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Debate, encuestas y desafíos electorales

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Producido el primer debate entre las candidatas presidenciales de la Concertación podemos concluir a la mañana siguiente que «nada nuevo hay bajo el sol».



Soledad Alvear ratificó el juicio instalado en la elite política y técnica del país en cuanto a su mayor dominio y experiencia para enfrentar las materias vinculadas a los asuntos de Estado. Este juicio es compartido inclusive por personeros que adhieren abiertamente a la opción de Bachelet. La explicación de este hecho tal vez es muy simple: se trata de un juicio basado en la razón y no en la emoción.



A su vez, Michelle Bachelet confirmó que su popularidad se encuentra fuertemente arraigada en la ciudadanía. A pesar de las fortalezas que mostró Alvear, las encuestas no la dieron como ganadora del debate. Aquí estamos en el plano de la subjetividad y no de la racionalidad.



En consecuencia, al tratarse de lógicas que no se juntan para llegar constituir una nueva síntesis, difícilmente podemos esperar –ceteris paribus– que los debates y encuestas futuras vayan a cambiar significativamente el escenario de competencia al interior de la Concertación.



En otras palabras, de no mediar un cambio estratégico en la campaña de Soledad Alvear, se mantiene a firme la alta probabilidad que en las primarias del 31 de julio resulte ser la perdedora.



Insisto, su condición de mujer de Estado, que la tiene, no es suficiente para ganar esta elección. Por lo tanto, no queda otra opción que explorar caminos complementarios que le agreguen valor a su calidad de candidata.



Entonces, reconociendo que su estilo de liderazgo está consolidado y que cualquier intento por reacomodarlo resultaría poco creíble, los márgenes de movilidad que tiene se remiten al plano de las ideas, del proyecto país.



Es aquí donde Soledad Alvear puede formular una oferta, en una primera etapa a los electores de la Concertación, que resulte lo suficientemente atractiva para recapturar su preferencia, conectando eso sí con los sueños, esperanzas y expectativas de una mayoría que quiere una vida mejor.



Un eje sobre el cual se puede articular su propuesta consiste en alimentar de contenido sustantivo la idea de que ella representa un nuevo gobierno de la Concertación y no un cuarto. Ello supone hacerse cargo de los déficit que aun persisten en nuestro país y que, en la mayoría de los casos, sintonizan con las principales preocupaciones que tienen los chilenos y chilenas.



En este ámbito de cosas, una primera demanda que requiere de propuestas efectivas se refiere a la situación de excesiva inequidad que existe en nuestro país. Entrar en serio en esta materia supone no sólo seguir enfrentando el problema de la pobreza y la falta de igualdad de oportunidades, sino que también la pésima distribución del ingreso que actualmente tenemos. No nos hagamos trampa en el solitario: los chilenos desean una mejor distribución del poder y la riqueza. Quieren sentirse parte de un solo Chile.



Discrepando, pero respetando el compromiso de Alvear de no impulsar aumentos en las tasas de impuestos durante su gobierno, lo cierto es que existen algunos espacios para iniciativas que pueden ayudar a corregir la desigualdad. Una de ellas, es perfeccionar en la dirección de una mayor democratización el actual sistema tributario chileno o sea corregir algunos de sus sesgos regresivos que determinan que el 72% de la recaudación tributaria se obtenga de impuestos indirectos y sólo el 27% procesa de impuestos que gravan las rentas de las personas y empresas.



Para ello, se podrían eliminar las exenciones y excepciones existentes en la actual Ley de la Renta. Adicionalmente, habrá que impulsar medidas e incentivos que permitan mejorar las remuneraciones en los sectores pertenecientes a los nueve primeros deciles de ingresos. Para el primer caso, se puede perfeccionar la legislación laboral para fortalecer la asociatividad de los trabajadores y con ello su capacidad de negociación (reforma que además fortalece nuestra democracia al estilo de la experiencia europea) y, para el segundo caso, cabe la idea de rebaja de impuestos a la clase media.



