martes, 1 de diciembre de 2020 Actualizado a las 05:17

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Matrimonio, una invitación para todos

La invitación que nos hace el matrimonio es a vivir el amor, de manera comprometida, dentro de un proyecto de vida en común, que implica el auxilio mutuo y la formación de un hogar, de una familia, que pueda a su vez ser fuente de amor hacia los hijos. Y esa invitación, que proviene del reconocimiento de la dignidad de todo hombre, no es posible circunscribirla, únicamente, a una pareja heterosexual.
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En agosto del año pasado, el Presidente de la República ingresó al Congreso el Proyecto de Ley que crea el Acuerdo de Vida en Pareja (Boletín Nº 7873-07). Mientras buena parte de los chilenos celebraron esta noticia, parte importante de la Iglesia Católica indicó, tal como lo viene señalando sistemáticamente, que el matrimonio homosexual debilitaría el concepto de familia y que el AVP sólo ayuda a avanzar en esa dirección.

A tal punto ha llegado el debate, que surgen declaraciones como las pronunciadas por el arzobispo de Nueva Jersey, John J. Myers, quien, recientemente, exhortó a los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo, a que se abstengan de comulgar. Como católicos practicantes, queremos explicar por qué no estamos de acuerdo con esta posición de nuestra Iglesia.

La invitación que nos hace el matrimonio es a vivir el amor, de manera comprometida, dentro de un proyecto de vida en común, que implica el auxilio mutuo y la formación de un hogar, de una familia, que pueda a su vez ser fuente de amor hacia los hijos. Y esa invitación, que proviene del reconocimiento de la dignidad de todo hombre, no es posible circunscribirla, únicamente, a una pareja heterosexual.

Como premisa, sería útil aclarar que nosotros estamos a favor del matrimonio homosexual porque somos católicos y no a pesar de ello. Como hombres de fe, entendemos que el matrimonio es un sacramento, un signo visible de gracia de Dios, que llama a dos personas a vivir juntas su amor. Es pertinente preguntarnos si esa invitación a vivir en pareja, auxiliarse mutuamente y a tener y criar hijos, es exclusiva entre un hombre y una mujer, o pudiera darse, también, entre personas del mismo sexo. Y decimos que es pertinente la pregunta, porque mucho se ha hablado, en este último tiempo, acerca de los valores intrínsecos del matrimonio, y de cómo la aceptación del matrimonio homosexual redefinirá el concepto de aquél, desatendiendo totalmente su verdadera naturaleza. Es justamente en nuestra condición de hombres de fe, que entendemos la dignidad del hombre como un principio fundamental y que se podría ver vulnerado, dependiendo de la respuesta que demos a esta pregunta.

La invitación que nos hace el matrimonio es a vivir el amor, de manera comprometida, dentro de un proyecto de vida en común, que implica el auxilio mutuo y la formación de un hogar, de una familia, que pueda a su vez ser fuente de amor hacia los hijos. Y esa invitación, que proviene del reconocimiento de la dignidad de todo hombre, no es posible circunscribirla, únicamente, a una pareja heterosexual. Se trata, por el contrario, de una invitación amplia, que busca potenciar esa vocación de vida en pareja, que busca el pleno desarrollo en ese camino.

Cuando decimos que la naturaleza de determinadas instituciones, de determinados sacramentos, de determinadas invitaciones, implica su restricción; lo que decimos es que la dignidad de cada ser humano tiene matices, y hay algunos de esos hermanos, que dejaremos fuera de estas invitaciones, porque “su naturaleza” y “la naturaleza del matrimonio”, no son compatibles, porque su dignidad como hijos de Dios, en definitiva, admite gradaciones.

Esto se contrapone a la Iglesia que muchos hemos tenido la suerte de conocer. Una Iglesia que prefiere acoger antes que discriminar porque reconoce el sufrimiento que sienten quienes son mirados o tratados como “diferentes”, y que en muchos momentos de la historia también ha sido víctima de ese tipo de discriminación. Una Iglesia madre, que vela porque cada uno de sus miembros pueda cumplir en plenitud la enseñanza quizás más simple y vital, amar y ser amados.

Lo que está en juego, en este caso como en cualquier otro en el que la Iglesia Católica alza la voz, es el respeto a la dignidad de la persona humana y a la verdad sobre el hombre. Creemos firmemente que los católicos debemos considerar esta dignidad de cada persona, en la construcción de una sociedad en que se valoren el respeto y la diversidad de cada uno de sus miembros, donde ninguno se sienta fuera de esta invitación a vivir el matrimonio, como una vocación de amor, como una oportunidad de amar plena y comprometidamente.

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