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Cuento: El perro y la rabia en Antofagasta

por 14 enero, 2013

En ese mismo instante comencé a sentir que mi cabeza hervía, la boca se me alargaba como un lobo, sentí la piel volviéndose de color chaspeada como el perro de la Plaza, y dicen, que comencé a seguir al historiador Daniel González para morderlo.
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12, 20 de la noche. La costanera  de Antofagasta es un ir y venir de camiones por el boom minero. Un oficial de la FACH que participa (¿como espía?) del XII encuentro de intelectuales Chileno-Boliviano nos deja en la Estación del Ferrocarril Antofagasta-La Paz. Hemos cenado y  estamos agotados. 14 horas de oír ponencias.

12,30. Jaime González, historiador de Valparaíso, experto en un cura alemán que predicó integración étnica y binacional entre  1890-1920 en Pica, nos dice que no crucemos por el centro de la Plaza hacia nuestro modesto Hotel Dakota 1, porque le dijeron que era peligroso.

Torpemente me burlé. Le decimos que estamos cansados, que no daremos rodeo, que los inmigrante colombianos que han crecido exponencialmente son buena gente y confiables, que alegrarán el alma amargada chilena, y que como un acto anti-racista, hay que cruzar la Plaza (siempre los inmigrantes  se reúnen en estos espacios públicos sacramentales, como los peruanos en la Plaza de Santiago). Hay grafitis en las calles aledañas contra los colombianos. Añadimos a González, que son confiables que junto a Shirley, profesora de la U. Alberto Hurtado, hemos cruzado tres veces la plaza sin problemas, gozando sus fuentes y buganvilias. Además, juego con trivialidad, “soy cinturón naranja” y nada me pasará “porque soy un choro nacido y criado en el Barrio Estación de Rancagua”.

12,35. Dos perros grandes  me atacan en medio de la plaza, tras cruzar la fuente y el monumento de la colonia inglesa. Uno hunde sus colmillos en mi pantorrilla izquierda y hace trizas el pantalón. Me agacho y hago que tomo una piedra invisible, y los perros se acercan a su amo, un vagabundo que duerme sentado y no se inmuta ante la pelea.

En el Hotel me revisan y todos coinciden en que hay que ir a ponerse la anti-rábica y ser diagnosticado por un médico. Yo me resisto. Nunca he estado hospitalizado y ya me acerco al medio siglo. Soy  de la vieja escuela, el estoicismo, o más aún, me gustaría ser Diógenes, vivir en una cueva y ladrar como un perro.

12, 45. En el Hospital Regional en la Avenida Argentina, me piden esperar, la enfermera de urgencia que categoriza, es la primera instancia. Jaime González me acompaña solidario. Hablamos de historia, vemos en un desvencijado televisor las noticias de Chilevisión sobre la postulación al Oscar de la Platicela NO. Jaime se queja que sus alumnos no conocieron la dictadura y dicen que el No fue inútil. “Todo es igual, nada es mejor”, como un tango escéptico de las nuevas generaciones, para quienes los luchadores de los 80s son una tropa de cínicos y vendidos.

1.30 AM. Una niñita sale con el ojo vendado, un guardia despierta a muchos pobres que usan la urgencia para dormir, una pareja de jóvenes  inmigrantes  se besan. El baño apesta, la suciedad escala por las  paredes, algunas sillas de plástico están rotas, Carabineros entra y sale. “La ciudad de los perros”, pienso y recuerdo a Vargas Llosa. Un señor que se mece en la silla contigua me dice: “agradezca que es jueves…los sábados esto es un hervidero de tajeados, intoxicados y suicidas que yerran”.

2.30 AM. Casi dos horas de espera. El cansancio me agobia. Le dijo a González que Mañalich, el ministro de salud de Piñera, el súper gerente de clínicas privadas, no ha hecho nada por las urgencias. Es obvio. El problema se prolonga por décadas, a pesar de la riqueza de Chile. Le digo que asumo la responsabilidad y me marcho a dormir.

- Quedamos empatados. Tú dijiste que no cruzara la Plaza y yo que no valía la pena buscar una vacuna contra la rabia.

- Tú te haces responsable- retruca González. Yo esperaría hasta el amanecer.

-Decisión tomada. Mandamiento tolteca: no conjeturemos. Ya me tocó y a ver qué pasa.

2,45 AM. El taxista ríe cuando le digo que tengo mucha rabia y me sale espuma por la boca. ..González advierte: “no sigas bromeando”, Y yo recuerdo la máxima maya; calla, no seas soberbio.

Epílogo: A la mañana siguiente la académica Checa que es esposa del premio nacional de arqueología, Lautaro Núñez, empezó a hablarme de su país, de Havel, el pueblo de Pilsen, la Invasión soviética del 68…y de Kafka…eso me hizo mal; en ese mismo instante comencé a sentir que mi cabeza hervía, la boca se me alargaba como un lobo, sentí la piel volviéndose de color chaspeada como el perro de la Plaza, y dicen, que comencé a seguir al historiador Daniel González para morderlo.

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