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Caniulef: El mapuche en su lugar

por 18 enero, 2013

Caniulef, entonces, es culpable. Culpable de su profesionalismo, de su glamour, de sus vacaciones en Estados Unidos, de sus entrevistas exclusivas con estrellas de Hollywood, de su vestuario ondero y de asistir a espléndidos eventos. Caniulef es culpable de haberse forjado una carrera impecable y de paso, romper con nuestro estereotipo del mapuche panadero o estafeta, en el mejor de los casos, borracho y flojo las más de las veces.
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La carta del periodista Andrés Caniulef en respuesta a la rutina del personaje Yerko Puchento realizada la semana pasada en la que acusa a ésta de racista y homofóbica publicada en el diario El Mercurio ha provocado reacciones variadas en las redes sociales. De un lado, hay quienes defienden el derecho del periodista a no dejar pasar esta agresión —adscribo—, y de otro, quienes le restan importancia. Entre los segundos, hay quienes incluso justifican el ataque verbal basados en que Caniulef no tendría un historial público de apoyo a la causa mapuche, y por tanto, insinúan que de alguna manera se merece el escarnio.

A solo meses del asesinato de Daniel Zamudio y de la posterior aprobación de la Ley Antidiscriminación en nuestro país, y en un nuevo contexto en que políticos y rostros de televisión se pliegan mayoritaria y oportunamente al discurso del respeto por la diversidad (los menos) y de la tolerancia (la mayoría), el humor aparece como el único flanco por el cual aún es posible verter nuestras atávicas fobias. La dupla Rojas-Alcaíno está consciente de este hecho y ha explotado una probada fórmula de éxito. Parte de este éxito radica en la supuesta “irreverencia” del personaje, que no trepida en denostar a sus víctimas reeditando una característica fundamental de nuestra idiosincrasia: el chaqueteo; el ataque certero, cruel, cobarde y solapado disfrazado de humor.

El asunto tiene múltiples aristas —el derecho a la privacidad de los personajes públicos, la ética con que operan los canales de televisión respecto de sus contenidos, el doble estándar de un actor militante de izquierda que lucra con la farándula y llama en su cuenta de Twitter a rebeliones varias—, pero quiero detenerme en un punto aún no considerado. Hoy miércoles, en un programa de farándula, el comentarista José Miguel Villouta acusaba de “hipócrita” a Caniulef por ser parte del staff de un canal al que tildó de “homofóbico”. Entre los argumentos esgrimidos, Villouta repitió varias veces que “Caniulef se dedicó a darse la gran vida y a comprarse ropa cara”. Lo repitió al menos tres veces, con molestia.

La misma molestia —especulo— que pudo mover a actor y libretista a hacerlo parte de una rutina en un programa que no estaba presente y por tanto, no podía defenderse. La molestia —constato— que iba a enganchar eficazmente con cierto sector del público. Porque la acusación de algunos tuiteros contra Caniulef —periodista de espectáculos y lector de noticias los fines de semana, lo que supone cierta prudencia e imparcialidad al opinar— no se detiene en su falta de solidaridad con el pueblo mapuche (como si a los chilenos descendientes de alemanes se les exigiera a diario manifestarse contra el nazismo o a descendientes ingleses y franceses contra el saqueo de las ex colonias africanas, o a los chilenos comunes y silvestres pronunciarnos por la extrema pobreza o la desigualdad) sino en su “estilo de vida”.

Caniulef, entonces, es culpable. Culpable de su profesionalismo, de su glamour, de sus vacaciones en Estados Unidos, de sus entrevistas exclusivas con estrellas de Hollywood, de su vestuario ondero y de asistir a espléndidos eventos. Caniulef es culpable de haberse forjado una carrera impecable y de paso, romper con nuestro estereotipo del mapuche panadero o estafeta, en el mejor de los casos, borracho y flojo las más de las veces. O del mapuche combativo que valida el rebelde actor disfrazado, y de ahí la referencia al asesinato de Matías Catrileo. Porque el progresismo —o algunos de sus autodesignados voceros— también tiene las reglas claras: no necesita frivolidades que desordenen su entramado discursivo. La diversidad como apuesta es solo para el discurso. Le basta sostener la oposición binaria que delimita lo aceptable. Repetir al infinito la primera regla, simple y clara: el mapuche —siempre— debe estar en su lugar.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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