hacia el adversario? No es fácil ir contra la corriente y sentarse a escuchar. Para quienes las encuestas son lo único que importa, no hay mucho espacio para las conversaciones sosegadas, y menos aún cuando ni siquiera se ve muy bien que antiguos adversarios se escuchen.
En ese mundo político de gladiadores de ideas, puede ser complejo para un líder político reconocer públicamente cuando su adversario tiene una buena propuesta. ¿Se atreve a cambiar de opinión? Conozco gente que me dice: “No puedo sentarme con todos, porque si me echan de mi trabajo, ¿quién va a pagar el colegio de mis hijos?”. Así son algunas de las consecuencias cuando tenemos una temperatura política donde dialogar se ve como una debilidad.
Un diálogo de país
Una democracia sólida no se mide solo por sus acuerdos, sino también por la convivencia cuando no logramos consensos. El sociólogo noruego Lars Laird Iversen, en su libro Comunidad de desacuerdos (2014), explica que la fortaleza de la democracia no se mide por la cantidad de acuerdos, sino por cómo convivimos en los desacuerdos. Es fácil convivir cuando pensamos igual, ¿pero cuán dispuestos estamos a defender la diversidad de opiniones?
El diálogo tiene carácter urgente en el mundo político, y por supuesto que debe incluir a quienes están bien enojados. Dialogar puede tener un costo para esos líderes, porque en algunos casos sus seguidores no les perdonarán que se abran a la posibilidad de cambiar de opinión.
Necesitamos espacios para un diálogo genuino entre el mundo político y el ciudadano de a pie, con aquellas personas que no tienen otro poder que su voto. La democracia se refuerza cuando las personas sienten que son parte de la sociedad y que sus palabras son tomadas en cuenta, aun cuando las soluciones sean pocas.
Qué hermoso sería ver a un país entero construyendo desde sus diferencias y similitudes. Para lograrlo, necesitamos muchas formas de diálogos ciudadanos, con nuestros amigos y adversarios, con vecinos y desconocidos, y así, paso a paso, reforzar lazos y comunidades. Y de paso, así podremos darle más legitimidad a los acuerdos.
En ese proceso, tendremos más claridad de lo que nos une, lo que nos separa y lo que aún no hemos descubierto. Me imagino a un Chile que se escucha de verdad. Nuestro largo y extenso archipiélago de desconfianzas necesita muchos constructores de puentes y, por eso, hoy es un buen momento para llamar a un diálogo de país.
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