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Paradojas de la crítica oficial

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Uno de los efectos que trajo consigo el desmoronamiento del mundo soviético, y la reducción del marxismo a análisis académico, es que la crítica tradicional de la izquierda perdió su norte. De pronto se vio girando en el remolino de la historia, arrastrada hacia un lado y otro, sin saber si retrocedía o avanzaba, a punto de ahogarse.



De un rechazo en bloque (científico y profético) al capitalismo, la crítica de izquierdas pasó a ponerse a tono con la actualidad posmoderna y se dedica desde entonces, más bien, a morderle los tobillos, exponiéndose así a pasar inadvertida. Se transforma, de esa manera, en la «mala conciencia» del sistema, señalándole sus irracionalidades, insuficiencias, expoliaciones y alineaciones. Es una contribución, Ä„por qué no!, pero nada más.



Lo que ha perdido en fundamento, en solidez (aunque fuera aparente) y en capacidad de vislumbrar alternativas, busca recuperarlo, ahora, en elevación moral y en pretensión monopólica. En breve, lo que quisiera la crítica de izquierda -para no terminar deshilachándose— es un monopolio moral. Por tanto, el derecho, socialmente aceptado, a ser la única voz crítica de la sociedad; la única verdadera, al menos.



¿Cómo así?



De esta manera: el crítico-como-juez-moral (al que en otras oportunidades he llamado también «crítico oficial», porque forma parte de ese establishment que lucha por mantener su monopolio) no puede aceptar que, a su lado, existan otras voces críticas, otros discursos.



Como sugiere Tomás Moulian con toda naturalidad en su columna de ayer «El papel de la anticrítica» sólo el crítico oficial es portador de una «crítica radical», sólo él habla de «lo imposible, de un mundo no natural». Sólo él «turba la paz del fin de la historia». Tesis esta última -la del fin de la historia- que adjudica a los demás críticos situados fuera del establishment.



Además, esos anti-críticos como él los llama (y lo entiendo: todo el que no está del lado del monopolio radical de la crítica está en contra de la crítica, a secas; así funciona cualquier pensamiento intolerante, incluso el de izquierda), esos anti-críticos sólo serían capaces de entender la crítica «técnica», aquella que «respeta los límites estructurales del orden». Más allá, en cambio, donde se juegan las cosas importantes -las finalidades y la ética- allí (al parecer) sólo penetra la conciencia del crítico oficial.



Ä„En realidad, todo esto es de una prodigiosa pretensión!



Incluso, cabría preguntarse si acaso bajo tan farragosa construcción y auto-justificación, destinada a fin de cuentas a proclamar a un único grupo de críticos como única crítica social válida, no florece un verdadero principio conservador.



Lo digo en el siguiente sentido: al desgajar la crítica de la política y de cualquiera otra práctica de «manos sucias» sartreanas, para encerrarla exclusivamente en el terreno idealizado de la moral y de los conceptos, lo que queda intocado es, precisamente, el presente-objeto-de-crítica-radical.



El establishment crítico, entre tanto, se refugia en el reino de las «finalidades», se echa a hablar de «lo imposible» y construye un «mundo no natural»; una especie de artificio; un juego de abalorios.



La sociedad es implacable, sin embargo. Y, con ella, la historia. Ambas siguen entretejiéndose en Santiago y Kabul, con Bush y Putin, a través del SIDA y la clonación de células humanas, en medio de la recesión y las bolsas de metales, por medio de la Concertación y la UDI, contando con la izquierda rocinante y los liberal sociales, en zonas de pobreza y en los espacios high-tech.



¿Qué mella le hace a esa sociedad y a la historia en curso una «crítica radical» pero roma, que abandona incluso el deseo de cambiar el orden para refugiarse en lo imposible y en el finalismo, en lo mínimo y en el placer de operar como aguafiestas de la burguesía, en la estética de las buenas intenciones y la denuncia?



¿Y cuyo mayor logro es guardar para sí su propia buena conciencia y manos limpias?



Por lo demás, ni esta sociedad ni esta historia de la que hablamos se hallan replegadas sobre sí mismas, mirándose con nostalgia el ombligo de su pasado, como queriendo recuperar el siglo XX o algún otro momento más seguro y clásico.



Más bien, son sociedades del cambio permanente, como ya decía Marx con su famosa frase respecto a que en el capitalismo todo lo que es sólido se desvanece en el aire.



Paradojal efecto: la sociedad cambia, no sus críticos oficiales. Mientras aquella devora el status quo transformándolo incesantemente, el establishment crítico busca aferrarse a un monopolio y termina creyendo que, en verdad, sólo sus miembros -consagrados- tienen el poder de la crítica auténtica.



En un verdadero salto dialéctico, que no puedo dejar de admirar y que me recuerda al trapecista que retira la red en el momento culminante, Tomás Moulian, junto con reconocer que en realidad estamos en un momento en que la sociedad está sujeta a un continuo cambio, sin embargo agrega, Ä„ay!, para mi sorpresa:



«Al contrario de lo que se cree, el fin de la historia no es una sociedad sin cambios, sino una en la cual se multiplican justamente para que la necesidad de transformación no tenga hueco ni espacio, para asegurar que el futuro sea pensado como prolongación de lo actual y no como una brecha».



Es una frase casi marcusiana, muy de los sesenta, cuando se aceptaba sin más este tipo de razonamiento ilógico según el cual mientras más cambio, menos transformación; o a mayor libertad, en realidad más profunda e invisible la represión, y cosas de ese estilo.



Pienso que la única manera en que esas aseveraciones sin sentido pueden adquirir uno es introduciendo una premisa mayor, que diga algo así como: «todo cambio dentro del capitalismo no vale nada, pues preserva la estructura profunda del orden dado. Lo único que sirve es la revolución capaz de transformar la estructura y echar abajo el orden, momento a partir del cual (recién) se puede hablar de cambios».



Estaba en el entendido, sin embargo, de que tanto Tomás Moulian como yo nos movíamos (ambos), desde hace rato ya, en el amplio campo del reformismo, aunque dentro de él con posiciones diversas y divergentes.



¿Estaba yo equivocado?



¿O se trata, acaso, de que para ser catalogado como reformista hay que haber sido admitido, previamente, al establishment oficial de la crítica?



Si así fuera, ¿tendría yo que renunciar también al uso del civilizado y modesto calificativo de «reformista», en beneficio de un monopolio cuya pretensión no comparto?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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