El Estado, el desarrollo y la igualdad
Quizás uno de los pocos asuntos de relevancia que estuvo presente en el debate presidencial entre Michelle Bachelet y Soledad Alvear fue el de la igualdad. La verdad es que se trata de una herida abierta en medio del cuerpo democrático chileno. Mientras nuestras precandidatas respondían acerca de sus parejas y maridos, un grupo de estudiantes de la izquierda extraparlamentaria se agolpaba en las afueras de Sur Activo de Hualpen. No dejaron a nadie sin ofender. Sus gritos más agudos aludían a nuestra incapacidad de achicar la brecha entre ricos y pobres. En efecto, ¿cómo es posible que tras tres gobiernos de una coalición de centro-izquierda Chile sea el tercer país más desigual de Sudamérica después de Brasil y Colombia? Se trata de un triste record pues América Latina es el continente más desigual del mundo.
La desigualdad es un atentado a los valores más caros de nuestra sociedad. Todos, salvo casos extremadamente graves de discapacidad original, nacemos dotados para poder ser igualmente libres. No nos referimos sólo a lo esencial que está dado por el hecho que cada hijo de la especie humana nace con dignidad y derechos inalienables. Ello pues los chilenos creemos que cada miembro de la especie humana es hijo de Dios o pertenece a una comunidad republicana de iguales. Además, biológicamente cada niño llega al mundo dotado de los recursos físicos, mentales, emocionales y espirituales que le permitirían ser arquitecto de su propio destino.
Propender a la igualdad es bueno para el desarrollo de economías poderosas y sociedades democráticas. Múltiples son los efectos regresivos de la desigualdad en la economía, en la vida personal y familiar, y en el desarrollo democrático. Las desigualdades extremas reducen la formación de ahorro nacional, estrechan el mercado interno, conspiran contra la salud pública, impiden la formación en gran escala de capital humano calificado, deterioran la confianza en las instituciones básicas de las sociedades y en el liderazgo político. Si no creemos que en Chile existe igualdad ante la ley y, por el contrario, si creemos que los poderosos siempre eludirán las penas legales y gozarán de privilegios inmerecidos, ¿a título de qué acataré tan injusto sistema legal? Así surge el fraude social: no pago impuestos, me salto la cola, cruzo con luz roja, robo chocolates en el supermercado y así sucesivamente.
¿Cómo lograr la igualdad? ¿Qué papel juega en ello el Estado y de los impuestos? Para responder a estas preguntas leamos al nuevo Francis Fukuyama, quien nos vuelve a sorprender. El mismo que anunció «El último hombre y el fin de la historia»; el año pasado nos llamó a «La construcción del Estado». En este libro el autor defiende que dicha construcción es uno de los mayores desafíos para la comunidad mundial, pues Estados débiles o fracasados causan buena parte de los problemas más graves, como son la pobreza, el sida, las drogas o el terrorismo. Si bien en los años ochenta se hizo verdad universal que un buen gobierno, es uno pequeño; la evidencia de los años noventa tras la liberalización económica ha sido la contraria.
Necesitamos Estados fuertes, es decir, con capacidad para elaborar y ejecutar leyes y políticas; administrar eficazmente con mínima burocracia; controlar el soborno, la corrupción y el cohecho; mantener un alto nivel de transparencia y rendición de cuentas en las instituciones públicas; y, lo más importante, hacer cumplir las leyes. Olvidar estas verdades llevó a verdaderos desastres a Argentina o Rusia. Pues los Estados cumplen funciones centrales para alcanzar el desarrollo. Funciones mínimas como suministrar bienes públicos tales como Defensa Nacional y Orden Público; garantizar derechos de propiedad y salud pública; manejar la gestión macroeconómica; aumentar la equidad y proteger a los pobres.
Además los Estados cumplen funciones intermedias como atacar externalidades; promover la educación de calidad para todos y garantizar la protección del medio ambiente; regular los monopolios y los mercados financieros; y garantizar la seguridad social. Finalmente, incluso Estados exitosos como los del Japón, Corea del Sur o Singapur asumieron funciones dinámicas tales como promover la industria, la investigación científico tecnológica y promover la riqueza nacional.
Son tan vitales estas tareas para alcanzar el desarrollo, que ello puede llevar a tener Estados con gran capacidad de recaudar impuestos, compensando los efectos negativos que ello puede tener en el crecimiento económico en el corto y mediano plazo. Fukuyama cita un estudio del Banco Mundial del 2002 en que se demuestra que existe una correlación positiva entre el PIB per cápita y el porcentaje del PIB consumido por los gobiernos. Es decir, los países más ricos suelen ser aquellos que canalizan una mayor proporción de la riqueza nacional a través de los sectores públicos que cumplen las vitales funciones que hemos reseñado. Una sociedad en la cual se garantizan los derechos sociales no sólo es más justa e integrada, sino que también más competitiva y moderna.
Vivir en una sociedad justa no es gratis. Alcanzar la igualdad de los hermanos es bueno para todos. Sírvanos como inesperada prueba el último libro del hombre que anunció en 1990 el triunfo definitivo del liberalismo político y económico.
Sergio Micco es cientista político y candidato a diputado de la DC.
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