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Lucro: la servidumbre del Estado

por 27 junio, 2012

El Estado, entonces, debe reinventarse, reasumir su rol, y por cierto, abandonar definitivamente esa actitud servil, brutal y vergonzosa, ante los poderosos del negocio de la educación; y como también dice el Sr. Ugarte, “alguien que tiene un cargo de autoridad y no es capaz de resistir presión, tiene que renunciar”. Supongo que esto también lo incluye a él.
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En su “Discurso de la servidumbre voluntaria”, Etienne de La Boétie pregunta :“¿Cómo es posible que la mayoría obedezca a una sola persona, no sólo la obedezca sino que la sirva, y no sólo la sirva, sino que quiera servirla?”. Al referirse al ser humano, La Boétie lo describe como “el único ser que ha nacido para vivir verdaderamente libre”, y señala que, al ponerse al servicio de, o al querer obedecer, pierde su libertad y al perderla, pierde su humanidad, se desnaturaliza.

Traigo a colación esta cita, a propósito de las declaraciones que en la Comisión sobre Investigación del Lucro en las Universidades que se desarrolló en la Cámara de Diputados vertió el señor Juan José Ugarte,  Jefe de la División de Educación Superior del MINEDUC, pues es ilustrativa de la condición que describe La Boétie. Señaló Ugarte: “Entonces, efectivamente, tenemos un sistema (el de Educación superior) que ha crecido de manera robusta”. Y añadió, “¿Por qué hoy no ha habido ningún recurso en tribunales, si es que hay alguna institución que esté faltando a la ley de manera tan evidente como se dice en todas partes? Y se contesta: “Porque las Universidades son todas instituciones organizadas, sin fines de lucro y, por lo tanto, no existe una evidencia mediante la cual uno pueda ir a un tribunal y denunciar a aquella institución que está faltando a la ley, o que el ministerio tome iniciativa al respecto”.

El Estado, entonces, debe reinventarse, reasumir su rol, y por cierto, abandonar definitivamente esa actitud servil, brutal y vergonzosa, ante los poderosos del negocio de la educación; y como también dice el Sr. Ugarte, “alguien que tiene un cargo de autoridad y no es capaz de resistir presión, tiene que renunciar”. Supongo que esto también lo incluye a él.

Esta negación no es ni  casual ni inocente. Más bien, resulta bastante cómoda pero hace inevitable la asociación: al ponerse al servicio o querer servir a los intereses de los privados, el Estado se desnaturaliza, pierde su esencia, su sentido. Consciente o ¿inconscientemente?, el Estado, a través de los distintos gobiernos,  ha practicado una especie de servidumbre voluntaria con el mercado, ese intocable, que está junto al altísimo en el gran altar de los venerados. Y claro, aquellos que debieran fiscalizar, ocultan, niegan, defienden, enaltecen.

Claramente el señor Ugarte pretende desconocer una realidad que hoy, para todos, es evidente, y que se viene exponiendo hace ya largo rato. La evidencia ha existido siempre, Universidades que se compran y se venden. ¿Dónde se ha visto que instituciones sin fines de lucro se transen en el mercado? Lo que hemos conocido constituye, sin lugar a dudas, hechos graves, públicos y notorios, que ameritan, al menos, la preocupación y la acción fiscalizadora del Estado.

En una sociedad escindida, el Estado es el llamado a restablecer los equilibrios que el propio Estado ha alterado en el entendido de que es el propio Estado el que introduce la división, de la que es motor y fundamento. La renuncia del Estado, “la retirada del Estado y el marchitamiento de la ayuda pública (…) son responsables en esencia de la aparición de los lugares de relegación”, según Pierre Bourdieu, de  los ghettos, donde impera la ley del más fuerte, donde se rompe el “orden público”, donde las instituciones se desnaturalizan, donde las contradicciones ponen de manifiesto la existencia de “un Estado cuya mano derecha ya no sabe o —aún peor— ya no quiere saber lo que hace la mano izquierda, en la forma de ‘dobles vínculos’ cada vez más dolorosos” .

En la Educación Superior, no sólo los mecanismos existentes para fiscalizar, controlar, verificar, han fallado, sino que ha faltado la voluntad política para profundizar, para investigar lo que ocurre en un espacio claramente descontrolado, fenómeno que por cierto no es de hoy, retrocede hasta el comienzo mismo del sistema. Pero no por ello vamos a mantener silencio. No acepto ni comparto las declaraciones del Sr. Ugarte quien se atreve a sostener ante la Comisión Investigadora que  “el sistema de acreditación es una de las claves fundamentales para seguir con confianza, sobre todo, invitando a las familias chilenas a que confíen en las instituciones que cuentan con el reconocimiento del Estado y que, por lo tanto, son verdaderas palancas de movilidad…”. Luego de los resultados objetivos ¡por favor…!

Desde mi punto de vista, el Estado, si no cambia el orden de las cosas, debería declararse inhabilitado, incompetente a la hora de certificar y garantizar calidad en la Educación Superior. Claramente no ha desarrollado ni dispositivos para asegurar la probidad y transparencia del sistema, ni se ha provisto de los instrumentos necesarios, estándares, expertos, que le permitan ejecutar adecuadamente su función.

El Estado, entonces, debe reinventarse, reasumir su rol, y por cierto, abandonar definitivamente esa actitud servil, brutal y vergonzosa, ante los poderosos del negocio de la educación; y como también dice el Sr. Ugarte, “alguien que tiene un cargo de autoridad y no es capaz de resistir presión, tiene que renunciar”. Supongo que esto también lo incluye a él.

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