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El debate que nada debatió

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No se pueden pedir peras al olmo. La Concertación no puede ofrecer las ideas nuevas que no tiene. El problema del no-debate entre Michelle Bachelet y Soledad Alvear consistió precisamente en eso: no tenían nada que debatir. No se trató solamente, como algunos comentaristas apuntaron, de un deliberado y producido ejercicio de fair play. Si verbalmente ni siquiera se rozaron, se debió a que no querían ni podían dañarse. En el oficialismo todo está atado y bien atado y las precandidatas y sus comandos lo saben demasiado bien.



En estas circunstancias el imperativo de no moverse en la foto supone un dato de la causa. Nada debe chirriar, asustar, molestar. En eso se invirtieron los mayores esfuerzos preparatorios para el evento de Hualpén.



Michelle y Soledad han tenido, como se sabe, historias y querencias políticas distintas, incluso muy distintas. Pero la acción laminadora de estos quince años concertacionistas y consensuales han reducido las diferencias ideológicas a matices de sensibilidades y las identidades de los programas a modulación de estilos. Estamos en tiempos en que el sistema, en su globalidad, sólo tolera jugarse por la caligrafía, pero nunca por la sintaxis. El discurso único existe y goza entre nosotros de una excelente salud.



Hay que entender lo que está ocurriendo. Al oficialismo le va muy bien ante la opinión pública y no le interesa para nada modificar un guión que ha demostrado ser muy persuasivo. Aun cuando las malas noticias llueven sobre temas tan sustanciales como la educación o la distribución del ingreso, la adhesión ciudadana parece no menguar. Se le sigue otorgando mayoritariamente crédito al gobierno, se le sigue concediendo tiempo para que arregle los distintos desperfectos políticos y sociales que la gente vive.



Por eso las precandidatas de la Concertación disponen de mínimos espacios de maniobra. Están presas por la popularidad de Lagos y de su ejecutivo. Salirse de la fila tiene un costo interno y externo altísimo que está internalizado en el código genético del actual poder. Se reconoce que nada resulta más peligroso que entrar en conflicto público con los propios socios o hacer cualquier amago de romper la baraja.



El grupo de solventes periodistas que el día 27 quiso convertir la conversación paralela en auténtico debate de frente, no lo logró. Con sus preguntas directas y descarnadas intentaron provocar contradicciones, interpelaciones, definiciones, ejercicios de toma y daca entre las dos aspirantes. Es decir, pretendían honrar la denominación de debate con que se había anunciado el acto.



Pero nada pudieron contra la regla de hierro de la no confrontación impuesta por unos comandos comidos por el miedo intrínseco de los concertacionistas a desequilibrar el statu quo que tanto les favorece. La Concertación deseaba hacer del espectáculo una simple escenificación, alejada de compromisos y críticas que pudiesen entrar en conflicto con el Presidente, con el gobierno y con los partidos.



Escuchar el denominado debate fue como tomarse varios litros de agua destilada. No hubo ciertamente ninguna idea con olor a novedad o a futuro, ni siquiera hubo alguna frase o alguna expresión feliz que golpease conceptual o emocionalmente la cátedra. Uno se pregunta qué hace esa sabia troupe de asesores y expertos que produce un resultado tan poco estimulante.



Seguramente el evento cumplió aceptablemente su objetivo de elevar la curiosidad pública hacia el desprestigiado mundo político. Pero desde el punto de vista de un análisis de contenidos y de eventuales decisiones, el resultado es de una patética pobreza. Esta situación no es responsabilidad principal de las dos aspirantes, sino de una Concertación rutinaria, de espaldas hace mucho tiempo al debate libre y fecundo de ideas y sin proyectos convincentes a medio y largo plazo.



Si algo demostró el debate Alvear-Bachelet fue el agotamiento concertacionista, el carácter puramente administrativo del gobierno. Hay miedo a la circulación y confrontación de ideas, porque asustan al establishment radicado en el poder durante los tres últimos lustros. El oficialismo se ha convertido en un club de personas sonrientes, autosatisfechas y que, como mucho, perdonan la vida a sus críticos.



Es evidente que este debate y los que vendrán, junto con la posterior campaña presidencial, van a constituir un desafío para el bloque gobernante. No se sabe hasta qué punto sus astutos estrategas seguirán haciendo de la mediocridad y el lugar común su instrumento de seguridad y de prestigio. No sabemos tampoco hasta qué punto la futura candidata oficialista aceptará cerradamente el libreto que le impongan. Esperemos que no, que haya debate de verdad, ese que no existió en el tan publicitado evento público de las primarias de la Concertación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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