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El video de Michelle

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Daniel Mansuy
Por : Daniel Mansuy Master en Filosofía y Ciencia Política
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Al descubrir la solemnidad del poder, Bachelet le quitó una de sus atributos indispensables. Al rebajarlo, dejó de existir. Al despojarlo del misterio que le es propio, perdió su efectividad. Así, cuando necesitó usar ese poder, se dio cuenta que ya no lo tenía, que ya nadie le respondía.


El video que muestra lo ocurrido en la Onemi la madrugada del 27 de febrero es revelador por muchos motivos. Por de pronto, es posible apreciar en toda su crudeza la inmensa precariedad del Estado chileno, completamente incapaz de enfrentar una emergencia de ese tipo. También es llamativa una especie de indolencia de algunas autoridades: como que están allí, pero al mismo tiempo están ausentes. Y desde luego, por si alguien tenía alguna duda, queda claro que esa mañana nada funcionó como debía.

Ahora bien, es obvio que se trataba de un momento particularmente difícil, lo que explica muchas cosas. No obstante, también es cierto que los momentos de crisis son muy decidores respecto del verdadero carácter y hechura de quienes están al mando, pues ponen a prueba sus aptitudes y dotes de liderazgo. Así como los tiempos normales requieren condiciones más bien rutinarias, una crisis es mucho más exigente. Desde esa perspectiva, lo que puede verse en la grabación no es del todo alentador.

En efecto, la actitud de las autoridades fue, por decir lo menos, un poco desconcertante. Y aunque se ha escrito y dicho mucho sobre esto —algunas cosas sensatas y otras delirantes—, me interesa poner el acento en dos aspectos. Por un lado, el video deja en evidencia algo que Michelle Bachelet modificó profundamente, y cuyas consecuencias aún no alcanzamos a ver, algo que guarda relación con los ritos del poder. La mandataria instauró en su gobierno una manera horizontal de hacer las cosas, donde la afectividad tiende a primar sobre lo racional y la calidez humana sobre la relación vertical. Y si bien es innegable que dicha estrategia fue muy exitosa desde el punto de vista de su popularidad, llegados a este punto uno tiene derecho a formular otro tipo de preguntas.

[cita]Hay una asombrosa carencia de determinación, de tomar decisiones aún cuando la información sea muy insuficiente. Caídos los sistemas, caída también la capacidad de actuar.[/cita]

Preguntas que tienen que ver con los efectos de su estilo en el legítimo ejercicio de la autoridad, o con el grado de efectividad de sus prácticas políticas. Y la verdad es que las respuestas son tan obvias como políticamente incorrectas: en un momento particularmente grave, la voz de la Presidenta era simplemente inaudible en sus propios subordinados. Nadie la escuchaba ni le obedecía. Cuando pide la presencia de un funcionario de la Armada, se le responde que no serviría de nada. Cuando pide un helicóptero, recibe respuestas cantinflescas. Cuando solicita información un poco más detallada o explicaciones más precisas, el público mira al techo. Todo esto sería gracioso si no fuera trágico, pero a ratos, más que Presidenta de la república, Michelle Bachelet parece funcionaria media de la Onemi. Y la razón es sencilla: Michelle Bachelet desacralizó al poder.

Al ponerse en situación de igualdad, mascando chicle, terminó exponiendo su propia investidura. Un Presidente debe imponerse por presencia, un Presidente no necesita pedir diez veces lo mismo. Uno que otro despistado ha atribuido el fenómeno al machismo, pero se trata de algo muy distinto. Al descubrir la solemnidad del poder, Bachelet le quitó una de sus atributos indispensables. Al rebajarlo, dejó de existir. Al despojarlo del misterio que le es propio, perdió su efectividad. Así, cuando necesitó usar ese poder, se dio cuenta que ya no lo tenía, que ya nadie le respondía. Supongo que esto servirá para tomarse más en serio los símbolos republicanos, que están lejos de ser meras formalidades sin sentido profundo.

Un segundo aspecto digno de notar es esa suerte de desidia que parece haberse alojado en ciertas autoridades esa madrugada. En un momento crítico, están idos, un poco como si el problema les fuera ajeno. Están cumpliendo una obligación, pero no tienen mucha disposición para resolver problemas. Es cierto que no hay información, que nadie da respuestas serias y que todo falló. Pero lo propio de las crisis es, precisamente, que los sistemas fallan y que no por eso hay que dejar de enfrentar la situación. Sin embargo aquel día todos esperaban que los sistemas se restablecieran y, por mientras, nadie hacía demasiados esfuerzos. Y este hecho es bien sintomático de un fenómeno propio de nuestra modernidad: tenemos una confianza ciega en los sistemas, en los procedimientos y en los procesos anónimos. Si fallan no sabemos qué hacer ni cómo reaccionar: nos sentimos ciegos y desnudos. Y aunque todo esto es, hasta cierto punto natural, tiene al mismo tiempo una dimensión preocupante: si algo no funciona como esperamos, no nos atrevemos a tomar decisiones. Y en el fondo eso quiere decir que somos incapaces de tomarlas, pues esperamos que los “sistemas” nos ahorren ese desagradable trabajo. De este modo, eludimos las responsabilidades, pues los responsables pasan a ser estructuras anónimas.

Dicho de otro modo, el video muestra que nuestra política padece de un síndrome grave: la ausencia de acción política, entendida ésta en su sentido original. Hay una asombrosa carencia de determinación, de tomar decisiones aún cuando la información sea muy insuficiente. Caídos los sistemas, caída también la capacidad de actuar. La incómoda conclusión es que ya no somos gobernados tanto por personas como por “procesos”, que desde luego no tienen ni nombre ni rostro. De ahí la indolencia: todos pasean, comentan y hasta se dan el tiempo para hacer chistes. Están preocupados, sí, pero ni tanto: el problema no es tanto de ellos como del sistema que se cayó. Hay una suerte de renuncia, de abdicación de aquello que da lugar a la política, que es la acción humana, el hacerse cargo del propio destino. Es una renuncia a la política de parte de los propios políticos.

El terremoto fue, en definitiva, el agotamiento de cierto estilo que demostró ser completamente inoperante en momentos de crisis, que es cuando más necesitamos una autoridad efectiva. Por cierto, las explicaciones posteriores de Michelle Bachelet están lejos de despejar las dudas. Al mostrar una capacidad de autocrítica cercana a cero, la ex mandataria no entiende que los chilenos esperamos de ella una reflexión un poco más profunda sobre lo ocurrido. Es, creo, lo mínimo que se merecen las víctimas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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