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David Borizón, el señor de los análisis

por 20 febrero, 2008

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Lin Yutang habla del poder social de infinitas acciones de personas que pasan inadvertidas en el registro y lanza su reclamo: "Las fáciles generalizaciones de los historiadores que caracterizan un período con el marbete de una palabra no caben en la realidad".



David Borizón, quien acaba de fallecer en México, no era exactamente para pasar tan inadvertido aún en un historiador poco ducho y acucioso, pero sí representaba ese ser social que con sólo su presencia y sin un sistema que lo respaldara enseñaba a pensar.



Durante una época, entre la mitad de los 50 y los 60, se deslizaba con frecuencia en Chile una frase en cierta izquierda que no existe: "Que pensará David Borizón".



La lista de los que podían contar con su capacidad era variada. Empezando por Volodia, el escritor Yerko Moretic, el economista Alberto Martínez, el profesor Hernán Loyola, el doctor Gonzalo Donoso Yáñez y el empresario Guillermo Sáez, entre otros. Francisco Coloane, en su libro Papeles Recortados, hace una semblanza de David. Graciela Uribe Ortega, su esposa, una destacada geógrafa fallecida anteriormente, es parte central de ese testimonio.



Por algún misterio, no hubo registro de ese análisis, además que era huraño y desprovisto del ego que quiere trascender. David no escribió, pero sí contribuyó con una prodigiosa capacidad de calculista a múltiples obras de ingeniería.



Sobre todo, entregó herramientas de análisis a colegas, amigos y estudiantes improvisados en un espacio aristotélico que él creaba inadvertidamente. Cuando se le incitaba a escribir replicaba: "De lo que ustedes quieren que escriba está todo escrito".



Cuando visitaba Chile, señalaba que promover el socialismo no estaba en el discurso central de la izquierda. "Hablan de justicia social, no se plantean una sociedad socialista".



Sobre la caída de la URSS, decía que "mientras la explicación continuara siendo insuficiente, la idea de socialismo no se restituiría". Sobre el capitalismo, agregaba: "Con todo a su disposición, es caro y malo".



Como ingeniero civil, se dedicó a la ingeniería, no a la gestión o a la política lucrativa para extraer la mayor rentabilidad posible de su profesión. De su último trabajo decía: "Corrijo planos llenos de errores fabricados en computadoras por un ejército de profesionales mal adiestrados y mal pagados. Reclamé". "Esa es la idea", respondieron los dueños de la empresa.



A México, recaló proveniente de Finlandia, donde llegó después del golpe militar de 1973. Manejaba tal vez 10 idiomas, incluyendo el chino (han). En China, fue traductor oficial de las obras de Mao, desempeñando una función central en un trabajo de equipo de alta precisión idiomática y política, en un tiempo clave (1961-1964), cuando el país comenzaba grandes transformaciones.



En un interesante experimento, el Partido Comunista de Chile había formado a fines de los 60 el Instituto de Investigaciones Marxistas. "¿Investigaciones marxistas?, ¿qué es eso?" refunfuñaba. Pero igual hacía la clase de lógica matemática. Su derivada era singular: disfrazaba la aridez de la lógica y entregaba herramientas de análisis.



Su agnosticismo sobre la bondad intrínseca del ser humano, especialmente proyectada en política, podía ser agobiante. Al mismo tiempo su incisiva capacidad analítica, respaldada con lecturas en seis y siete idiomas, podía exasperar. Pero escucharlo era un aprendizaje metodológico. Abandonó la política de estructuras convencionales de poder a temprana edad, que le permitió poseer una visión sin convertirse en vocería de algún grupo de interés en particular. No conciliaba con las capillas.



Su cuñada Thelma Uribe Ortega dijo que había fallecido de la forma más natural posible. Viajaba en automóvil al aeropuerto para despedir a un familiar. Sintió que le faltaba el aire, abrió la ventana, respiró y sus acompañantes se dieron cuenta que ya no había caso, se había despedido.

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