Por último, no debería descartarse un proyecto más ambicioso como sería rediseñar un sistema de protección social que dé garantías de mínimos sociales. En este punto, claramente, no se puede descuidar la tarea siempre vigente de mejorar la eficiencia en el gasto y su mejor focalización.



Una segunda idea fuerza a desarrollar se refiere a la necesidad de transferir poder real desde el nivel central al nivel local. Esto importa una reforma más allá de la sola elección democrática de los Intendentes y Consejeros Regionales. Lo que se necesita es una reestructuración política-administrativa del país que signifique incrementar la autonomía de las regiones para resolver, especialmente, materias que le competen directamente a su desarrollo. Desconfiar de las capacidades instaladas en las regiones es una patología hija del centralismo exacerbado que nos acompaña desde la fundación de la república.



Materias tributarias; de regulación ambiental; de inversión productiva y vial; de vinculación entre el gasto en I&D con la generación de polos de desarrollo; de implementación de políticas sociales dirigidas a atender la especificidad cultural y étnica de la pobreza y la marginación en el nivel local, entre otras, son asuntos que perfectamente se pueden descentralizar en el marco de un proceso que, inclusive, considere una cierta gradualidad en función de evaluación de las condiciones previas existentes en cada región del país.



Una tercera línea que puede darle sustento a la idea de un nuevo gobierno se refiere al campo de las reformas institucionales que Chile requiere para darle profundidad a nuestra democracia. Aquí, un punto de partida interesante de abordar se refiere a la elaboración de una nueva Constitución para el Bicentenario (idea que ha sido planteada por la Concertación de Centros de Estudios).



Esta iniciativa debe apoyarse en un proceso previo de pedagogía democrática que permita visualizar a los chilenos las vinculaciones entre democracia y desarrollo económico. En ese sentido, los cambios institucionales deben reforzar las oportunidades para una mayor participación de los ciudadanos en los asuntos del país y un mayor equilibrio entre sus derechos económicos y sociales.



Asimismo, una nueva Constitución debe hacerse cargo de la necesidad de corregir las imperfecciones de nuestro sistema político de manera de garantizar el pluralismo político y la representatividad de todos los actores políticos con significación en nuestra sociedad. Los chilenos tienen que poder ver que nuestra democracia puede ser sustancialmente mejorada y que ello también repercute favorablemente en su calidad de vida.



En el plano institucional existe un amplio espacio para seguir avanzando. Requerimos fortalecer nuestro capital social por la vía de incentivar la participación de los chilenos en las organizaciones sociales intermedias y permitir que éstas puedan tomar parte en la implementación de políticas públicas específicas. También necesitamos mejorar el funcionamiento de nuestros mercados especialmente en los sectores en que se han establecido situaciones de monopolios u oligopolios que restringen la competencia y evitar situaciones de abusos de las grandes empresas hacia los pequeños productores, transportistas y comerciantes.



En definitiva, pienso que Soledad Alvear está obligada a darle mayor consistencia a su propuesta de Desarrollo con valores, de manera de conectar con la subjetividad ciudadana que probablemente junto con desear un nuevo estilo de liderazgo político también aspira a un proyecto de cambio que represente una nueva etapa para el desarrollo chileno.



Entonces, si estilo y contenido son dos caras de una misma moneda, sugiero asumir con realismo que para la primera mitad, Michelle Bachelet tiene mucho terreno ganado, pero que para la segunda, Soledad Alvear tiene mucho terreno por ganar. Los chilenos al entrar en la urna, sea en las primarias o en las presidenciables, elegirán a quien les ofrezca un sueño que los haga sentir que la vida que les queda por vivir será mejor que la vida vivida. Eso se llama ganar el futuro.



Esto último seguirá siendo válido independiente de quien gane las primarias de la Concertación.



Mauricio Jelvez (Centro de Estudios para el Desarrollo).
















  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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