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El fundamentalismo de los defensores del modelo

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La revista Qué Pasa le pregunta a Sergio de Castro, tecnócrata dictatorial de infausto recuerdo, cómo evalúa la gestión del actual ministro de Hacienda. En la foto utilizada aparece con su habitual gesto agrio, pero su respuesta es entusiasta: «La política económica actual es óptima y ha permitido una combinación virtuosa de baja de tasas de interés y alto tipo de cambio. Pero en los temas micro persisten falencias».



Creo que esa respuesta es ideal para contestarle a Brunner la crítica que me formula en su última columna en El Mostrador: Moulian y otros críticos hablan del modelo con tanta ligereza que no se separa de qué hablan.



La crítica de Brunner hacia mi uso descuidado, poco prolijo y riguroso del término modelo o sistema, revela que se le han perdido los códigos que permiten la comunicación entre personas, que pertenecen a una misma comunidad de habla. Si me obliga a definir cada concepto de uso común, en vez de discutir problemas de fondo, tendríamos que dedicarnos a intercambiar glosarios o diccionarios.



Aprovecharé las palabras usadas por de Castro para refrescarle la memoria a Brunner. Uno de los elementos esenciales del modelo son las políticas macroeconómicas, que tanto le satisfacen al ex ministro pinochetista. Le gustan porque perpetúan y profundizan la reestructuración capitalista de la cual fue un iniciador. Una economía abierta, exportadora de materias primas, con una sujeción absoluta de la fuerza de trabajo al capital, donde el empresariado se instala como el sujeto histórico principal, donde el mercado se ha convertido en la superstición de moda. Donde, por tanto, la democracia es débil, no sólo por problemas institucionales, sino también porque los fines se suponen naturales, ahistóricos y predeterminados. Fuera del alcance de la decisión humana concebida como proyecto colectivo.



¿Y cuáles serían las falencias microeconómicas, aquello que de Castro critica como el punto débil en la performance del ministro de Hacienda del gobierno socialista?. Las promesas que, en realidad, no se han cumplido, pero contra las cuales de Castro reclama fiel a la estrategia derechista del tejo pasado. Son los anuncios de cambios en políticas sectoriales como salud, educación y reformas de la legislación laboral que la Concertación ha prometido y que no ha realizado.



Para mí es un misterio dónde se ubica mi contradictor respecto a estos temas. ¿Cree, como de Castro, que las reformas laborales constituyen señales inadecuadas?



Hago esta pregunta sin desconocer que Brunner ha dicho en sus columnas que opta por la «transformación productiva con equidad». Pero los éxitos que le atribuye a estos doce años forman parte de un sistema de pensamiento que concibe la equidad de una manera restrictiva, poniendo énfasis en el efecto direccionado del crecimiento económico y en una acción focalizada del Estado sobre los más pobres.



Ese sistema de pensamiento limita las políticas de redistribución primaria de ingresos desde arriba y, sobre todo, excluye como objetivo el producir condiciones para una redistribución desde abajo, que sería el efecto de la lucha de un movimiento popular liberado de las cadenas de la legislación laboral restrictiva (las cuales permanecerán bien atadas después de la reforma cosmética que se prepara).



Para hablar en serio es indispensable dar cuenta de un fenómeno que los optimistas profesionales ni siquiera mencionan. Pese a los esfuerzos dedicados por la Concertación a la lucha por la pobreza y a los incrementos del gasto social, Chile figura entre los países de América Latina, y del mundo, con peor distribución de ingresos. Forma parte del grupo de países donde el 20 por ciento más rico absorbe cerca del 60 por ciento del ingreso y el 20 por ciento más pobre no alcanza al 5 por ciento. Esas cifras son independientes de la crisis actual del capitalismo mundial, puesto que en los doce años de gobiernos de la Concertación no han evolucionado en forma positiva.



En su artículo, Brunner afirma tajante que los críticos del modelo somos refutados por la realidad. ¿Cuál? La realidad parece ser lo que Brunner lee, en este caso, el libro de C. Hardy y Morris. Le recomendaría que diversificara su real imaginario agregando el último libro de Hugo Fazio, cuyo título lo dice todo: Crece la desigualdad.



Mi contradictor es un fanático apasionado del modelo. Cree con ardor que esta crisis constituye una inflexión. Pero, en beneficio del rigor que me exige, debería preguntarse si no constituye un viraje, por lo menos, en materia de empleo. Aunque sólo fuera por practicar lo que predica. Creerse el único intérprete autorizado de la realidad es el rasgo típico de un fundamentalista.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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